
La Orden de Cluny fue uno de los movimientos religiosos más importantes de la Edad Media europea. Nació en el año 910 con la fundación de la Abadía de Cluny, impulsada por Guillermo I de Aquitania. A lo largo de los siglos X y XI, la Orden de Cluny extendió su influencia por gran parte de Europa occidental, estableciendo una amplia red de monasterios dependientes de la abadía madre. Su prestigio espiritual y su cercanía con el papado hicieron de Cluny un actor clave en la renovación religiosa medieval y en la consolidación del poder cultural y político de los monasterios.
Durante los siglos que siguieron a la caída del Imperio romano de Occidente, Europa se había trasformado profundamente. El antiguo mundo urbano romano dio paso a una sociedad rural y fragmentada, dominada por reyes, señores feudales y una Iglesia católica cada vez más poderosa. A medida que avanzaba la Alta Edad Media, muchas instituciones eclesiásticas se alejaron de los ideales espirituales que promulgaban. Acumulaban riquezas, compraban cargos religiosos y se relajaron las normas monásticas. Todo ello generó una profunda crisis moral dentro del cristianismo. En este contexto surgió la reforma impulsada desde el monasterio de Cluny, un movimiento que pretendía devolver a la Iglesia la pureza espiritual que muchos consideraban perdida.
Las iglesias ocupaban prácticamente toda la geografía. Cada comunidad, por pequeña que fuese, tenía la suya propia. En su mayoría habían sido erigidas por la nobleza local para dar respuesta a las necesidades espirituales de sus siervos. Al frente de ellas solían colocarse sacerdotes ordinarios que poco o nada habían demostrado en cuanto a sus cualidades religiosas, y que además contaban con escasa preparación y aún menor educación.
Algo similar ocurría con los monasterios. En este caso se trataba de pequeñas comunidades religiosas al servicio de reyes y de la alta nobleza. Estos eran fundados para el control económico de determinados espacios geográficos, por lo general zonas de gran fertilidad y, por tanto, con enormes posibilidades para la agricultura y la ganadería. Al frente de ellos, abades —en su mayoría laicos— controlaban la vida social de los cenobios.
Los pecados de la Iglesia cristiana en el siglo X
Ante este panorama, no es difícil imaginar los motivos de la comentada falta de fe entre hombres y mujeres de finales de la Alta Edad Media. Esta brillaba por su ausencia. Se creía principalmente por temor a las consecuencias de obrar en contra de los designios de Dios. Los sermones religiosos se centraban una y otra vez en el destino final que esperaba a los fieles si no llevaban una vida religiosa. El diablo y el infierno estaban presentes en las homilías, en la pintura y en las escenas labradas sobre los muros de las iglesias.
La avaricia era uno de los principales pecados. Para salvarse era necesario acudir a iglesias y monasterios provistos de limosnas que contribuyeran al engrandecimiento de estas instituciones. De la misma forma nació el culto a las reliquias sagradas. Las disputas eran continuas entre los centros religiosos por adquirir algún resto u objeto perteneciente a Jesús o a sus discípulos. Los peregrinos acudían en masa a contemplarlos para acercarse a la salvación, de tal forma que iglesias y monasterios fueron adquiriendo cada vez mayor prestigio, lo que redundaba en el aumento de sus arcas.

Los ejemplos de estos centros religiosos son múltiples: Santa Fe de Conques, en Francia; San Miguel del Monte Gargano, en Italia; o Santiago de Compostela.
Otro de los mayores pecados era la simonía. Se conoce como tal al pecado de comprar cargos eclesiásticos. Ante el poder económico que habían adquirido las instituciones religiosas, los principales poderes sociales pugnaban por obtener los cargos que daban acceso a ellas. Ser abad de un monasterio o arzobispo de una diócesis reportaba grandes beneficios económicos.
Además, estos beneficios se multiplicaban rápidamente. Por ejemplo, los arzobispos cobraban por nombrar obispos; estos, a su vez, por nombrar sacerdotes; y el último escalafón se enriquecía cobrando por la administración de los sacramentos. Ni siquiera los papas se libraban de este pecado. Las compras de designaciones pontificias estaban a la orden del día, así como el nombramiento de cardenales —incluso niños— para allanar el camino de determinados personajes hacia lo más alto de la jerarquía eclesiástica.
