
La historia de la península ibérica está plagada, valga la redundancia, de historias de reyes, caudillos, emperadores, senadores, obispos, príncipes, condes, señores y un sinfín de títulos a los que une su condición de clase social superior respecto al resto. Hoy admitimos sin discusión que una niña nazca reina, que a un político se le tenga que juzgar aparte o que personas con indecentes cuentas corrientes se reúnan para subirnos la vivienda a todos. Podría seguir una interminable lista para llegar a la conclusión de lo evidente: las diferencias sociales, en vez de estrecharse, se ensanchan un poco más cada día.

Estas diferencias sociales surgieron en la península ibérica durante la Prehistoria reciente. En ningún caso quiere decir que la vida en el Paleolítico fuera un “camino de rosas”, pero la continua búsqueda de alimento y cobijo debía tenernos muy distraídos como para pensar en dominar al compañero. El problema surgió cuando comenzamos a producir excedentes de alimentación, lo que generó una nueva sociedad que el sociólogo y filósofo alemán Max Weber (1864-1920) definió como “sociedades de rango”. Estas sociedades evolucionaron durante un largo periodo, desde el Neolítico hasta el Calcolítico, acabando progresivamente con la igualdad social.
Extraigo esta conclusión tras la lectura de “Hoces de piedra, martillos de bronce”; no vengo aquí a publicitarla, sino a agradecer a Rodrigo Villalobos su gran trabajo y exposición de un tema de enorme interés, huérfano de bibliografía divulgativa.
¿Cómo cambiamos?
Primero tenemos que vislumbrar cómo eran las últimas sociedades igualitarias. La tierra era de todos, ya fuera para plantar trigo o para organizar las batidas de caza. La base social era la familia; su subsistencia se obtenía con la explotación de los recursos comunes mediante herramientas propias. Las familias se juntaban con otras familias formando grupos sociales de colaboración, mejorando sus técnicas de caza, repartiendo el trabajo agrícola y ganadero, obteniendo una mejor protección y, por qué no decirlo, satisfaciendo la necesidad como especie de compañía.
Las relaciones “laborales” tenían una base igualitaria: nadie trabajaba para nadie, sino todos para el común del grupo humano. Eso no es sinónimo de ausencia de líderes; existían personas capaces de tomar decisiones por el resto, elegidas por sus habilidades, sin ejercer violencia para el control de los otros. Además, posiblemente había diferentes líderes para distintas tareas: alguien dirigía las operaciones de caza, otro buscaba las zonas de mejor recolección y, por último, alguien señalaba el mejor lugar para asentar el poblado junto a las tierras más fértiles.
Sobre este punto llama la atención la introducción del sistema económico de neolitización en la actual provincia de Alicante, una de las zonas geográficas mejor estudiadas. Hacia el año 5550 a. n. e., un grupo humano indeterminado llega a la península ibérica desde Oriente; es la tesis más aceptada debido a la presencia de semillas foráneas domesticadas y a la rápida evolución del uso de la cerámica. Ascienden por los ríos hacia tierras interiores, a un lugar hoy conocido como Mas d’Is. En escasas dataciones de cien años, entre tres y cuatro generaciones, se encuentran, en una circunferencia de 3,5 km, hasta ocho asentamientos neolíticos. Parece un evidente reparto comunal de las tierras.
Volviendo al liderazgo, este no se conseguía a la fuerza, sino por la demostración de una serie de habilidades. Es evidente que la Prehistoria reciente no fue el Edén; la violencia está sobradamente representada en los yacimientos de la época. Personalmente, pienso que esta está incorporada de forma inherente a nuestro ADN. Pero serán precisamente estos líderes los que acaben generando las diferencias sociales: el poder atrae a nuestra especie. Durante el Neolítico, gracias a la mejora de las técnicas de conservación, se irán produciendo una serie de excedentes alimenticios. Los silos de grano se llenaban cosecha tras cosecha; las estancias de las chozas conservaban los restos de la última gran batida de caza. Los líderes cambian de mentalidad: guardo para cuando lo necesite.
Comienzan a aparecer los líderes hereditarios. Ya no son los mejor preparados, pero sí tienen ante sí los mejores accesos a los recursos, que deciden proteger con su vida o, más bien, con la vida del vecino, que valía menos que la suya.
El liderazgo es el origen de las diferencias sociales. El líder no emerge de la nada; el líder se crea a través de mecanismos de sometimiento, ocultando la propia desigualdad y enmascarando sus intereses en el interés común del grupo social. Se presenta a sí mismo como el garante de la protección de los recursos de todos: cualquier otra alternativa de acceso conduciría al fracaso. El líder propaga el miedo, apoyado en un pequeño grupo de componentes de la comunidad a los que ha convencido de estar haciendo lo mejor para ella.
