
Las iglesias de madera de Noruega guardan el eco de un mundo que no desapareció, solo cambió. Entre fiordos y montañas, estas construcciones medievales combinan la fe cristiana con la herencia vikinga. Levantadas entre los siglos XII y XIII, reflejan el momento en que Odín dejó paso a Cristo. Dragones tallados y cruces conviven en una arquitectura única en Europa. Recorrerlas es viajar a la frontera donde mito, historia y paisaje se entrelazan.
En junio del año 793, los vikingos escriben su carta de presentación ante la historiografía occidental en forma de ataque al monasterio benedictino de Lindisfarne, situado en una pequeña isla frente a la costa del reino medieval de Northumbria. El cenobio acabó devastado hasta los cimientos, sus tesoros fueron sustraídos y algunos de sus monjes hechos prisioneros. Alcuino de York, un erudito monje asentado en la corte franca de Carlomagno, lo difundió como un verdadero choque de civilizaciones: una vez más, la barbarie contra la razón. Los vikingos entraron en la historia con una mala reputación que les perseguiría a lo largo de los siglos.
La arqueología reciente nos muestra un panorama muy diferente al transmitido. En Irlanda, un lugar de larga tradición cristiana desde la caída del Imperio romano en el siglo V, se produjeron entre los años 795 y 820 un total de 113 ataques sobre monasterios; de ellos, solo 26 tuvieron autoría vikinga. El resto fueron enfrentamientos internos entre los diferentes reyes de los incipientes reinos de la isla esmeralda.
La religión de los vikingos que saquearon aquellos monasterios cristianos no era muy diferente a la del resto de pueblos en los que no habían calado las religiones monoteístas. Los vikingos rezaban al dios que necesitaran en cada momento: a Njord antes de lanzarse al mar, a Frey para obtener una buena cosecha o a la diosa Freya antes de zambullirse en una conquista amorosa. Todos eran dirigidos desde su trono celestial en el Valhalla por Odín; los vikingos soñaban y trabajaban para sentarse a su lado el día de su muerte. Pero solo dos siglos después, Odín fue sustituido por Jesucristo.
Nidaros.
He tenido la suerte de recorrer Noruega en dos ocasiones. La primera de ellas, en 2019, con la célebre Volkswagen T4. Obnubilado por llegar al magnético Cabo Norte, pasé más horas conduciendo que disfrutando de su magnífica naturaleza y su interesante historia. Al final recapacité, de alguna forma, y el destino final fueron las islas Lofoten, aunque solo pude disfrutarlas cuatro días, cuando en realidad harían falta semanas. Esa es la sensación cuando abandonas Noruega: las distancias son enormes y, además, su orografía dificulta los traslados de un lugar a otro; para hacer 200 km puedes necesitar cuatro o cinco horas. El segundo viaje fue en 2025, esta vez con la comodidad infinita de la autocaravana. Aprovechamos para marcar algunos puntos importantes en sus numerosos parques nacionales y cuadrar el viaje para ver algunas iglesias de madera.
Al llegar a Trondheim, sobre las 11 de la mañana, el termómetro exterior de la autocaravana marcaba 26°. No creo que estén muy acostumbrados por aquellos lares, ni siquiera en el mes de agosto; junto a la humedad habitual del lugar, conformaban un ambiente bochornoso. Las diferencias con la visita de 2019 eran muy grandes: aquella tarde, un cielo plomizo se precipitaba sobre la ciudad mientras un aire gélido la recorría. Nos dirigimos directamente al corazón de la ciudad, prácticamente en solitario; nada parecía invitar a pasear. Al llegar a su catedral, otra pequeña decepción: había una ceremonia privada y no se podían hacer las visitas turísticas.
Seis años después, reseguíamos nuestros pasos, pero algo había cambiado: las calles estaban repletas y todos circulaban en la misma dirección. El centro estaba cerrado al tráfico y numerosas carpas inundaban el casco histórico. Hasta tres ferias coincidían. Los noruegos también disfrutan de sus calles. Pero, una vez más, nos quedamos fuera de la catedral: en este caso, estaba cerrada con motivo de una serie de actos en protesta por el genocidio de Israel en Gaza.



