
Mucha, mucha policía… Mucha, mucha policía… Mucha, mucha policía…
Esta coletilla de la canción de Joaquín Sabina se convirtió, entre risas, miradas de complicidad y descontrolados saltos, en el colofón final de los botellones de finales de los años 80. Todo ello, tras haber cantado, letra a letra, la historia de tres muchachos, que reflejaba cómo la rápida evolución social postdictadura iba dejando de lado a demasiada gente. Sabina se ponía del lado de los desfavorecidos, en contra de los poderosos que seguían atufando a antiguo régimen. Algo muy acorde con una generación que fue educada por jóvenes y rebeldes profesores que habían luchado contra el franquismo.
Aquel día, a finales de octubre, llegamos a Úbeda a media mañana, justo para la hora del aperitivo. Debo reconocer que necesité una excusa para conocer esta ciudad y su inseparable vecina, Baeza. Es cierto, ninguna de las dos necesita excusas para ser visitada; su designación como Patrimonio de la Humanidad en 2003 es más que suficiente, pero admito que no soy un entusiasta del arte renacentista. Preparando la visita, me topé con dos personajes; conocía el origen de Sabina, pero no que Antonio Machado había pasado siete años en Baeza.

El lugar elegido para el aperitivo no podía ser otro: tras dejar la autocaravana en el área municipal, nos dirigimos al centro histórico, concretamente al número 57 de la Calle Real, para encontrarnos con la Taberna Calle Melancolía. Hace años, su dueño decidió convertirla en un vivo museo de Joaquín Sabina, un gran acierto, ya que resulta bastante incomprensible que una ciudad como Úbeda no tenga ningún espacio público destinado a uno de sus más célebres paisanos. Volviendo a la taberna, es un lugar para tomar unas cañas y unas tapas, comprar “merchandising” del autor, escuchar a Sabina en una nostálgica rockola e hincharse a hacer fotos por doquier. Se está a gusto en ese lugar, y después de unas rondas, ya estás preparado para callejear y conocer algo de la ciudad.

La relación de Joaquín Sabina con su lugar de origen es extraña: siempre se ha sentido fenomenalmente recibido en sus varios conciertos, el último de ellos, a modo de despedida, frente a toda su familia en septiembre de 2025. Pero es innegable que la visión de irreverente, nocturno, transgresor y eterno donjuán de Sabina no casa con la monumental, sobria y noble ciudad de Úbeda.
Sabina estudió en dos colegios religiosos, realizando la primaria en las Carmelitas y la Secundaria en los Salesianos. Parece ser que fue un buen estudiante, y pronto decantó su pasión por la escritura de poesía. Debió ser raro que una niña se quedara sin uno de sus poemas. Desde los 14 años, empezó a subirse a los escenarios junto a un grupo de amigos, cantando temas en castellano de Elvis Presley o Chuck Berry. El teatro Ideal Cinema, situado a escasos metros de la taberna, fue uno de sus lugares más frecuentados.
La relación con sus padres marcó su niñez y juventud: su padre, comisario de policía; su madre, según sus propias palabras, una «pija facha». En su casa madrileña, durante las reuniones con Javier Menéndez para elaborar su biografía, solo se exhibía una foto familiar. Pertenecía a su abuelo materno, Ramón, un carpintero con camiseta de tirantes y ávido lector de García Lorca, por aquel entonces un “rojo maricón”. Posiblemente aquel hombre fue uno de los mayores culpables de que hayamos podido disfrutar de la poesía cantada del genio Sabina.
Tras acabar los estudios secundarios, su padre le regaló un magnífico reloj, pero a Sabina no le pareció el mejor regalo y le pidió una guitarra. Jerónimo no dudó en hacer un trueque: regaló el reloj a su hijo mayor, convirtiéndolo en policía, y a Joaquín le dio su primera guitarra. Con ella a cuestas, tomó rumbo a Granada para estudiar filología románica, decidido a transformar el mundo y poder encauzar sus grandes inquietudes. Pero no pudo concluir sus estudios debido a un incidente que marcaría la relación con su padre.