En la arqueología, la gran fuente de información prehistórica, existen diferentes marcadores para el reconocimiento de estos personajes: la vivienda —no era lo mismo vivir en una precaria choza de restos vegetales que en una vivienda con basales de piedra inamovibles—. La propagación del urbanismo es sinónimo de ampliación del reparto de tareas y obligaciones. Los enterramientos, colectivos o individuales, y la gran diferencia entre los ajuares con los que eran enterrados.
En los siguientes puntos viajaremos a diferentes yacimientos de la península ibérica para confeccionar un mapa mental sobre el final de la igualdad social.
Calcolítico, marcadores de liderazgo y diferencia social
El Calcolítico es el periodo histórico en el que se consolida la metalurgia. Detrás está la necesidad de industrialización de las herramientas y utillajes para dar respuesta a la expansión agrícola y ganadera, que satisfaga la creciente demanda alimenticia de una población en crecimiento exponencial. Los yacimientos de la época demuestran la consagración de élites que ya han acabado con la igualdad social. Dos son los más representativos de la península ibérica.
Los Millares (3100-2100 a. n. e.), en Almería, es el más conocido; además, el mejor ejemplo de la consagración del urbanismo en la península ibérica. La ciudad comenzó en lo alto de la colina, rodeada por el río Andarax, sinónimo de necesidad defensiva; posteriormente fue creciendo en sentido descendente. Tras un milenio de ocupación territorial, encontramos una población con tres círculos concéntricos con sus respectivas murallas y otra gran muralla exterior de unos 2 m de anchura y unos 300 m de largo que cerraba todo el acceso a la ciudad. A esta se entraba por una puerta defendida por dos torres y un largo pasillo desde el que los defensores podían lanzar flechas a través de unas saeteras. La defensa de la ciudad se completaba con trece torres defensivas distribuidas por la muralla exterior.

Es evidente que todo lo descrito en el punto anterior revela diferencias sociales, pero, además, llaman la atención unas construcciones extramuros que desvelan la acción de líderes en el refuerzo de la identidad grupal. La religión y las creencias son herramientas habituales de control elitista sobre el resto de la sociedad. El patrón funerario sigue la tradición neolítica de enterramientos colectivos. Extramuros se han localizado en Los Millares unas ochenta tumbas con cámara interior de entre 3 y 6 m y acceso mediante un corredor, construidas en diversos materiales: megalíticas y de mampostería. Al ser comunitarios, los ajuares no se convierten en simbología clara de diferenciación social, aunque se han hallado materiales exóticos, como cáscaras de huevo de avestruz, cuentas de marfil o piezas de ámbar. Lo significativo son las construcciones de vestíbulos de forma trapezoidal, sin cobertura, donde se han hallado numerosos restos cerámicos: una muestra de espacios ceremoniales con la inclusión de banquetes, el lugar donde el líder ejercía el control a través de la religión.
A pesar de la fama de Los Millares, el yacimiento de Valencina de la Concepción (3200-2200 a. n. e.), en la provincia de Sevilla, es más definitorio para señalar al Calcolítico como una sociedad no igualitaria. Su extensión, unas 400 ha, es desproporcionada para la época: un verdadero hinterland de control territorial, donde se desarrollaron numerosas actividades económicas en diferentes campos —agricultura, ganadería, comercio, metalurgia— que, de una forma u otra, estuvieron controladas por élites.

El yacimiento se conoce desde 1860, cuando se descubre el dolmen de La Pastora, pero fue en las últimas décadas del pasado siglo cuando los trabajos se multiplicaron, convirtiéndose en foco de intervenciones para el estudio del periodo calcolítico. Sobre el control social llaman la atención algunos ajuares. En Valencina han aparecido restos de marfiles asiáticos y africanos; el binomio es muy particular y sinónimo de pertenencia a dos redes de intercambio, una por el Atlántico con África y otra por el Mediterráneo con Oriente. Comercio a larga distancia varios siglos antes de la llegada de fenicios o griegos.
El otro ajuar singular son unas treinta puntas de jabalina de cobre arsenical halladas en el dolmen de La Pastora en sus primeras excavaciones. Durante muchos años no se encontró una respuesta a su originalidad: no hay ningún ejemplo parecido en la península ibérica. Estudios recientes (2020) señalan un notable parecido con unas veinticinco puntas de jabalina halladas entre Siria y Palestina. La única diferencia consiste en el pedúnculo: las orientales se pueden enmangar, mientras que las de Valencina no. La conclusión más aceptada es la copia, por parte de las metalurgias locales, de un producto oriental; en definitiva, el “capricho” de un supuesto líder local.
