La Sierra de Guara, en el prepirineo aragonés, es un tesoro de barrancos, pueblos rurales, patrimonio histórico y arte rupestre, en un entorno de lucha continua contra despoblación. Entre sus murallones calizos se esconden historias desde hace miles de años, reflejadas en muchos abrigos como los de Chimiachas, Lecina o Barfaluy. Cada sendero revela la interacción del hombre con la naturaleza: agricultores, pastores, artistas y en especial hombres y mujeres sencillos dejaron huellas que aún hoy sorprenden. Sus diversas rutas nos invitan a recorrer ríos, dólmenes y ermitas, a la misma vez que nos facilita observar su fauna salvaje de ciervos, buitres y cabras montesas. Cada caminata ofrece un contacto íntimo con sus paisajes y su historia. Naturaleza, cultura y aventura, en una combinación perfecta.

Chimiachas

La escena se vuelve a repetir. Me siento, me respaldo en la verja, coloco la mochila entre mis piernas, saco el bocata y mis prismáticos monoculares. El sol empieza a apoderarse del cañón del río Vero; los buitres comienzan a levantar el vuelo para volver cargados con comida para sus polluelos. Los que veía esa mañana, justo en el murallón cercano, eran enormes; creo que pronto iniciarán sus primeros vuelos para adornar el limpio cielo de la Sierra de Guara.

Aunque ese día tenía una grata compañía, tres o cuatro veces he ido en solitario a ese lugar, pero nunca me he encontrado solo. Me giro y vuelvo a observar su majestuosidad: se hallaba en su punto álgido de madurez. Es el ciervo más impresionante de todo el arte levantino. Creo que en ese lugar me quedé seducido para siempre por esa representación artística de la prehistoria. El artista que dejó su impronta en aquel pequeño abrigo del barranco de Chimiachas seguro que tenía una sensibilidad que lo diferenciaba del resto de la tribu. Siempre, no sé el porqué, me lo imagino como un chico joven al que no se le daba bien cazar, pero sí pintar. ¿Era una habilidad heredada y transmitida? Creo que sí, posiblemente de su abuela; no me preguntéis por qué.

El ciervo de Chimiachas es la prueba más evidente de que el arte levantino recoge todo el saber de los representantes artísticos del Paleolítico. Me irrita que los investigadores no se pongan de acuerdo con un sistema de datación fiable para las representaciones artísticas postpaleolíticas, lo que nos impide estudiar las costumbres y la forma de vida de los habitantes mesolíticos. El cañón del río Vero estuvo habitado durante esta época; junto a sus limpias aguas debieron ubicar sus cabañas los hombres y mujeres del Mesolítico. La naturaleza era su hogar: tenían agua, cazaban y recolectaban, y se encaramaban a los abrigos circundantes para explicarnos, precisamente, su forma de vida.

Para llegar al barranco de Chimiachas se debe salir desde la población de Alquézar, siempre en sentido norte y ascendente. Al rato se pasa por las balsas de Basacol, de las que se nutre de agua la población de Alquézar. Tras dejarlas atrás, la subida se intensifica; los buitres que antes comentaba suelen sobrevolar el lugar con sus marcados círculos concéntricos. Antes de llegar arriba, se puede visitar otro abrigo con pinturas rupestres: Quizans. Llama la atención un cerco de piedras que lo rodea; las pinturas que se hallan en él son esquemáticas. Es la muestra de que aquel gran abrigo ha sido refugio de pastores desde hace miles de años y hasta fechas tempranas.

Tras dejar atrás ese último abrigo se corona la subida. La vista en invierno es espectacular: la cordillera pirenaica, con un manto como sombrero, se dibuja en una amplia extensión. Solo nos queda descender al barranco, donde nos encontraremos con el ciervo. Es la parte más complicada: hay diversos pasos en los que hay que usar las manos para descender. Pero vale la pena.

Vuelvo a sentarme junto al ciervo de Chimiachas. Desde aquí casi entreveo mi próximo destino; en línea recta debe de haber escasamente un kilómetro. Pero debo desandar el camino, lo que me llevará unas dos horas y media, coger la autocaravana y, durante casi una hora, serpentear por las angostas carreteras de la Sierra de Guara. Allí nos espera Lecina. Es lo que tiene la espectacular orografía de esta fascinante sierra prepirenaica: profundos barrancos, arropados por murallones de rocas calizas erosionadas por el perseverante discurrir del agua, un hábitat puesto en peligro por el incesante aumento de la temperatura media.