Vuelvo a colocarme enfrente para disfrutar de su magnífica fachada. Sobre el pórtico, a los lados del enorme rosetón, nos saludan más de medio centenar de esculturas. En la parte central, Cristo crucificado; a su derecha, su madre, la Virgen María; a su izquierda, su padre, San José. Pero una destaca por encima de todas al estar adornada: en la fila central, en la cuarta posición desde la izquierda, aparece una figura real, con una gran hacha en su mano derecha y una bola con una cruz en la izquierda. Es San Olaf, uno de los primeros reyes cristianos de Noruega, aunque, como veremos, no el primero. La catedral gótica más septentrional del mundo fue construida entre 1070 y 1300 para acoger la tumba de Olaf II de Noruega, muerto en la batalla de Stiklestad, cerca de la localidad de Verdal, situada al norte de Trondheim. Desde entonces, y hasta hoy, se ha convertido en el principal lugar de peregrinaje de los noruegos.
Los reyes misioneros.
Según el arqueólogo sueco Neil Price, uno de los mayores expertos del mundo vikingo, cuando estos atacaron Lindisfarne sabían perfectamente adónde iban y los tesoros que guardaban los monasterios medievales. El cristianismo no era algo ajeno a los vikingos noruegos; sus contactos con el continente debieron de ser más habituales de lo que podamos pensar. La llegada de misioneros, como sucedió en las islas británicas, posiblemente generó este conocimiento. Existen registros arqueológicos del siglo IX con iconografía cristiana, aunque con la evidente controversia de si estamos ante objetos de culto personal o botines de guerra.
En el siglo XI, tras la muerte de San Olaf, el cristianismo se generalizó entre los vikingos noruegos. Pero, evidentemente, no fue fruto de un solo día, sino de una confluencia de intenciones a lo largo de más de un siglo. La Iglesia cristiana occidental tenía su propia cruzada para expandir la fe y lograr la conversión de toda Europa occidental, incluyendo a los reinos nórdicos. Por otro lado, los aspirantes a reyes sabían que la religión cristiana reforzaba el poder de los monarcas occidentales. Como veremos a continuación, todo rey vikingo que recalaba en Inglaterra volvía inmerso en nuevos planteamientos religiosos. Nada que no haya sucedido en el resto de la historia: la fe nace y el poder la retroalimenta para ponerla a su servicio.
El primer rey que unificó los pequeños reinos noruegos fue Harald Cabellera Hermosa. Si hoy cuesta recorrer Noruega, es fácil imaginar los problemas que tuvo para unir reinos tan distantes. Murió en el año 930; bajo el manto de su reinado estaban Noruega y gran parte de la actual Escocia. Le sucedieron dos de sus hijos: Erik Hacha Sangrienta —su sobrenombre nos pone en situación—no dudó en matar a sus hermanos para ponerse al frente, y Haakon, el único que se salvó, fue porque estaba refugiado en Inglaterra, en la corte del rey Athelstan, donde recibió educación cristiana.
Sobre la muerte de Erik no hay registro histórico; es de suponer que no fue de viejo. Su heredero fue su único hermano, Haakon el Bueno. Este puede ser considerado el primer rey que intentó imponer el cristianismo en Noruega. Su reinado se caracteriza por la enconada lucha contra el poder regional de los jarls, nombre nórdico con el que se conocía a una clase social comparable a la más alta nobleza occidental. El título era más antiguo y reconocido entre los vikingos que el título real, surgido con el contacto cultural con otros pueblos nórdicos, como los daneses.
Durante el siglo X, los intentos reales se diluían ante el poder de esta clase social: si mandaba algún rey, lo hacía con el consentimiento de los jarls. Estos no dudaban en ponerse del lado de los reyes daneses con el simple fin de impedir la consagración católica de los reyes noruegos. El más importante de estos jarls era Sigurd Hakonson de Lade, un enclave vikingo situado en la actual Trondheim.
Haakon, a pesar de su gran actividad legislativa, no consiguió imponer el cristianismo. Un poema de las sagas nórdicas sobre su muerte lo sitúa en el Valhalla; no parece que se encontrara muy a gusto allí. Arqueológicamente, se ha demostrado que hubo cementerios cristianos durante su reinado.
Unos años después surge un nuevo intento de cristianizar Noruega. Olaf Tryggvason saqueó la ciudad inglesa de Folkestone en el año 991. Al mando de 93 barcos vikingos, salió de la ciudad con más de cinco toneladas de plata. Posteriormente, posiblemente “arrepentido”, en el año 994 se convierte al cristianismo de la mano del rey Etelredo II. Un año después se enfrenta directamente al jarl de Lade, al que consigue expulsar de su territorio. Se considera que Noruega fue gobernada por un rey cristiano entre 995 y 1000, conocido como Olaf I. Su muerte, tras una emboscada de suecos y daneses, volvió a dar al traste con el nuevo intento de cristianizar Noruega.