El Neolítico, fabricando un líder
Como hemos visto en el apartado anterior, el periodo calcolítico consagró las diferencias sociales, pero estas pudieron aparecer durante el periodo anterior. En este nuevo punto también visitaremos algunos yacimientos neolíticos que nos sugieren esta apreciación.
No se puede hablar de Neolítico sin entender el megalitismo, aunque la relación de este último con la diferenciación social está repleta de contradicciones. Estos hitos constructivos sin precedentes nos revelan una supuesta sociedad igualitaria, donde hipotéticamente todos los integrantes de la comunidad tenían su propio derecho a su utilización. Pero para realizar estas construcciones se necesitaba un evidente liderazgo: alguien tenía que diseñar, planificar y dirigir la construcción. Mover una mole de 150 toneladas a 850 m de distancia, como en el dolmen de Menga, no se hace de un día para otro. Si el liderazgo fue coercitivo es indemostrable a día de hoy, pero parece existir un tabú antropológico al respecto; en nuestro imaginario vive un megalitismo idílico de sociedad comunitaria. Sin embargo, hay algunos ejemplos que hacen dudar de este supuesto paraíso prehistórico.

Uno de ellos es el dolmen de Alberite, una de las diferentes sepulturas de este tipo en una zona cercana a Villamartín (Cádiz). Datado aproximadamente en el año 4000 a. n. e., es una de las construcciones pioneras de la península ibérica. Se trata de una construcción de cámara cuadrada a la que se accede por un pasillo corredor de 23 m; algunas de las piedras pesan hasta 8 toneladas. Un espacio pensado para albergar una gran cantidad de finados, aunque solo se han encontrado dos restos humanos de edad adulta, rodeados de un ajuar funerario de marcado carácter elitista: cuentas de collar, utillaje agrícola y un prisma de cuarzo de unos 20 cm, posiblemente un ídolo religioso. Además, los ortostatos de la construcción sirvieron de mural a pintores y grabadores de arte prehistórico con diferentes representaciones: armas, figuras antropomorfas, serpentiformes y el astro solar.
No muy lejos, en las afueras de San Fernando, cerca de la capital gaditana, se encontraron en 2007, durante la construcción de un campo de hockey, los restos de una necrópolis a caballo entre los milenios V y IV a. n. e. Por las dimensiones de dicha necrópolis, los investigadores piensan que pudo corresponder a un asentamiento neolítico de tamaño considerable. No en vano, se trata de un lugar con grandes recursos económicos: tierras fértiles, recolección de moluscos, caza, pesca, etc.

Los enterramientos hallados no eran comunales, sino simples, dobles o triples; se documentaron desde simples cistas hasta estructuras funerarias más complejas. Esto permitió asignar los exóticos ajuares hallados a individuos concretos y no a colectivos. Se encontraron numerosas cuentas de collar, colgantes de turquesa y ámbar, hachas votivas —sin marcas de uso— de sillimanita, una roca de alta calidad, y una importante cantidad de variscita. Es importante destacar que el acceso a estos materiales no era comunitario; más bien era el resultado de un esfuerzo colectivo dirigido hacia personajes destacados. No todo el mundo se llevaba una joya a la tumba.
Uno de los trabajos más completos sobre el periodo neolítico lo encontramos en la Meseta Norte. Se trata de un estudio comparativo de la primera década de este siglo, en el que se analiza la evolución de los ajuares neolíticos en una veintena de enterramientos colectivos, poco conocidos hasta los años ochenta. A modo de resumen:
- Ajuares de finales del V milenio a. n. e.: no son objetos personales, sino ofrendas colectivas identitarias de grupo. Herramientas de sílex y pulimentadas, espátulas óseas, algunas cuentas de collar y hachas pulimentadas mayoritariamente usadas.
- Ajuares de finales del IV milenio a. n. e.: mucho más personales. Largos cuchillos de sílex con similitudes con los hallados en el Alentejo portugués. En las hachas pulimentadas predominan las votivas. Adornos personales de marfil y ámbar, ambos foráneos.
Es llamativo el caso de la variscita, un mineral de color verdoso que aparece principalmente en cuentas de collar. En el valle de Aliste (Zamora) se extraía desde el Neolítico una variscita que viajó hasta enterramientos de Valladolid, Palencia y Ávila, e incluso hasta la Bretaña francesa. Sin embargo, la hallada en Burgos o Soria procede de la mina de Gavà, en Barcelona. Sabemos que los intercambios existían desde periodos prehistóricos anteriores, pero hay detalles sugerentes: el marfil llega de África a la Meseta Norte, desde el Alentejo llegan cuchillos de sílex y la variscita zamorana alcanza la Bretaña. Es evidente que existe un nexo común: el Atlántico. Es una hipótesis, pero controlar una ruta comercial de este calibre en el Neolítico implica algún tipo de diferenciación social.