El tercer pecado al que nos vamos a referir es el nicolaísmo, es decir, la ruptura continua del celibato por parte de los cargos eclesiásticos. Las pruebas de este secreto a voces eran numerosas, ya que llegaron a instaurarse verdaderas dinastías: padres que, al morir, traspasaban el cargo a sus hijos en monasterios, arzobispados e incluso en el propio papado.
Un ejemplo perfecto de esta situación fue Juan XI, papa en el año 931. No tenía más de veinte años cuando accedió al cargo y, además, era hijo del papa Sergio III.
La “salvadora” Orden de Cluny
Ante semejante panorama, los hombres de Dios que aún conservaban su fe en el cristianismo decidieron dar un paso adelante para acabar con la injerencia del poder laico en la vida religiosa. Ni el papado, ni los reyes, ni la nobleza estaban dispuestos a perder su posición social y económica en favor de una reforma de la Iglesia cristiana. Por ello, el papel de preservar la pureza religiosa recayó en los monjes de los cenobios de la Alta Edad Media.
El día 11 de septiembre del año 909 se firmó la carta fundacional del monasterio de Cluny gracias a la aportación territorial de uno de los nobles más religiosos del momento: el duque de Aquitania, Guillermo I. Su intención parecía clara. Lejos de asignarse la titularidad del monasterio y convertirlo en tributario del rey francés, lo donó directamente al papado de Roma. Sus cargos superiores, es decir, los sucesivos abades, debían ser elegidos por los propios monjes mediante sufragio secreto.

Su primer abad fue Bernón de Baume, un monje con amplia experiencia en el monacato que fue llamado por el propio Guillermo I para ayudar en la instauración del nuevo monasterio. Lejos de crear nuevas reglas de convivencia monástica, recuperó la antigua regla benedictina adoptada un siglo antes por San Benito de Aniano.
Pobreza, obediencia, penitencia y castidad eran las principales virtudes que debían guiar la vida de los monjes de Cluny, quienes desde entonces fueron reconocidos por su peculiar forma de vestir: túnicas negras. Pero el pensamiento del abad Bernón incluía además la necesidad de que los monjes se convirtieran progresivamente en sacerdotes, de modo que predicaran en las iglesias cluniacenses una nueva religiosidad basada en valores más cercanos al cristianismo primitivo.
Este objetivo fue posible gracias a que el papa Juan XI concedió a Cluny, en el año 931, el privilegio de establecer una férrea estructura piramidal y extender por Europa una red de monasterios cluniacenses. El propósito del papa era evidente: apartar a reyes y nobles del control de las estructuras religiosas, aunque se trataba de un reto complicado.

Tras la muerte de Bernón, Odón y Mayolo dirigieron los destinos del monasterio hasta las postrimerías del siglo X. Hacia el año 1000 ya existían más de una treintena de monasterios dependientes de Cluny. La nobleza comenzó a percibir el enorme poder económico que empezaban a atesorar estas instituciones y decidió convertirse en fiel aliada de la causa cluniacense.
Los monasterios de la Orden de Cluny comenzaron a recibir a los hijos de poderosos nobles, quienes buscaban una vida espiritual alejada de la violencia medieval. No todos debían dedicarse a la guerra, y dentro de los cenobios les esperaba un entorno de paz, estudio y cultura. Este fue el germen de la rápida expansión de la orden: la nobleza se puso al servicio de la religión, algo que no había ocurrido hasta entonces.
Solo, un siglo después, existía en Europa alrededor de 1450 monasterios dependientes únicamente de la casa matriz de Cluny. Ni reyes, ni papas, ni nobles ejercían poder directo sobre ellos. Se distribuían por los fértiles valles medievales, situados en las principales vías de comunicación.
En ellos, miles de monjes se instruían, rezaban y transcribían manuscritos destinados a incrementar la colección de la biblioteca central de Cluny, una de las más grandes de la Edad Media. Las labores del campo eran encomendadas a siervos, colonos y hermanos conversos que huían de la violenta vida altomedieval.