En 1970, durante el proceso de Burgos, fueron condenados a muerte seis supuestos terroristas de ETA, lo que levantó las protestas por todo el país, especialmente entre los jóvenes universitarios. En una de ellas, Sabina lanzó un cóctel molotov contra la granadina oficina del Banco de Bilbao. Con la policía tras sus talones, volvió a Úbeda. Al día siguiente, llegó un requerimiento a la oficina ubetense avisando de que un “tipo subversivo” estaba en la ciudad. Padre e hijo tomaron rumbo a Granada. Joaquín Sabina tiene un buen recuerdo de aquel viaje: descubrió que su padre era una magnífica persona, pero un nefasto policía. Lo cierto es que, en los días siguientes, Sabina tomó rumbo a Londres, donde no volvería hasta el final de la dictadura.
Con solo 35 años, ya estaba escribiendo:
«Cuando era más joven, viajé en sucios trenes que iban hacia el norte.»
Úbeda y Renacimiento
El callejeo nos llevó a la Plaza del 1 de mayo, lugar de nacimiento de Joaquín Sabina. Tras la ineludible fotografía de la fachada de la casa donde nació, escudriñamos la plaza. En la parte norte se halla la ecléctica Iglesia de San Pablo. Pero nos llamó más la atención un edificio situado en la esquina suroeste, un edificio del siglo XVI que había sido sede municipal y hoy día es ocupado por el Conservatorio Profesional de Música María de Molina. Sentarse a tomar un café escuchando los improvisados ensayos que emergen de la galería fortificada superior es un buen plan.


Desde allí, subimos por la calle Montiel para encontrarnos con el Convento de las Carmelitas Descalzas, lugar de los estudios primarios de Sabina. La clásica ventanita de estos conventos es el lugar para comprar sus habituales dulces. Luego volvimos a la plaza por la calle Cervantes, tras mi habitual visita a cualquier Museo Arqueológico, en este caso el de Úbeda situado en un magnífico edificio mudéjar del siglo XIV.
Pero la joya renacentista de Úbeda es la Plaza Vázquez de Molina. Mires hacia donde mires, hay Renacimiento: Palacio Juan Vázquez de Molina, sede del ayuntamiento y el balcón desde donde Sabina se ha revestido en diversas ocasiones de pregonero; Palacio Deán Ortega, que alberga el actual Parador Nacional de Úbeda; la Sacra Capilla del Salvador, como los dos anteriores edificios levantados en el glorioso siglo XVI; y, por último, la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares, de origen musulmán y cristianizada a partir del siglo XIII.


Para un entusiasta de la historia social, la pregunta es inevitable: ¿de dónde surgió esta explosión renacentista en dos pueblos contiguos del centro de la provincia de Jaén?
Una vez más, esa pasión por la guerra del Homo sapiens está detrás de la respuesta. Tras la derrota de las Navas de Tolosa, 60.000 almas musulmanas se refugiaron en Úbeda. Solo dos décadas después, Fernando III, heredero del vencedor en las tierras jienenses, tomó la ciudad. Desde entonces, y hasta el final de la Edad Media, Úbeda se convirtió en una de las ciudades fronterizas más importantes de la península ibérica. Primero, la repoblación castellana; luego, los beneficios reales para favorecer el control militar y político, fueron conformando una sociedad medieval que enriqueció a las familias más poderosas.
El colofón llegó tras la expulsión del último rey moro andalusí de Granada. Ahora ya no existía peligro. La inversión se redobló, se roturaron nuevas tierras, la ganadería se desarrolló plenamente, nacieron pequeñas industrias por doquier y las murallas perdieron su importancia para comenzar a construir extramuros. En pocos años, la ciudad multiplicó su población y las familias de la nobleza multiplicaron sus ingresos, llenando de palacetes renacentistas la ciudad ubetense.
Cuando anocheció, nos subimos a la autocaravana rumbo a Baeza, pero antes de salir, en la Av. Cristo Rey, observamos la gran mole renacentista de la ciudad de Úbeda: el Hospital de Santiago, hoy en día convertido en un Centro Cultural que alberga exposiciones y congresos. Fue una de las construcciones extramuros, una obra benéfica financiada por la nobleza ubetense. Su cometido original fue recoger los cientos de pobres atraídos por la riqueza, que vagaban por las calles sin recursos y sin trabajo. Había que librar a la ciudad de enfermedades infecciosas, mientras la nobleza se redimía de sus pecados, aposentados en mansiones de lujo. En definitiva, Úbeda se hizo enormemente rica en dos centurias, subiendo de la misma forma que cayó en las dos siguientes: siglos XVII y XVIII. Son incontables las personas que murieron en aquel hospital, víctimas del incipiente capitalismo del Renacimiento.
Baeza y Renacimiento
El Renacimiento de Úbeda y Baeza tuvo, desde el principio, algunos hechos diferenciales. Aunque compartían el origen nobiliario, Baeza se significó como una pequeña ciudad de marcado carácter ilustrado. En 1538 se fundó, gracias a la bula papal de Paulo III, la Universidad de Baeza. Un hecho que conllevó la instalación de diversas órdenes religiosas, entre ellas los jesuitas, con su adaptado humanismo, motivo habitual de conflicto con la férrea Inquisición impuesta por los Reyes Católicos. Durante el siglo XVI, Baeza llegó a tener hasta cuatro imprentas.
Tras dejar la autocaravana en el área, decidimos no perder el tiempo. Previamente nos habíamos informado de la belleza de sus paseos nocturnos, y antes de cenar era un buen plan. El centro histórico está magníficamente conservado, especialmente su parte alta, tras la catedral. No en vano, fue el lugar elegido por Agustín Díaz Yanes para hacer pasear a su Diego Alatriste, protagonizado por el fenomenal Viggo Mortensen. Recorrimos sin rumbo y con la cámara fotográfica en la mano desde la Plaza Santa María hasta la Plaza Santa Cruz, pasando, entre otras, por la calle Alta, la puerta del Perdón o la calle Profesor Juan Cruz Cruz, destacado filósofo baezano.
Sus edificios tienen un nivel de conservación muy importante. La joya es la Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza, con origen musulmán y reestructurada durante el periodo renacentista. Frente a ella, el Seminario Conciliar Felipe Neri, consagrado durante el siglo XVII, aunque con un origen constructivo anterior, no es visitable turísticamente. La Universidad de Baeza, una de las más importantes de Andalucía durante los siglos XVII y XVIII. También se destaca la pequeña iglesia de Santa Cruz, con un interesante románico tardío. Dejamos para el final el más llamativo visualmente, el Palacio de Jabalquinto, la única construcción descrita que no es de origen religioso. Fue erigida por orden de Juan Alfonso Benavides, familia de Fernando el Católico. Hoy, junto al seminario, es sede de la Universidad Internacional de Andalucía.




