
Era principios de noviembre cuando, sobre las dos de la tarde, llegábamos a Bobastro. Hacía calor. Este no es un lugar para visitar en agosto, pensé. Conocía perfectamente la historia, había releído la bibliografía recientemente y, tras la ineludible visita al “Caminito del Rey”, nos dirigimos al yacimiento.
Se encuentra al norte de la provincia de Málaga, concretamente en el término municipal de Ardales. Lo más llamativo de la visita es la iglesia rupestre, de poco más de 18 m de largo y 9 m de anchura, de planta basilical de nave tripartita y dotada de los habituales arcos de herradura de este estilo prerrománico, características que la convierten en única en Andalucía. Su estructura siguió los patrones constructivos de las iglesias paleocristianas y visigodas.
Cabe destacar que el hallazgo supuso la constatación de que la familia Hafsún atesoró un gran poder en el periodo final del emirato de Córdoba. Dicha familia, de origen muladí, pudo adoptar el cristianismo como recurso para luchar contra el emir omeya. Es sintomático que no fuera la única iglesia de la aldea de Bobastro, ya que se ha constatado la presencia de lugares de culto cristiano incluso en el Alcázar del Castillón, sede de la familia Hafsún. Con la adopción del cristianismo pudo buscar la adhesión a la causa de las antiguas familias visigodas, tanto entre los conversos muladíes como entre los mozárabes.

Pero las fuentes no son muy claras al respecto, y podemos dudar de si la conversión al cristianismo fue causa o efecto de su lucha contra el emirato de Córdoba. Lo cierto es que con el tiempo consiguió atraer a numerosos adeptos y se calcula que más de 1.500 personas vivían en Bobastro. Visitando aquel día el yacimiento, di una vuelta por el bosque aledaño a los restos de la iglesia para constatar, ante la sola presencia testimonial de algunos basamentos, el nivel de destrucción de aquel lugar tras la caída de la familia Hafsún. ¿Qué causó el arrasamiento de aquella población?
La crisis del emirato de Córdoba.
Tenemos que retroceder unas décadas para emprender la historia. Había pasado más de un siglo desde que Abderramán I se impusiera al resto de rivales musulmanes que intentaban consagrarse como líderes políticos de al-Ándalus y fundara el emirato de Córdoba. Dicho emirato lo podemos considerar como el primer estado centralizado que los musulmanes instauraron en la península ibérica, a base de apoyo social, unanimidad religiosa y, especialmente, un potente ejército constituido por esclavos francos, hispanos o bereberes.
A finales del siglo IX, con los herederos de Abderramán I, el emirato de Córdoba pasaba por sus horas más bajas. Tras la muerte de Muhammad I, sus hijos no estuvieron a la altura. Ni Al-Múndir ni Abd Allah supieron contener las embestidas que les llegaban desde el mismo interior del emirato. Lo que no habían conseguido los cristianos del norte, a pesar de sus notables avances, ni los vikingos que atacaron por el Guadalquivir, ahora estaban a punto de conseguirlo los muladíes que ejercían el poder en ciertos territorios islámicos.
En el río Ebro, los Banu Qasi se autoproclamaban “el tercer rey de España”. En Mérida, una de las ciudades más importantes de Hispania, Ibn Marwán se independizaba del poder central. Además de nuestro protagonista de hoy, Umar ben Hafsún iniciaba una revuelta en la serranía de Ronda. El emirato se desquebrajaba por momentos y el centralismo de Córdoba corría serio peligro.
El origen de Umar ben Hafsún
Umar ben Hafsún nació en la serranía de Ronda, en el año 854, en el seno de una familia de descendientes visigodos. Creció entre las historias que le narraba su tío, referentes a la conquista musulmana de la Península o a la represión de los árabes sobre las capas más inferiores de la sociedad, sin distinción de raza o religión, con su supuesta superioridad racial.
El desprecio hacia los árabes fue creciendo en el interior del joven Umar. Pronto se convirtió en un rebelde que cabalgaba por la sierra al frente de una banda, con el fin de recaudar botines para su causa. En una de las refriegas asesinó a un campesino y, ante las posibles represalias, aconsejado por su tío, se refugió en una pequeña aldea medio abandonada: Bobastro.
Nada más llegar allí se dio cuenta de las enormes posibilidades defensivas de aquel lugar. Desde la parte más alta de aquella colina, donde había un antiguo castillo romano, se divisaba al norte la campiña cordobesa y, mirando al sur, se podía llegar a ver el mar Mediterráneo.


