
En el siglo X, la religión se convirtió prácticamente en el único referente de la sociedad. El mayor poder que tenía la Iglesia cristiana, el Imperio Carolingio, estaba tocado de muerte. Los vikingos atacaban furibundamente desde el norte de Europa monasterios y ciudades medievales, mientras que al sur los sarracenos se hacían con el control del Mediterráneo. Si miramos a la península ibérica, la encontramos ocupada prácticamente en su totalidad por aquellos “infieles” llegados, según la mentalidad de la época, desde el mismo infierno. Todo ello en un contexto de hambre, guerras, dolor y miseria, que favoreció la expansión de las profecías que aseguraban que en el año 1000 el mundo llegaría a su final.
Pero el final nunca llegó. El año mil pasó… y el mundo siguió en pie. Aquella supervivencia, percibida como un milagro, despertó un profundo sentimiento de gratitud hacia Dios. Fue entonces cuando comenzó a extenderse por Europa occidental una intensa fiebre constructora de templos y monasterios. Al mismo tiempo, santos y mártires fueron elevados a la categoría de héroes, figuras casi legendarias que, mediante la palabra, habían logrado expandir el cristianismo incluso en las circunstancias más adversas. Así se consolidó la veneración por las reliquias, que debían protegerse en un espacio acorde con su importancia, y de este modo nacieron pequeñas y grandes iglesias. Los sistemas constructivos autóctonos de las diferentes partes de Europa confluyeron en uno unitario, que hoy conocemos como arte románico.
El impulso del arte románico
La Europa del siglo X era un mundo rural: las ciudades estaban prácticamente abandonadas, las vías de comunicación eran totalmente precarias y el otrora gran comercio marítimo se había convertido en algo residual. Con este panorama, la economía se había transformado desde hacía siglos en un sistema autárquico, donde cada comunidad procuraba autoabastecerse de lo necesario para subsistir. Este fue el caldo de cultivo para el auge de dos de las más importantes instituciones medievales: los monasterios y el feudalismo.
La vida monástica no era, ni mucho menos, una novedad en la época. La vida de reflexión y contacto con la naturaleza comenzó en el desierto de Egipto, con los denominados monjes de la Tebaida en su huida del Imperio romano. Esta forma de vida, basada en el retiro espiritual, fue exportada a Europa a principios del siglo VI. San Benito de Nursia, monje de Umbría, en el centro de Italia, institucionalizó una serie de normas de obligado cumplimiento. Aunque podemos decir que las célebres 73 reglas benedictinas se acabarían resumiendo en dos —“reza y trabaja”—, y a pesar de que Europa occidental se fue llenando de monasterios, dichas reglas no se aplicaron de manera uniforme, sino que cada comunidad se encargaba de adaptarlas a sus necesidades.
Durante el siglo X, con Europa occidental sumida en la decadencia, desde la abadía de Cluny, fundada en el año 910, se comenzó a poner orden dentro de estas comunidades, precisamente a través de una reforma monástica basada en las reglas que San Benito de Nursia había dictado cuatro siglos antes. La principal función de estas reformas fue la regulación de la vida diaria de los llamados monjes negros, como eran conocidos los de la orden de Cluny. Se distribuyó el día en un rígido horario que incluía las horas de rezar, trabajar, descansar y comer. Todo ello supuso el auge definitivo de los monasterios medievales. Aunque no todos pertenecieran a la orden de Cluny, es cierto que esta forma de organización llevó consigo la consolidación del primer arte unitario de Europa: el arte románico.
La otra institución que sostuvo la difusión del arte románico fue la fuerza que adquirió el feudalismo. El poder civil, encarnado por la nueva nobleza altomedieval, necesitaba dar ejemplo a sus vasallos. ¿Y qué mejor que instruirlos en dos de las reglas principales de los monjes benedictinos, como eran la pobreza y la obediencia? Ese fue uno de los motivos del mecenazgo que ejercieron sobre los nuevos monasterios, que además necesitaban tener cerca cuando les llegara la muerte. Los señores feudales también actuaron como difusores del arte románico mediante la construcción de sus propias moradas. En la península ibérica destacan los castillos de frontera, levantados para afianzar los territorios conquistados al “infiel”.