Así llegamos a San Olaf, Olaf Haraldsson. Noruega ya estaba preparada para adoptar la religión cristiana. Durante varias décadas, misioneros y sacerdotes cristianos se habían asentado en los poblados vikingos; su labor había sido programada desde Inglaterra o Normandía, esta última con mayor facilidad debido al pasado noruego de los normandos.

Olaf II se convierte en rey en el año 1015 y, en 1024, proclama oficial la religión cristiana. En 1028, el rey danés Canuto II consigue vencer a Olaf, abandonado por la nobleza vikinga, obligándolo a refugiarse en la zona de Kiev. Dos años después vuelve, se enfrenta nuevamente al jarl de Lade y encuentra la muerte. Desde ese momento, Olaf comienza a hacer “milagros” en una sociedad vikinga que ya había decidido apostar por el cristianismo. Sus reliquias son transportadas a Nidaros y, años después, se comienza a erigir su catedral. No sé si suena a venganza o a reafirmación, pero fue construida sobre territorio del antiguo jarl de Lade.
Tras la muerte de Canuto II (1035), dos hijos de Olaf II reafirman la monarquía católica noruega: Magnus I y Harald III. Se acepta mayoritariamente que, durante esta época, Noruega ya estaba cristianizada, aunque siguen existiendo historiadores que albergan dudas sobre la conversión real de los monarcas vikingos. Harald III atacó Inglaterra en 1066; allí encontró la muerte y el fin del pueblo vikingo. Sobre su estandarte figuraba un cuervo, símbolo de Odín, el Cristo de los vikingos. La lucha entre el dragón y la cruz está presente en las iglesias de madera que emergieron en el siglo XII.
Las iglesias de madera noruegas.
De repente, al fondo aparece la iglesia de Borgund. Es enorme; no me había imaginado que una estructura tan grande de madera se pudiera mantener en pie durante tantos años. Fue construida a partir del año 1180, casi dos siglos después de la cristianización noruega y más de 100 años después de comenzar la construcción de la gran catedral de Nidaros. Este último aspecto también me ha llamado siempre la atención: en las grandes ciudades, los noruegos eligieron materiales pétreos, mientras que en las zonas rurales utilizaron el material que mejor sabían trabajar, la madera. La tradición vikinga siguió viva en el interior de Noruega. La derrota de Harald III Hardrada, hermanastro menor de San Olaf, en la batalla de Stamford Bridge, cuando intentaba conquistar Inglaterra, puso fin a una época, pero dio paso a otra.
Los vikingos fueron expertos carpinteros que construyeron los barcos de madera más rápidos y maniobrables de la Alta Edad Media. Sus poblados y sus grandes casas comunales fueron la antesala de estas nuevas construcciones que, tras la adopción del cristianismo, tuvieron que levantar. Hoy los noruegos las llaman iglesias vikingas, como un juego que une las dos épocas medievales del país escandinavo.
Al acercarnos a la iglesia de Borgund, empezamos a percibir nuevos detalles, como el evidente contraste de colores entre paredes y pórticos inferiores y los tejados a dos aguas, motivado por las diferencias en el tratamiento con alquitrán protector frente a los contrastes térmicos de Noruega. Sus escamados tejados simulan un gran pez: la vieja tradición animista del mundo escandinavo y sus creencias mitológicas dan vida a la iglesia de Borgund. Su esqueleto interno no está oculto, dando forma a una edificación construida con un material vivo. Cuando hace mucho viento, esta construcción es capaz de adaptarse a la situación gracias a su notable plasticidad y flexibilidad.