El último espacio a visitar es la Rioja Alavesa, una zona con numerosas construcciones megalíticas, entre ellas el espectacular dolmen de la Chabola de la Hechicera. Estos yacimientos se caracterizan por que presentaron más restos humanos que ajuares, lo que motivó estudios centrados en el análisis de isótopos en dientes y huesos, buscando datos sobre alimentación, sexo o edad.

Se analizaron restos óseos hallados en cinco cuevas de la sierra de Cantabria y en una decena de sepulcros megalíticos situados en el valle. Los resultados indicaron diferencias en la alimentación: mayor consumo de carne y frutos recolectados en la sierra y mayor presencia de cereales en el valle. Los grupos eran contemporáneos, unos con rasgos de economía mesolítica y otros con una economía claramente neolítica, todo ello en un espacio que no supera los 6 km de distancia. Las conclusiones apuntan a desigualdad y conflicto. Este último punto se apoya en un hallazgo anterior: en los años noventa se descubrió por casualidad una sepultura colectiva de 289 individuos cerca de Laguardia, muchos de ellos con restos de flechas clavadas. Fue datada entre el 3300 y el 3000 a. n. e., en el Neolítico final. No es una prueba irrefutable, pero el conflicto suele ser indicio de algún tipo de jefatura.
Además, otro aspecto llamó la atención: en los sepulcros megalíticos se hallaron por igual niños y niñas, sin diferencias de sexo en el acceso, pero entre los adultos la desigualdad entre hombres y mujeres es significativa. La conclusión de los autores es una herencia patrilineal de las tierras cultivadas, mientras las mujeres emigraban a otros grupos. Otro indicio más de diferenciación social.
Conclusiones
A partir del Calcolítico, las diferencias sociales son ya muy evidentes, y más aún tras la aparición de las jefaturas de la Edad del Bronce, que controlan la economía, la política y los ejércitos. Pero hubo un control previo que generó los otros: el poder ideológico, y este surgió en el Neolítico. Cognitivamente somos los mismos hoy que hace 6000 años. Hoy nos controla el capitalismo, dirigido por una pequeña élite económica: todos queremos el último modelo de iPhone o el nuevo coche de Volkswagen. Hace 6000 años, todos querían tener un colgante de ámbar o de variscita; no servía una cuenta de collar con materiales locales.
Los intercambios no son una invención neolítica; existían ya en el Paleolítico. Pero en el Neolítico se hacen habituales. La comunidad cambiaba sus excedentes agrícolas por piedras exóticas que iban a parar al cuello o la muñeca de un personaje destacado. Ya estaban trabajando para él. ¿A cambio de qué? No creo que, al principio, fuera por protección, sino por ideología, posiblemente por un rincón en aquel dolmen donde ubicar sus huesos tras la muerte.
Lo he nombrado antes: la idea de este trabajo surge tras la lectura de “Hoces de piedra, martillos de bronce” y al encontrarme con la bibliografía recomendada por Rodrigo Villalobos, muy útil para entender el interesante proceso del final de la igualdad social. No quiero concluir sin compartir algunas de sus apreciaciones personales, que suscribo plenamente. Falta mucha divulgación sobre la historia social; faltan muchos catedráticos que se decidan a escribir abandonando la divulgación estrictamente académica para llegar a un público ávido de cultura, que necesita entender el pasado para comprender el presente.
Fuentes:
Villalobos R. (2025). Hoces de piedra, martillos de bronce. Ático de los libros: Barcelona.
Vijande E., Dominguez-Bella S., Cantillo j. j., Martínez J., Barrena A. (2015) Social inequalities in the Neolithic of southern Europe: The grave goods of the Campo de Hockey necropolis (San Fernando, Cádiz, Spain) Inégalités sociales dans le Néolithique du Sud de l’Europe: les objets funéraires de la nécropole de Campo de Hockey (San Fernando, Cadix, Espagne) Comptes Rendus Palevol nº 14 pp. 147-161.
Fernández-Crespo T., Snoeck C., Orduño J., Czermak A., Lee-Thorp J. A., Schulting R. J. (2020). Multi-isotope evidence for the emergence of cultural alterity in Late Neolithic Europe. Science Advances 6 (4).
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García L. (2013). El asentamiento de la Edad del Cobre de Valencina de la Concepción: estado actual de la investigación, debates y perspectivas. Universidad de Sevilla.
Rubio I. (1993). La función social de adorno personal en el neolítico de la Península Ibérica. Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (CuPAUAM). Nº 20 pp. 27-58.
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