De entre las filas de estos monjes llegaron a surgir incluso dos papas: Urbano II, el número 159, y su sucesor Pascual II, el papa número 160. Todo parecía indicar que se había abierto el camino hacia una vuelta al cristianismo más puro. Sin embargo, tras dos siglos la comunidad religiosa volvió a caer en errores similares a los que pretendía combatir.
Los cluniacenses se convirtieron en destacados personajes de la Alta Edad Media. Si bien es cierto que lograron minimizar muchas de las costumbres amorales de la época y reformar parcialmente la vida clerical, también es cierto que terminaron participando en las decisiones políticas y militares de los reinos medievales.
Sus abades paseaban por los palacios de reyes y nobles en busca de ejercer su influencia, basada en la religiosidad imperante y en el temor de la sociedad al castigo eterno. Las enormes ganancias de sus monasterios se destinaban a engrandecer la iglesia de Cluny, la mayor de su tiempo.
Era evidente que pronto comenzarían a olvidarse las virtudes iniciales de la reforma monástica. Muchos defensores del cristianismo comenzaron entonces a buscar una nueva institución que los representara. Esta sería la Orden del Císter, que en el siglo XII recogería el testigo dejado por los cluniacenses.
La Orden de Cluny en la Península Ibérica
Sin duda, la historia de los reinos cristianos de la península ibérica constituye un buen ejemplo del gran poder que llegó a atesorar la Orden de Cluny.
En los primeros años del siglo XI, el rey de Pamplona Sancho Garcés III se convirtió en el monarca cristiano más poderoso de la península. Sus dominios se extendían desde el este de Aragón hasta las Tierras de Campos.
En sus relaciones con el abad de Cluny, Odilón, el monarca mostró su preocupación por la falta de moralidad de la comunidad cristiana. Para tratar de mitigarla comenzó a permitir a la orden la construcción de diversos monasterios, así como el mantenimiento y ampliación de antiguos cenobios, como en los casos de San Juan de la Peña o Irache.

Ambos supusieron la llegada a la península de la regla benedictina y, por extensión, la protección de los peregrinos que buscaban encontrarse con las reliquias del apóstol Santiago.
Pero las acciones del rey pamplonés fueron aún más allá. Situó a la península ibérica a la altura de los reinos cristianos del resto de Europa. El conflicto con los musulmanes pasó progresivamente a ser una cuestión que también preocupaba a los vecinos cristianos del norte.
Al mismo tiempo, la repoblación de las tierras conquistadas a los árabes abrió la puerta al asentamiento de pobladores franceses a lo largo del Camino de Santiago, lo que llevó prosperidad económica a la ruta jacobea. Por ella entraron los cluniacenses, viajeros de toda Europa, la letra carolina, la organización feudal, el arte románico y, en definitiva, el impulso definitivo a la llamada “reconquista cristiana”.
De esta dinámica participó activamente el rey de León Alfonso VI, quien había sido protegido por el abad de Cluny, Hugo el Grande, durante su conflicto con su hermano Sancho II. En aquellos momentos, la Orden de Cluny se había convertido ya en un auténtico poder político en la península.
Los abades de Nájera o Carrión de los Condes ejercían como líderes políticos en representación de Cluny. Su poder quedó patente en el nombramiento del primer arzobispo de Toledo tras su conquista en 1085 por Alfonso VI. El elegido fue el borgoñés Bernardo de Sedirac, quien entre sus primeros propósitos impuso el rito romano en las iglesias hispanas.
Este hecho provocó un grave conflicto interno con los defensores de la tradición y del rito mozárabe, heredero del legado de los padres de la Iglesia visigoda, como Isidoro, Leandro o Braulio. Poco pudieron hacer los defensores de esta tradición. Roma, a través de los cluniacenses, volvía a reforzar su control religioso sobre gran parte de Europa.
Sin duda, el caso hispano constituye uno de los ejemplos más claros —o al menos más conocidos— de la enorme influencia política que llegaron a ejercer los supuestos salvadores del cristianismo más puro. Qué lejos quedaban ya, a finales del siglo XI, las propuestas morales defendidas en su origen por el abad Bernón.
Fuentes:
Donado J. (2009). La Edad Media siglos V-XII. Madrid, Areces.
Álvarez V. A. (coord.) (2011). Historia de España de la Edad Media. Madrid, Areces.
https://www.arteguias.com/cluny.htm
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