Al instalarse allí también comprendió que sus objetivos debían ser otros, al menos más selectivos. Desde ese momento decidió atacar solo a los árabes más ricos; no podía enemistarse con el resto. Umar ben Hafsún tenía entonces poco más de 20 años, por lo que podemos pensar que cometió un error de juventud.
Su futura presa iba a ser el propio hijo del gobernador de Málaga, al que emboscó en las cercanías del río Guadalhorce. Este escapó protegido por sus esclavos y, acto seguido, la cabeza de Umar ya tenía precio. No le quedó otro remedio que emigrar buscando refugio en África.
Volvió un año después para instalarse de nuevo en Bobastro. Ahora, con la ayuda de su tío, decide dar un nuevo paso: pasar de jefe de una banda a caudillo militar, con la determinación de acabar con el emir de Córdoba. De nuevo recorrió la Sierra de Ronda, ahora reclutando un ejército de muladíes y mozárabes. Su primera acción fue vencer en el campo de batalla al ejército del gobernador de Málaga, que acabó destituido por el emir cordobés. Gracias al carisma que adquirió Umar ben Hafsún, hasta Bobastro fueron llegando soldados dispuestos a unirse a su causa.

Umar ben Hafsún, el caudillo
Pero el emir Muhammad I reaccionó rápidamente. Atacó las tierras cercanas a Bobastro, donde vivían muchas de las familias de los nuevos soldados de Umar. Este no tenía el ejército preparado para enfrentarse en campo abierto al del emirato, y la única solución ante la posible matanza fue rendirse y ponerse al servicio del emir. Así viajó al norte de la Península para enfrentarse a los ejércitos cristianos de Alfonso III y a los muladíes de los Banu Qasi, obteniendo sendas victorias y llegando a Córdoba para recibir los honores de Muhammad I.

Poco le duró la alegría al emir. Umar escapó, reunió a algunos de sus hombres y acabó con la resistencia que el emir omeya había colocado en Bobastro. Desde ese momento su popularidad subió sin cesar. Mozárabes y muladíes recuperaron a su caudillo, además con la lección bien aprendida. Desde entonces tomó sucesivamente Mijas, Álora, Benamejí y Archidona, mandando levantar torres de vigilancia y murallas defensivas para crear un gran cordón alrededor de Bobastro.
En los años siguientes siguió conquistando plazas omeyas, como la propia Ronda. Otros señores se unían a su causa, como el de Linares, e incluso contactaba con Ibn Marwán en Mérida para ejercer una acción conjunta contra el emirato. Pronto algunas coras omeyas decidieron cambiar de bando, uniéndose al nuevo poder del señor de Bobastro, como la de Cabra. De tal forma que, en el año 887, sus dominios llegaban hasta Baena.
Umar ben Hafsún se convirtió en un rival muy peligroso. El nuevo emir Al-Múndir, tras la muerte de su padre, se dirige al frente de su ejército a Bobastro. No consiguió llegar: según las “malas lenguas”, murió envenenado por su propio hermano Abd Allah, que se proclamó emir en el mismo campamento. Acto seguido, las tropas omeyas volvieron a Córdoba. El nuevo rey de al-Ándalus no estaba por la labor de defender sus territorios.
Solo un año después, Umar controlaba Osuna, Estepa, Écija o Aguilar. La ciudad de Córdoba quedaba escasamente a un día a caballo, y las razias de los hombres de Hafsún llegaban a los arrabales de la mismísima capital andalusí.
Parecía el momento idóneo para conquistar Córdoba y acabar con el emirato. El enfrentamiento directo entre los dos ejércitos se produjo en las cercanías de la actual Aguilar de la Frontera. El resultado deparó una sorpresa para Umar ben Hafsún, ya que el ejército del emir seguía siendo muy superior, quizá no en número, pero sí en experiencia en batallas campales.
Incluso estuvo a punto de morir Umar. Tras caer gran cantidad de sus hombres, se vio obligado a refugiarse en la fortaleza de Poley. Esa misma noche, a escondidas, lo sacaron y un grupo reducido de su guardia personal lo acompañó hasta Bobastro. Al día siguiente la fortaleza fue tomada, y más de 1.000 hombres murieron a manos del ejército del emir.
Samuel de Bobastro