Recuerdo perfectamente una de mis visitas. Era un dos de enero de hace cuatro años; bajaba del barranco de Chimiachas en manga corta. Antes de llegar a Alquézar, apoyado en un murete, me recibe un vecino; le calculé una edad cercana o recién pasada la jubilación. Miraba sus olivos, triste, con escasos frutos cuando debían estar rebosantes. Me paró, me preguntó de dónde venía; se lo expliqué y entablamos conversación.

—Sí, el río lleva muy poca agua —le contesté.

Pero ese no era el gran problema —me explicó—; el verdadero problema son los acuíferos. Aquel hombre llevaba varias semanas intentando regar sus olivos, introduciendo su bomba sumergible en profundos pozos; a lo sumo le sacaba insuficientes 40 o 50 litros y se paraba. Debía volver al día siguiente.

—Esto se muere; tendrá que llover mucho para recuperar los acuíferos de la sierra.

Vistas de la Hoya de Huesca desde el abrigo de Quizans.
Ciervo de Chimiachas.
Vistas desde el abrigo de Chimiachas
Alquézar desde el aparcamiento de autocaravanas.

Lecina

Al llegar a Lecina aparco en el único sitio disponible: un aparcamiento a la derecha antes de entrar en el pueblo. Desafortunadamente, no se permite la pernocta.

Antes de comenzar la ruta hicimos la ineludible visita anunciada en diversas ocasiones en el trayecto entre Alquézar y Lecina. La encina milenaria está en las afueras del pequeño pueblo, cerca del aparcamiento. Realmente es impresionante; me cuesta escribir esta palabra, pero a veces es indispensable. Al llegar te vuelves loco: sacas la cámara y colocas el objetivo que te proporcione el mayor angular, te pones debajo, luego a un lado y seguidamente al otro, te encaramas a la ladera que la rodea buscando lo imposible: captar la belleza de aquella encina. No hemos vuelto adictos a las imágenes, olvidándonos de sentarnos bajo el árbol, elevar la vista y disfrutar de aquel maravilloso regalo de la naturaleza. ¿Cuántas personas habrán pasado por allí desde el dominio árabe hasta hoy?

Para iniciar la excursión hay que cruzar el pueblo. Lecina es un gladiador contra la despoblación; unas pocas familias perviven en él, otras se suman los fines de semana acudiendo a su segunda vivienda. Tuvo su origen en el periodo altomedieval; aparece en algunas fuentes del siglo XI. Al cruzar, en medio del pueblo, nos encontramos con la antigua escuela. Un 1907 adorna el dintel sobre la puerta; hoy allí se ubica una pequeña oficina turística. Al salir de la población, un hombre de mediana edad nos saluda; está reparando un pequeño murete de piedra delimitador de terrenos. Es una tendencia actual: intentar repoblar el olvidado mundo rural.

El camino discurre entre carrascas y pinos; es prácticamente plano y más corto que el del barranco de Chimiachas. Antes de llegar al final, un cruce de caminos indica varios abrigos con pinturas rupestres. Nuestro destino estaba de frente; a la derecha dejamos los abrigos de Lecina Superior y Gallinero, luego podemos volver.

En los abrigos de Barfaluy hay pintado un personaje prácticamente único de la pintura prehistórica, que representa una escena que nos llevará a la reflexión. Se observan perfectamente sus dedos, tanto de los pies como de las manos; este aspecto técnico no es nada habitual. Está representado en dos zonas diferentes del abrigo; es evidente que desconocemos si se trata del mismo personaje o de dos diferentes. En una de las representaciones lleva tras de sí una camilla en la que está tendido otro personaje; en la otra, un gran triángulo invertido cubre su cabeza. Dicho triángulo suele representar distinción. ¿Era el personaje más distinguido del grupo, el protector del resto? La pintura prehistórica nos hace ensoñar con conocer a nuestros antecesores.

Un recuerdo aquí a uno de los más importantes investigadores sobre arte postpaleolítico, Vicente Baldellou. He leído mucho de sus artículos; personalmente creo que tenía —falleció hace unos años— una visión muy acertada del arte rupestre de la Sierra de Guara. Según él, el arte esquemático es una continuidad del arte levantino, una tesis poco compartida. Estos dos personajes de Barfaluy nos sirven como ejemplo: pueden ser esquemáticos, pero describen una acción.