Posteriormente nos trasladamos a otra zona de la ciudad que en el siglo XVI se ubicaba extramuros. Fue una de las características de la Baeza renacentista: mientras el poder público se ubicaba en el casco antiguo, el poder político generó nuevos espacios constructivos fuera del anterior espacio amurallado. La torre de los Alitares marca esta desaparecida frontera, y hoy día se erige como el único vestigio de la muralla árabe, una torre con magníficas vistas, a la que se incorporó en el siglo XIX un reloj.
Una lástima que el Paseo de la Constitución estuviera en obras; nos pareció, rodeado de soportales, un lugar muy apropiado para el viajero. El destino final era la fachada donde había vivido Antonio Machado, justo frente al actual ayuntamiento, otro gran edificio renacentista, erigido por orden de Carlos I como cárceles, y que poco después fue ocupado por el corregidor de la ciudad de Baeza. Tras ello, decidimos volver, había que preparar las visitas del día siguiente, con el fin de seguir los pasos de Antonio Machado.
La Baeza machadiana
No es difícil seguir los pasos del poeta sevillano. Desde el área de autocaravanas, descendimos por la calle Manuel Acero en dirección al Paseo de las Murallas. Ese fue el lugar preferido de Machado para poner en práctica su proverbio más conocido:
«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.»
Machado repartía su tiempo libre entre la lectura y sus caminatas. No es de extrañar que aquel paseo fuera su lugar predilecto; las vistas son magníficas: bajo los pies, una interminable alfombra de olivos, y como horizonte, las imponentes sierras jienenses: Cazorla y Mágina. Se solía sentar siempre en el mismo banco, con la mirada absorta y clavada en un lugar que solo él conocía. Era un gran caminante; a veces se le veía por Úbeda, hasta donde llegaba con su cayado y leve cojera. Se tomaba un café, compraba unas cajas de cerillas y volvía a Baeza.


Antonio Machado llegó a Baeza, donde pasó siete años, en el otoño de 1912, para tomar su Cátedra de Lengua Francesa el 1 de noviembre. Recientemente había publicado su obra más importante, «Campos de Castilla», pero también había recibido el golpe más duro de su vida: la muerte de Leonor Izquierdo, su joven esposa, víctima de la tuberculosis. Para recuperarse de la pérdida, había pedido un traslado; hubiera elegido su natal Sevilla o Madrid, pero no tuvo la oportunidad de elegir. Antonio Machado ansiaba la cátedra madrileña, pero no le llegó hasta la instauración de la II República.