Los años siguientes fueron de interminables luchas, largos asedios, recuperación de territorios y posteriores pérdidas. Ninguno de los dos contendientes ejercía una superioridad clara. Destaca un hecho que cambiaría el futuro de Bobastro. Sucedió en Sevilla: fue el asesinato de Mohammed, gobernador de la ciudad e hijo mayor del emir Abd Allah, a manos de los hombres de este último. Aquel día dejó huérfano a un niño de 4 años: su nombre, Abderramán.
El año 898 trajo enormes castigos a al-Ándalus. Una enorme sequía produjo hambruna y muertes, agravado todo ello con la llegada de una epidemia de peste. Incluso Umar ben Hafsún acabó contagiado y, tras recuperarse, decide abrazar el cristianismo. Tomó por nombre el de Samuel. En su decisión le acompañaron su esposa y tres de sus hijos; al menos otros dos siguieron profesando la fe musulmana.
En aquellos días se acometería la construcción de la iglesia mayor de Bobastro. Pocos años después, bajo la petición de la hija menor de Samuel, Argéntea, se inicia la construcción de un cenobio junto a ella. Adosado en uno de los laterales de la iglesia, con un patio central de forma cuadrangular, en los restantes laterales se construyeron estancias con techos a una sola agua, que vertían el líquido elemento sobre un aljibe situado en el centro del patio. Una construcción que recuerda a los atrios romanos.
Aunque la nueva religión de Samuel le reportaría algunos inconvenientes, perdiendo algunos apoyos tanto en al-Ándalus como, especialmente, en el norte de África. Era el momento de buscar nuevas alianzas, y sobre todo a un nivel superior. Ante su nueva condición, envió al rey astur Alfonso III su partida de bautismo y la determinación de apoyo mutuo para acabar con el emirato. Al parecer, nunca llegó respuesta.



La muerte de Samuel
Tras una serie de años donde las fuentes son bastante escuetas, un hecho en Córdoba marcará el destino de Bobastro. Era el año 912 cuando el emir del califato murió. El heredero era aquel niño de 4 años que quedaba huérfano en Sevilla, que fue proclamado emir de al-Ándalus con 21 años: su nombre, Abderramán III.
Al año siguiente, al menos 70 fortalezas pasaban de manos de Samuel a las del nuevo emir. Su táctica se basó en la inteligencia. Conocía perfectamente cómo restar poder al señor de Bobastro. Concedió el perdón generalizado a los hombres que habían seguido a Umar, les dotaba de suculentos sueldos para integrar su nuevo ejército y ofrecía puestos en la administración a cristianos y mozárabes. Las rebajas de impuestos se generalizaron. Un nuevo aire llegaba de Córdoba y, precisamente, no era muy favorable para un insurgente.
En el año 914 Samuel pierde su conexión con Málaga y con el Mediterráneo, de donde le llegaban los suministros para su pequeño estado. La población malagueña ya era más fiel al nuevo emir que al rebelde de Bobastro. Los siguientes años pasaron entre nuevas sequías, pestes y una necesaria tregua que firmaron ambos contendientes.
El 1 de febrero del año 918, tras una larga enfermedad, murió Umar ben Hafsún. Samuel fue enterrado bajo el rito cristiano y su hijo Yaffar se hace con las riendas de Bobastro.
El final de Bobastro
La muerte de Umar supuso una oportunidad para que Abderramán III rompiera la tregua. Su primer objetivo fue el castillo de Belda, hoy situado en el término de Gaucín (Málaga). Su posición abría una puerta a Algeciras para los habitantes de Bobastro como nuevo punto de avituallamiento para los rebeldes.
Los musulmanes del castillo pronto lo abandonaron y solo quedaron 170 cristianos en su defensa. Tras varios días de asedio, el castillo fue tomado y todos sus ocupantes fueron decapitados. No era la única muestra de crueldad del renovado ejército del emir omeya, ya que, por donde pasaban, devastaban sus campos de cultivo, quemaban iglesias y asesinaban a todos los vecinos de los arrabales.
Los castillos en manos de la familia Hafsún no paraban de caer y, en el mes de junio del año 920, le toca el turno al de Álora. Su posición también era clave, ya que desde allí había camino libre hasta Bobastro. Sin solución de continuidad, Yaffar pide una nueva tregua a Abderramán III, y este se la concede.
Entramos en un periodo confuso de la historia de Bobastro. Los herederos de Hafsún realizan una serie de movimientos extraños. Por un lado, uno de ellos, Hafs ben Umar ben Hafsún, se entrega al emir de Córdoba tras abandonar su castillo de Turrush. En segundo término, Yaffar es asesinado en su propio alcázar. Sus asesinos son desconocidos, pero se apunta a que fueron sus propios sirvientes cristianos, tras el abandono de Yaffar de la religión cristiana.