Volvemos por el mismo camino; ahora descendemos a los otros dos abrigos, en ambos hay representaciones esquemáticas. Un arte más cuantitativo y conceptual que el arte levantino, que es más descriptivo. Personalmente, me quedo con el segundo. Desde los abrigos de Gallinero, los más inferiores, se puede bajar hasta el curso del río Vero para encontrarnos con la curiosa ermita rupestre de San Martín, encajada en la parte inferior del murallón de entrada al barranco de la Choca, justo debajo de los abrigos. De vuelta a Lecina pasaremos por un viejo molino.

La encina milenaria de Lecina.
La antigua escuela de Lecina
Pintura de Barfaluy, con sus dedos en pies y manos, portando la camilla.
Ermita rupestre de San Martín (Lecina)

Ermita de Nuestra Señora de Dulcis

Toca descansar. El gran problema para los que viajamos sobre ruedas en la Sierra de Guara —no entiendo cómo se sigue dando la espalda a esta forma de viajar— es la excusa habitual: el incivismo, el acampar a pesar de la prohibición expresa de acampada libre. Pagamos justos por pecadores, los que respetamos las normas, estacionamos nuestros vehículos y disfrutamos de las maravillas que nos rodean. En fin… al menos queda este rincón, en las afueras de Buera, en el aparcamiento de la ermita, no pegados a la construcción como debían hacer algunos, y se han tenido que colocar carteles de prohibición. Sentido común, por favor.

Llegamos de noche. Una vez más, el cielo está limpio y tranquilo; ascendemos por el camino alumbrado por las estrellas. Hace frío, nos abrigamos bien y volvemos a aprender a leer el cielo. Somos neófitos totales; la cartelería del pequeño observatorio nos enseña algo tan básico como que el cielo no es igual en todas las estaciones. Nos ubica las constelaciones más importantes y nos describe cómo se leen esas líneas invisibles que unen distantes estrellas. De repente vuelve a pasar aquel gusano de interminables luces, desde el que Elon Musk nos controla minuto a minuto, demostrándonos su insolente dominio del cielo.

A la mañana siguiente volvemos al lugar, esta vez para conocer la hora, en un curioso reloj de sol donde los números son olivos. Habrá que esperar un rato; la sombra todavía inunda el lugar. Aprovechamos para descender por un camino y seguir conociendo las diferentes clases de olivos del Mediterráneo. Un museo al aire libre nos recuerda este árbol que los fenicios trajeron hace casi 3.000 años, para convertirlo en el producto estrella de nuestra reconocida cocina mediterránea.

Luego retornamos a la autocaravana, desde la que se observa Alquézar; allí el sol comienza a iluminar la colegiata de Santa María la Mayor, construcción más importante y representante del rico patrimonio histórico del principal foco turístico de la Sierra de Guara. No es el destino de hoy, porque nos dirigimos al otro gran foco turístico de la zona: Rodellar.

Ermita de Nuestra señora de Dulcis (Siglo XVII)
Reloj de sol de los olivos.
Pequeño observatorio astronómico.

El Mascún

La carretera que lleva hasta Rodellar es algo más grata y menos sinuosa que la de Lecina. Campos cultivados, grandes roquedales y frondosos bosques de pinos no dan lugar a la monotonía del viaje. A sus costados hay amplios aparcamientos; a finales de noviembre estaban prácticamente vacíos. No es temporada para el mayor reclamo de turismo de aventura de la Sierra de Guara: sus extraordinarios cañones la catapultaron al lugar de honor para los apasionados de los descensos de barrancos hace más de un siglo.

Antes de entrar en Rodellar, a mano izquierda hay un parking. Bajo por una pronunciada y retorcida entrada… ¡sorpresa! Estaba repleto de campers, autocaravanas e incluso un par de camiones camperizados. En un principio está prohibida la pernocta, pero al cerrar los campings de alrededor, las autoridades miran hacia otro lado. Es decir, mandan los campings. Excepto uno, los allí aparcados llevan matrícula extranjera, aspecto que no me sorprende.

Iniciamos la ruta desde el mismo aparcamiento, cruzando Rodellar por la carretera principal. Una tienda de una importante marca italiana dedicada al calzado de montaña y escalada preside la entrada al pequeño municipio. Un chico rubio con media melena rizada parecía llevar la gestión; todavía existen los valientes, pensé. Al fondo del pueblo emerge la figura de una renovada iglesia románica.