Tras unas visitas al interior de la catedral y al palacio de Jabalquinto, llegamos a la antigua Universidad, hoy reconvertida en el IES Santísima Trinidad. Nos dirigimos a la puerta de acceso a la parte de las instalaciones donde se ubica el aula de Machado, pero estaba cerrado. Tras preguntar en la recepción del instituto, supimos que las instalaciones se cerraban durante el recreo de los jóvenes estudiantes. Me fascinan los lugares históricos que se siguen utilizando en la actualidad. Aprovechamos el parón para visitar la iglesia de la Cruz.
El aula de Machado se sitúa en la planta baja del primer patio de la veterana universidad de Baeza. Un gran mapa del Imperio Romano presidía la pequeña estancia, pintada de blanco, con un zócalo en gris, y una cálida luz natural. Varias filas de bancos-pupitres frente a la mesa del profesor, que daba la espalda a una vetusta pizarra. Todavía, en una esquina, resiste una percha que sostiene el inseparable paraguas del profesor. Es un lugar que parece estar esperando la aparición del profesor, con su traje negro manchado de la ceniza de su inevitable vicio y su sombrero.
Sus alumnos, entre ellos el historiador y poeta Rafael Laínez, lo describían como un hombre serio y tierno a la vez. “Solía reír sin estar presente”. Para sus vecinos, era un hombre raro que pasaba desapercibido, sin imaginar en quién se iba a convertir. Sus amigos, muy escasos, compartían con él la tertulia de la farmacia Almazán, donde hablaban de política y de las “cosas del comer”. Antonio Machado escuchaba más que hablaba. Aunque en sus poemas no escondía sus tendencias políticas:
«Hay en mis venas gotas de sangre jacobina.»
Junto al aula de Machado se puede visitar otra pequeña aula museística en torno a los principios de la educación de inicios del siglo XX. En el plano personal, Machado fue uno de los firmes defensores de la Institución Libre de Enseñanza, fundada, entre otros, por el rondeño Francisco Giner de los Ríos. Una enseñanza ajena al interés religioso, ideológico y político, motivada por sacar a los alumnos al exterior para conocer el mundo que les rodeaba, fue la inspiración del programa educativo de la II República. Durante la estancia de Machado en Baeza, falleció Giner de los Ríos. El poema que le dedicó el profesor baezano culmina con una frase que parece memorable:
«¡Yunques, sonad, enmudeced, campanas!»
Antonio Machado dejó Baeza en 1919, rumbo a Segovia. En 1931 recaló, por fin, en Madrid, a la vez que nacía la II República. Desde entonces, sus caminos siguieron paralelos. Con el inicio de la Guerra Civil, emigró a Valencia y, posteriormente, a Barcelona. Tras la derrota republicana, se refugió en Colliure, donde murió unos días después, víctima de una neumonía. Junto a él se enterró a su madre, que falleció solo tres días después. Acababa de nacer un mito del republicanismo, uno de los mejores descriptores de la España de inicios de la primera parte del siglo XX. Son muchos los que lo han estudiado con profundidad, y con una apreciación bastante común. Nunca sabremos si, allá donde esté, se encontrará muy cómodo convertido en la metáfora de la división de las dos Españas.

Consejos para autocaravanistas:
Ambas ciudades tienen buenas áreas de autocaravana.
La de Úbeda es más tranquila en especial por la ausencia de ruidos, en seguridad también, está al lado de cuartel de la Guardia Civil. Pero también es más pequeña y comparte el espacio con aparcamientos de automóviles.
La de Baeza es más grande, está totalmente asfaltada y con plazas bastante amplias, así como sus instalaciones que se nota que son más actuales. Su inconveniente, un poco de ruido, al estar justo al lado de la estación de autobuses.
Ambas están a una distancia de entre 10 y 15 minutos de sus respectivos cascos históricos. Son un buen complemento para los que viajamos sobre ruedas, pero me temo que si quieren seguir recibiendo a nuestro interesante turismo deberán ampliarlas.
Fuentes:
Chicharro, A. (ed.), (2009). Antonio Machado y Baeza, a través de la crítica. Universidad Internacional de Andalucía.
Muñoz, J., García, H. (2010). Poeta rescatado, poeta del pueblo, poeta de la reconciliación: la memoria política de Antonio Machado durante el franquismo y la transición. Hispania Vol. LXX, nº 234, pp. 137-162
Tarifa, A. (2003). La “tercera cultura”: Baeza y Úbeda, dos ciudades para el Patrimonio de la Humanidad. Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 185, pp. 459-484.