Me agacho, me ato las zapatillas de montaña y, al levantarme, vuelvo a ver el castillo de La Pobla de Claramunt. La sierra de la Guardia, lugar habitual de mis caminatas, fue la protectora de los territorios de la Conca d’Òdena conquistados a al-Ándalus por el conde de Barcelona. En su extremo más oriental, el señor de Claramunt erigió su castillo hacia el año 978.
Mis primeros recuerdos de este castillo se remontan a finales de los años setenta del pasado siglo. La distancia que hoy recorro en menos de una hora nos llevaba, siendo niños, a un mundo de dragones, caballeros y doncellas. En nuestras pequeñas mochilas, nuestras madres nos metían un bocadillo de tortilla, alguna pieza de fruta y la ya desaparecida cantimplora de plástico, para celebrar el jueves lardero junto a nuestros compañeros de clase. Entrábamos en el castillo por las enormes cicatrices del recinto amurallado, nos sentábamos en el centro a dar cuenta del desayuno lo más rápido posible y nos lanzábamos a jugar entre esta pequeña joya del románico. El ábside de su pequeña iglesia interior, erigida en el siglo X, era el lugar preferido para el juego del escondite.


Han pasado algunos años desde aquellos días. Hoy, el castillo de La Pobla de Claramunt es un fiel reflejo del trabajo bien hecho de las instituciones que se empeñan en la protección del patrimonio histórico. Me consta la larga lucha de este pequeño ayuntamiento del interior de la provincia de Barcelona por preservarlo. En la década de los noventa se empezó a rehabilitar y, en 1997, se abrió al público musealizado. Su visita nos invita a conocer las particularidades de los castillos de frontera en sus rehabilitadas estancias: cuadras, herrerías, bodegas, cisternas o aquel ábside de la iglesia de Santa María, la primera del municipio. El patio de armas, lugar donde degustábamos nuestros bocadillos, hoy luce como distribuidor de las estancias y, cada otoño, como escenario de uno de los mejores festivales de música folk de Cataluña.
El primer románico: confluencia de estilos
Volviendo al románico, es difícil señalar un lugar concreto para el nacimiento de este primer arte medieval común a todos los territorios de Europa occidental. Puede decirse que tuvo varias fuentes de las que se nutrió. Sin ir más lejos, en la península ibérica encontramos dos de los artes prerrománicos más importantes: por un lado, el denominado arte de la Reconquista, el prerrománico asturiano; y por otro, el realizado por los cristianos que vivían en territorios musulmanes, conocido como arte mozárabe.
En el resto de Europa también encontramos otros ejemplos. Cabe destacar el arte otoniano, desarrollado al amparo de la dinastía otoniana, que a finales del siglo X controlaba Alemania y el norte de Italia, lugar donde precisamente encontramos otro de los artes prerrománicos más significativos: el arte lombardo. Este último genera controversia, ya que algunos autores, como Puig i Cadafalch, lo consideran abiertamente el primer románico. Tampoco podemos dejar de mencionar la región francesa de Borgoña, donde el monasterio de Cluny se convirtió en uno de los puntos vertebradores de lo que iba a suceder en toda Europa.
El arte románico llegó a todas las construcciones medievales: desde las defensivas, como castillos o murallas —como hemos visto—, hasta los monasterios que vertebraron la agricultura medieval, o infraestructuras tan significativas como los puentes, que mejoraron las precarias comunicaciones. Y, por supuesto, a las grandes catedrales románicas y a las pequeñas ermitas que acogían a los fieles de cualquier incipiente núcleo rural.
Si la sierra de la Guardia vigilaba el sur de la Conca d’Òdena, la parte más occidental estaba controlada por la Tossa de Montbui, otro de los reclamos senderistas de la Anoia. Sus vistas son de las más impresionantes de esta comarca situada en el centro geográfico de Cataluña. A finales del siglo X también se construyeron allí edificaciones románicas para fomentar la repoblación cristiana tras la conquista territorial a los dominios andalusíes. El conde de Barcelona, Borrell II, dejó estas tierras en manos del obispado de Vic, que mandó erigir un castillo y una pequeña ermita.
Sobre el castillo hay poco que decir. Pero la ermita ha sido protagonista de algunas historias personales de los habitantes de la comarca. La primera vez que entré no se ha conservado en mi memoria; solo la conozco a través de algunas fotografías en blanco y negro, guardadas en la pequeña caja metálica de galletas donde mi madre las conservaba. Era la boda de una de mis primas. La segunda vez que entré sí la recuerdo: un amigo me pidió que le llevara el día de su boda hasta la iglesia, todo un honor. Meses después, el reluciente Renault 5 rojo de mi compañera ascendió por la enrevesada y pronunciada subida a la Tossa de Montbui.