Dejamos el pueblo atrás y nos asomamos al barranco. Recuerdo que mi mente dibujó en el paisaje una comunidad mesolítica: el río discurre plácidamente, varias zonas cubiertas de una verde alfombra sombreada por algunos sauces lo rodean. Es una zona perfecta para la caza, la pesca y la recolección. A diferentes alturas en el barranco se abren, como cicatrices en la roca, diversos abrigos. Me suele pasar: llevo varios años estructurando mentalmente una escritura creativa ambientada en la prehistoria reciente; cada vez que veo un lugar así, tomo nota.

Tras tomar algunas fotos, comenzamos el descenso al curso del río Mascún. No estamos solos: hay una presencia importante de escaladores. “Good morning”, “bonjour”… no es que seamos expertos en idiomas, pero nos educaron bien. Aquella mañana, con la excepción de unos chicos vascos, es fácil reconocerlos, todos eran extranjeros. Llegan desde todos los rincones del mundo; la Sierra de Guara se convirtió durante los años 60 del pasado siglo en referente mundial de escalada. El barranco del Mascún es un pequeño paraíso para ellos.

Aquel día el río, gracias a la permeabilidad del suelo, surgía y se escondía en diferentes ocasiones, como un pequeño Guadiana. Mientras tanto, el camino avanzaba un buen trecho junto a él, hasta encontrar su surgimiento bajo un gran murallón. La Sierra de Guara está agujereada como un gran queso de gruyere. Es otro de sus tesoros escondidos: espeleología, karts, simas y dolinas, algunas con caídas verticales de 250 m, confieren un verdadero reto.

Abandonamos el río y comenzamos un duro ascenso en continuas lazadas por la garganta de Andrebod. El suelo, mayoritariamente cubierto de piedras sueltas, es víctima del alto impacto de meteorización al que han sido sometidos estos grandes sistemas rocosos durante miles de años, víctimas de considerables cambios de temperatura entre invierno y verano. Al poco rato, unas pequeñas piedras descienden de la morrena. Me alerto, busco el origen y rápidamente lo descubro: dos cabras montesas nos observan desde lo alto.

Coronar la subida tiene un doble premio. Nuevamente, aparece en el horizonte una amplísima sección de la cordillera pirenaica y nos encontramos con el dolmen de Losa Mora. Allí fueron enterradas algunas generaciones de pastores; un dolmen es sinónimo de sedentarización. Pequeñas comunidades pastoriles aprovecharon los extensos pastos de las zonas más altas de la sierra para encontrar su hogar.

Durante la bajada hasta Otín nos rodeamos de un paisaje de brezales, pequeños pinos y pastos tostados por el largo verano. Los senderistas también tenemos nuestro pequeño paraíso en el interior de la Sierra de Guara.

Antes de entrar en Otín, nos sorprende una pequeña caseta tras un murete: el pequeño refugio Norbert Nieto, habilitado recientemente por la Asociación Refugios Dignos. Un trabajo altruista que merece un enorme reconocimiento. Otín es otra de las caras de la Sierra de Guara, y precisamente no la más amable. La despoblación del siglo XX ha sido demasiado constante; personalmente, en el próximo destino la conoceremos mejor. La naturaleza retoma el control de los pueblos abandonados. Callejeamos un rato: las calles se han convertido en senderos rodeados de altas hierbas, las ramas de los árboles se asoman dominantes por las ventanas. En la parte más alta del pueblo se observa un cubrimiento metálico, lo que parece ser el único intento de devolver la vida al pueblo, aunque no parece que la aventura tuviera continuidad.

Unos minutos después abandonamos el pueblo por un serpenteante camino ascendente. A veces a un lado, otras a ambos, somos acompañados por una intermitente serie de muretes que marcan perfectamente la senda, pareciendo dirigirnos a un lugar importante. La iglesia de San Juan Bautista aparece en la parte alta del camino, en cuyo dintel luce un 1731. También ha sido engullida por la naturaleza. Durante más de dos siglos, los vecinos de Otín ascendían por aquel camino; algunos robles rodean la iglesia, lo que hoy es ruina y olvido debió ser un bucólico paisaje dedicado al rezo y al encuentro social de los vecinos.

Desde allí iniciamos una pronunciada y constante bajada de vuelta al río Mascún, rodeados de un paisaje erosionado por el agua durante miles de años, que ha esculpido el terreno para los deportes de aventura: grandes murallones, profundos barrancos y curiosas formaciones pétreas.