No soy capaz de ver competencia entre el dragón y la cruz: comparten espacio, posiblemente haciendo indisoluble la tradición vikinga y cristiana de los noruegos. Este pensamiento surge al intentar comprender la elección del romanticismo noruego del siglo XIX, cuando encumbraron estas iglesias como símbolo nacional. Noruega se emancipó de Dinamarca en el año 1814; había que buscar un elemento que los diferenciara del resto. Sorprenden muchas de las imágenes del siglo XIX de la iglesia de Borgund, así como de las restantes que se fueron documentando. En el resto de Escandinavia, e incluso en otras zonas de Europa, hay iglesias de madera, pero sin las particularidades de las noruegas.

Hoy en día son 28 las iglesias catalogadas. Forman un grupo selecto que, en su momento, cumplió una serie de requisitos: entre ellos, que la estructura fuera original y que el sistema de postes estuviera intacto, garantizando la seguridad de fieles y visitantes. Otro requisito importante es que hubieran sido levantadas entre los años 1130 y 1350. La fecha inicial siempre ha generado controversia: la más antigua que veremos luego data de 1130, pero hay constancia de otras anteriores, incluso remontables a los tiempos de San Olaf. Sin embargo, ni su sistema constructivo era el mismo ni se conservan en pie; se trata de basamentos hallados en trabajos arqueológicos realizados cerca de las actuales. La fecha final, en cambio, sí es precisa: coincide con la peste que entró un año antes en Noruega por el puerto hanseático de Bergen.
No pudimos ver por dentro esta iglesia; el mes de agosto es temporada alta. Hay que programar bien las visitas y, cuando llegamos, ya no había plazas para ese día. Así que decidimos visitar otra por dentro unos días después; la elección fue muy acertada.
El día anterior a dicha visita lo pasamos en la carretera 13, en los alrededores del lago Skjelingavatnet. Es imposible avanzar sin querer detenerse y caminar, perdidos en la inmensidad de aquel espacio natural, salpicado por infinidad de lagos e incontables cabañas de color rojo, refugio especialmente invernal de los noruegos urbanitas. Tras acabar su jornada laboral el viernes, se trasladan a estas cabañas. No tienen ni luz: un fuego a tierra, una barbacoa suspendida de un trípode y una caña para pescar bajo el hielo es lo único que necesitan.
La enorme planicie, situada a más de 1000 m s. n. m., acaba abruptamente. Un mirador permite ver, al fondo, el fiordo de Sogn y la pequeña localidad de Vik. Un enorme transatlántico está a punto de atracar; hay que darse prisa para visitar tranquilamente la iglesia de Hopperstad, en las afueras del pequeño pueblo. Noruega es tranquila, siempre y cuando no llegue un enorme barco cargado con miles de personas.