La ermita me pareció un lugar muy especial para un enlace matrimonial. Soy ateo convencido, pero, por algún motivo, me fascinan los recintos religiosos, especialmente los de época altomedieval. Era un espacio pequeño por todos sus lados: la nave tripartita se remataba con tres ábsides semicirculares. En el central, un reducido púlpito lo ocupaba casi por completo; en los laterales, unas pocas flores bastaban para que se vieran profundamente adornados. A los extremos de los bancos llegaban pequeños haces de luz del magnífico sol que brillaba en el exterior.

A mediados del siglo XX, la ermita fue reconstruida con fondos privados y el apoyo de la Diputación de Barcelona. Desde entonces, la gestión del edificio recayó en una fundación que nunca ha tenido intención de explotarla turísticamente, aunque sí permite visitarla contactando previamente con ellos. Otra forma, tan válida como cualquier otra, de proteger el patrimonio histórico.
Como hemos visto, el poder que ejercieron los reyes carolingios en este espacio situado al sur de los Pirineos durante el siglo X ya era cosa del pasado. Lo que encontramos en esta zona es una tierra de nadie, donde musulmanes y cristianos luchan por el control de los distintos territorios. La ermita de la Tossa de Montbui fue atacada por razias musulmanas al menos en dos ocasiones, en los años 985 y 1003. A pesar de ello, existía cierta superioridad de los nobles cristianos, posiblemente debido a que los musulmanes estaban más centrados en defender otros focos peninsulares.
Este fue el contexto en el que surgieron castillos medievales como el de La Pobla de Claramunt, situados en colinas para facilitar su defensa. A partir de ese momento, en cada castillo aparecerá como mínimo una pequeña iglesia. Los más poderosos se procurarán incluso una comunidad religiosa interna, dando lugar a auténticas abadías dirigidas por un abad e integradas dentro de la estructura del castillo, con el fin de proteger estos espacios religiosos en recintos amurallados. Tanto en Cataluña como en Aragón existen muy buenos ejemplos; personalmente, siempre me ha llamado la atención el castillo-abadía de Montearagón, cuya construcción se inicia en el siglo XI.
En definitiva, la antigua Marca Hispánica fue receptora de las primeras construcciones propiamente románicas. Fueron varios los lugares que iniciaron este camino, apoyándose en los constructores autóctonos, a los que se sumaron los recién llegados de Lombardía. De ahí que se conozca comúnmente este fenómeno como el primer románico lombardo-catalán.

Los ejemplos de este primer románico en la península ibérica son numerosos. En la zona pirenaica hubo una notable proliferación de centros monásticos, algunos en posiciones claramente defensivas, como el monasterio de San Martín del Canigó, que el conde de Barcelona dejó en manos de los monjes cluniacenses, o el escarpado y recóndito monasterio de Sant Pere de Rodes. Otros se asentaron en los valles pirenaicos, como el monasterio de Ripoll, donde destaca la figura del abad Oliba, considerado el padre espiritual de los condados catalanes en formación y uno de los principales impulsores de la difusión del románico por Cataluña, que, como hemos visto, se expandió al ritmo de la repoblación cristiana.
Iglesia de Sant Vicenç de Cardona
Por motivos laborales, hace unos años pasaba semanalmente por Cardona, situada prácticamente en el centro geográfico de Cataluña. Su castillo se alza en lo más alto de la población y, visto desde fuera y a distancia, se presenta como un imponente baluarte renacentista. Sus murallas fueron reforzadas para adaptarse al uso de armas de fuego que se generalizó al final de la Edad Media. Sin embargo, su corazón es un espléndido ejemplo del primer románico.