Antes de finalizar la ruta, nos detenemos un rato a observar una curiosa escena. En la parte alta del barranco se abre un gran “ojo”; observamos algunos escaladores en la base y nos sentamos a esperar acontecimientos. El primero en intentarlo es un chico; al llegar a la mitad del ojo, cae y abandona el intento. Le sigue una chica, con idéntico resultado. Mientras tanto, hacemos competir a mi cámara con teleobjetivo y al móvil de gama media-alta de mi compañera por captar la mejor imagen. Tras un buen rato, y unas cuantas risas, comenzamos el corto ascenso a Rodellar. Antes volvimos la vista al “ojo”, esta vez desde el otro lado, para ver fundidos en un abrazo a los contrincantes de la escena. Disfrutar la naturaleza en compañía vale por dos.

Tras comer y descansar un rato, retomamos la ruta hacia un nuevo destino, este el más lejano, al menos para nosotros: bordear toda la sierra y visitar su cara norte.

Sobre el curso del rio Mascún.
Dolmen de Losa Mora
Pequeño refugio de Norbert Nieto.
Sierra de Guara, paraíso de la escalada.

Bentué de Nocito

Nos levantamos temprano. Aquel día, último de este recorrido, iba a ser largo. Habíamos pasado la noche en una tranquila área de picnic, situada debajo de la N-240 poco antes de llegar a Siétamo, un lugar que hemos utilizado otras veces rumbo a nuestra zona preferida del Pirineo aragonés: el Valle de Tena.

Poco después de salir, a nuestra derecha aparece el imponente castillo de Montearagón. Lo he visitado en un par de ocasiones, pero aquella mañana observé que había desaparecido la estructura de andamios de las últimas obras de restauración. Le debo una visita.

Por fin habían acabado las obras de circunvalación de Huesca. La A-21 enlaza directamente con la A-23, por la que se asciende rápidamente rumbo a los Pirineos centrales. Nosotros la abandonamos antes, para llegar al Valle de Nocito, nuestro nuevo destino. Desde Arguis se asciende por la vieja carretera del puerto de Monrepós; antes de llegar al antiguo túnel, hoy cerrado, aparece una pista asfaltada a la derecha que recorre todo el valle.

Por el camino hablamos de que nos íbamos a encontrar con uno de los lugares más marcados por la despoblación del siglo XX. La posguerra trajo hambre y miseria especialmente en el mundo rural, en las ciudades también, pero los recursos llegaban más fácilmente. La industrialización de las ciudades españolas despegó en la década de los 50, de la misma forma que la mecanización llegó al mundo rural donde se generalizó la agricultura extensiva, para nutrir a las ciudades. Era como un pez que se mordía la cola, en el campo sobraba mano de obra, mientras en las ciudades faltaba, además con salarios mucho más atrayentes que los de los sectores primarios. Pero además las ciudades mostraban su mejor cara, con su supuesta “calidad de vida”, mejores atenciones públicas, y mejores oportunidades sobre todo en el mundo de la educación.

Encontrarnos con esa realidad era el principal objetivo de ese día. Aunque encontramos algo que no buscamos, y nos maravilló. Por la pista, tan asfaltada como revirada, vas dejando varios pueblos atrás, en todos aparecen tímidas señales de población, el primero es Belsué, le sigue Lúsera, en lo alto de una pequeña sierra, hace unos años estuve allí y no había los rastros de ocupación actuales: el humo que sale de alguna chimenea y varios coches asomados al barranco. En la bajada de un pequeño puerto aparece Nocito, el único superviviente claro de la despoblación, signos de agricultura y ganadería, turismo rural, algún restaurante en incluso un camping que abre en temporada estival. Desde Nocito, la pista pierde el asfaltado y aparecen molestosos baches. Con cuidado llegamos al aparcamiento cercano a Bentué de Nocito, era el punto de partida de la caminata de ese día.

Hay varias casas en reconstrucción, signo inequívoco de intentos de revivir estos pueblos; incluso una parecía estar habitada continuamente, no como la mayoría, que son segundas viviendas. En el centro del pueblo aparece una fuente coronada por una curiosa rana de la suerte: “a ver si se porta bien”.