La iglesia de Hopperstad es mucho más pequeña que la de Borgund, aunque también es la más antigua de todas. En 1877 su situación era deplorable; el municipio de Vik construyó una nueva en el interior de la población. Según una ley noruega, no pueden coexistir dos espacios de culto en un mismo lugar, debido a una peculiar fórmula que relaciona el número de habitantes con el aforo del espacio religioso. La iglesia de madera estaba destinada al derrumbe; no habría sido la única. Se calcula que en la Edad Media se erigieron entre 1000 y 2000, cifras muy dispares que evidencian el poco interés que se prestó a estas iglesias, únicas en el mundo, desde su construcción hasta el salvador siglo XIX. La iglesia de Hopperstad fue comprada por el Fondo Nacional de Conservación de Noruega al ayuntamiento de Vik por 600 coronas noruegas; en aquel momento, a finales del siglo XIX, no lo sé, pero hoy serían unos 60 €.

El arquitecto que reformó y rehabilitó el espacio tomó como ejemplo la iglesia de Borgund. Tanto los techos como el pórtico inferior recuerdan a la anterior. Cruces y dragones comparten el lugar y, sobre el punto más alto de la construcción, los acompaña el gallo de una veleta. Solo paseando por el pórtico te invade el profundo olor a alquitrán y a madera vieja.
En el interior, si no fuera por el halo de luz que entra por la puerta, prácticamente no se vería nada. No hay ventanas, solo velas: el espacio de culto es muy diferente a lo que solemos encontrar en el resto de Europa. Solo el primer románico es capaz de reproducirme esta sensación de acogimiento, fe y protección. Si por fuera podemos tener la impresión de cierta sistematización en la construcción, por dentro es pura libertad artística: arcos, capiteles, columnas, calados, entrelazados, arabescos y un sinfín de detalles tallados en la madera. Incluso hay pinturas que, durante la rehabilitación del siglo XIX, salieron a la luz, con un estilo muy similar a los inicios del arte gótico.



Al tercer crujido cruzamos la mirada con mi compañera: “¿no se caerá?”. No, evidentemente no; lleva allí cientos de años. A pesar del deterioro, el esqueleto de madera de la iglesia de Hopperstad se mantiene en pie desde 1130. Los crujidos son otra prueba más de que las iglesias de madera de Noruega están vivas.
Hopperstad no fue la última iglesia que encontramos. Días después, tras patearnos los parques nacionales de Jostedalsbreen y Jotunheimen, y antes de ir al de Rondane, paramos en el pueblo de Lom. Eran las cinco de la tarde, rodeados de nubarrones negros y un frío que cortaba la piel: la temperatura no pasaba de 8°, y eso estando al sur de Trondheim. Como dicen, Noruega es un país en el que en pocos días puedes vivir las cuatro estaciones del año. El tétrico clima combinaba perfectamente con la visión de la iglesia de Lom. Paseamos por el cementerio que la rodea; mis indiscretos ojos repasaban las inscripciones de las lápidas: muchas pertenecen a jóvenes que murieron en la Segunda Guerra Mundial, en un país que durante casi toda la contienda fue ocupado por Alemania.


Es una de las pocas iglesias de madera de Noruega que sigue celebrando culto, al ser la principal del pueblo. Su planta es diferente a las anteriores: el acceso se realiza por uno de los laterales y, en los siglos XVII y XVIII, tuvo diversas ampliaciones. Este motivo llevó a debatir la idoneidad de incluirla en el selecto grupo. Aunque exteriormente no hay grandes diferencias, las remodelaciones fueron tempranas y mantuvieron la imagen medieval, a pesar de la obertura de ventanas, otro pequeño inconveniente para los más puntillosos. Un nuevo pez, con escamas, adornado con el dragón y la cruz.
Es cierto que Noruega es el país con la naturaleza más desbordante de Europa, pero su historia, especialmente medieval, merece tener un lugar reservado en cualquier ruta bien planificada.
Fuentes:
Price, N. (2020). Vikingos: la historia definitiva de los pueblos del Norte. Barcelona: Ático de los libros.
Whittock M, Whittock H. (2019). Los Vikingos, de Odín a Cristo. Madrid: Ediciones Rialp.
Tompsen L. (2020). A Comparison of Stave Churches and Pre-Christian Cult-Houses, Their. Origins and Influences. Tesis doctoral. Durham University.
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