Hacia el final de aquella etapa de mi vida, una invitación me llevó hasta allí. El propietario del lugar al que me dirigía era uno de los principales proveedores de la empresa para la que trabajaba: un hombre serio, amable y muy generoso, del que siempre recibí un trato exquisito y del que guardo un gran recuerdo. Aquel día celebraba el 25 aniversario de su negocio, alquilando algunas dependencias del castillo, convertido en Parador Nacional, para el evento. Fue una fiesta emotiva; recuerdo especialmente una danza que le dedicó una de sus hijas en un pequeño patio gótico, una escena cargada de una gran belleza. Sin embargo, me quedé con ganas de ver el resto del recinto, ya que las zonas no utilizadas permanecían cerradas, entre ellas su joya románica, escondida tras una pequeña puerta.


Unos meses después, era mi cumpleaños. Como no empezábamos a trabajar hasta media tarde, mi compañera me dijo:
—Te regalo visitar algún sitio que te apetezca, y luego te invito a comer.
La respuesta no tardó en llegar:
—Ya sé dónde vamos a ir.
Tras aquella pequeña puerta se esconde la iglesia de Sant Vicenç de Cardona, uno de los mejores ejemplos para ilustrar todo lo narrado. La zona de Cardona estuvo habitada desde época íbera. Sus importantes minas de sal atrajeron a diferentes culturas: disponer de sal desde la prehistoria fue sinónimo de riqueza y prosperidad para cualquier comunidad. En la Edad Media no fue diferente. Así, el 23 de abril del año 986 se concedió la carta de población al asentamiento vinculado al castillo medieval, construido en la zona más elevada para proteger estas minas.
A partir de ese momento, la pequeña población comenzó a crecer y a expandirse extramuros en forma de arrabal. Este desarrollo propició la llegada de los monjes benedictinos del abad Oliba, que supervisaron la construcción de una nueva iglesia sobre una antigua ermita, dentro del recinto amurallado.
La alianza entre nobleza e Iglesia volvió a funcionar. Los señores de Cardona, una de las familias más ricas de la antigua Marca Hispánica, apoyaron económicamente el proyecto. Hasta Cardona llegaron canteros lombardos para dirigir la obra; sus marcas quedaron grabadas en los sillarejos de piedra y en el sistema de abovedamiento de la nave, una técnica que probablemente recuperaron para evitar los frecuentes incendios de las cubiertas de madera. Para aliviar el peso de estas bóvedas se introdujeron los arcos fajones de medio punto.
Nada más entrar por la pequeña puerta, encontramos el pórtico abovedado donde fueron enterrados los primeros condes de Cardona. Este espacio, ricamente decorado con pinturas al fresco —hoy visibles gracias a la restauración de los años sesenta—, recibe el nombre de Galilea. Sobre la puerta, a nuestras espaldas, se sitúa una amplia tribuna, concebida para acoger a las clases inferiores y a las mujeres.
La gran altura de la nave tripartita de la iglesia de Sant Vicenç me empequeñece cada vez que la visito, retrotrayéndome al inicio de este relato. La sociedad altomedieval de aquel mundo caótico del siglo X necesitaba sentirse protegida. La construcción de estas iglesias fomentó una especie de intercambio simbólico: devoción a cambio de protección. La planta en forma de cruz latina refleja el símbolo de la unión entre el cielo y la tierra, sellando el vínculo de Dios con sus fieles. A diferencia de la pequeña ermita de la Tossa de Montbui, aquí los ventanales del cimborrio octogonal, que se eleva sobre el crucero, aportan una luz que evoca la presencia divina.
Otro de los aspectos fundamentales es precisamente esa planta de cruz latina. En el caso de Sant Vicenç, se trata de una iglesia de triple nave, rematada en tres ábsides: los laterales, más estrechos, y el central, de mayores dimensiones, todos ellos de gran altura. En el cruce de la nave principal y el transepto se eleva el cimborrio de planta octogonal, claramente visible desde el exterior.



Uno de los elementos constructivos que más me llamó la atención fue la elevación del presbiterio del ábside mayor. La razón es la existencia de una cripta bajo él, destinada a albergar a los difuntos más ilustres. Durante su construcción se habilitaron dos accesos laterales, aunque desde el siglo XVI se utiliza el actual, situado frente al presbiterio.
Como hemos visto, los antiguos territorios de la Marca Hispánica vieron nacer los reinos y condados cristianos más orientales. Su continua confrontación con al-Ándalus impulsó el proceso de expansión del cristianismo en esta parte de la península ibérica. La recuperación de estos territorios atrajo la repoblación y esta, a su vez, participó en el nacimiento y consolidación de un nuevo lenguaje artístico: el románico.
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