Lo cierto es que, a su muerte, Sulayman, otro de los hermanos que en aquellos momentos servía al propio emir de Córdoba, es nombrado por este señor de Bobastro. Quizá pensaba que con motivo de tal designación se acabaría la larga lucha contra el estado insurgente, pero Bobastro bien valía resistir.
Los siguientes años, Abderramán III fue conquistando la mayor parte de los territorios que seguían ofreciendo obediencia a la familia Hafsún. Dichos territorios, campaña tras campaña, se reducían considerablemente, pero allí seguía su inexpugnable capital, Bobastro. Fueron numerosos los intentos de las tropas omeyas para controlarlo, pero todos acabaron en fracaso.
Así transcurrió la década que se iniciaba en el año 920. Bien es cierto que el emir se aventuró por otras tierras. En esos años luchó en el norte con los reinos cristianos de Navarra y León, además de controlar a los herederos de Ibn Marwán en tierras de Extremadura.
Pero su “talón de Aquiles” seguía en pie. En el año 927 decide prestar todas sus fuerzas a acabar con Bobastro. El asedio fue total. En las inmediaciones de la ciudad rebelde levantó diversas torres defensivas para colocar pequeños destacamentos que controlaran todas las entradas y salidas de Bobastro.
El propio Sulayman fue víctima de este control. Al salir de la ciudad para visitar un convento cercano, fue abordado por un contingente omeya. Tras caer del caballo, fue apresado y llevado a Córdoba, eso sí, en dos partes: por un lado, el cuerpo y por otro su cabeza.
Le sucedió otro de los hermanos, posiblemente —aunque las fuentes no sean claras— el más cobarde: Hafs ben Umar ben Hafsún, que seis meses después entrega la ciudad. Bobastro no fue tomada por el ejército omeya, fue abandonada por sus habitantes.
En su llegada a Córdoba, Hafs ben Umar ben Hafsún es perdonado y cubierto de todo tipo de honores, al mismo tiempo que Abderramán III partía hacia la ciudad rebelde.
Al llegar allí, según las fuentes omeyas, quedó impresionado tras recorrer el poblado, elogiando la elevación e inexpugnabilidad de Bobastro. Acto seguido mandó destruirlo todo: murallas, mezquitas, iglesias o el alcázar de la familia Hafsún. No sin antes saquear la tumba de Umar ben Hafsún. Sus restos fueron llevados a Córdoba y crucificados en medio de dos de sus hijos, Hakim y el propio Sulayman.
De esta forma quedó arrasada la pequeña e inexpugnable ciudad que hoy se puede visitar en los montes malagueños. La ciudad murió al mismo tiempo que nacía una de las historias más importantes de la época altomedieval en la península ibérica.
Fuentes:
Álvarez V. A. (coord.) (2011). Historia de España de la Edad Media, Madrid: Ariel.
Vallvé J. (1980-1981). La rendición de Bobastro. Mainake nº 2-3 pp. 218-230.
Panadero C. (2018). Omar ben Hafsún, el rebelde de Bobastro. Publicado por las Nueve Musas.
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