Abandonamos el primer pueblo en continuo ascenso, aunque todo el trayecto presenta pendientes muy llevaderas. Debemos vigilar el sendero, ya que las marcas de pintura son muy discontinuas; hace tiempo que no han sido repasadas. Afortunadamente, senderistas previos han construido una nutrida senda de hitos que nos acompañan durante todo el camino. La vegetación todavía está aletargada, a pesar del magnífico día; el invierno, a finales de febrero, todavía se hace presente.

Aparece un sonido de fondo: algún riachuelo debe bajar cerca, pensamos. El paisaje empieza a cambiar; nos introducimos en un pequeño bosque, donde aparecen verdes musgos y las primeras flores primaverales. El sonido del agua se intensifica exponencialmente. Hasta que, unos metros más adelante, aparece “el riachuelo”. Bueno, por el barranco de la Abellada, como se conoce la zona, no bajaba un riachuelo: de una punta a otra podía haber tranquilamente unos cuatro o cinco metros de ancho. En el fondo, en la parte central, aparecían un par de piedras, supuestamente el paso del riachuelo, y estaban al menos hundidas medio metro.

¿Nos damos la vuelta o nos arremangamos los pantalones y pasamos descalzos?

Aunque la respuesta parecía evidente: el agua estaba tan pura como fría, pero el sol calentaba algo y no fue tan duro. Entre risas, nos secamos los pies, nos calzamos y seguimos. Cinco minutos después, un nuevo cruce de río, más risas, nuevo remojón de pies y rodillas… y seguimos. Pronto perdimos la cuenta de las veces que cruzamos el río. Sientes como si la naturaleza se hubiera despertado esa misma mañana.

Recuerdo que le conté a mi compañera la conversación con el agricultor de Alquézar; ojalá toda esta agua caída le solucione el riego de sus olivos para años venideros. Pozas, cascadas, naturaleza desbordante, decenas de fotos; el retraso se acumulaba. Incluso, por momentos, olvidamos el destino que nos había traído allí. Llevo años haciendo caminatas, pero esta creo que bordó momentos inolvidables y difíciles de repetir.

Al final, llegamos a la parte alta, para encontrarnos con Abellada. Poco que contar: casi no pudimos entrar en él, la naturaleza ha recobrado su lugar. Seguimos por la parte alta de la ruta en un largo llano, con la figura vigilante y nevada, tras el valle de Nocito, del Tozal de Guara, con más de 2.000 m la cumbre más alta de la sierra. Afortunadamente llevábamos un buen fuet, indispensable para salir a la montaña, pan y fruta. Nos olvidamos del tiempo y las prisas; nos sentamos frente al Tozal, corría una levísima brisa y un magnífico sol de invierno calentaba nuestras caras.

Luego llegamos a Azpe. No estaba tan destruido como Abellada. Su estado nos permitió pasear por sus calles y acercarnos a su antigua iglesia de Santiago. Un pueblo abandonado parece irreal, un espacio construido para la vida, sin vida. La soledad es diferente a la que te encuentras en mitad de la naturaleza; es extraña, y el silencio parece incluso más intenso. A pesar de eso, nos atrae pasear por estos lugares: el tiempo parece detenido en un instante, mostrándonos la fragilidad de nuestro propio entorno social. Hace unas décadas, allí había encuentros familiares, niños jugando por las calles, vecinos ayudándose y seguramente otros discutiendo. Soy incapaz de imaginar lo que siente un niño de aquellos tiempos, convertido en abuelo y paseando por aquel lugar.

Después de abandonar Azpe descendimos hasta el último pueblo de la ruta: Used. Tuvimos que cruzar un nuevo río por el barranco de Used, que llevaba incluso más agua que el anterior. Al menos esta vez sí pudimos contar las veces que lo atravesamos: fueron dos. Used muestra incluso más signos de repoblación que Bentué de Nocito. Su iglesia y su castillo denotan una mayor importancia que los anteriores en tiempos pretéritos.

Finalmente volvimos a la autocaravana: eran más de las cinco de la tarde. Hemos estado casi seis horas en ruta, para un trayecto que en tiempo normal apenas requiere poco más de tres. Completamente solos, en un riquísimo contacto con la naturaleza y con la triste historia reciente. Por esta vez abandonamos la Sierra de Guara. Volveremos seguro: nos quedan muchos senderos que recorrer, muchos sitios por descubrir y, por qué no, más historias que contar.

Rana de la suerte de Bentué de Nocito.
Barranco de la Abellada
Campanario de la iglesia de Azpe.
Barranco de Used.

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