He tenido la suerte de visitar Medina Azahara en dos ocasiones, ambas en el mes de noviembre: la primera, en 2017, y la segunda, en 2022. La primera visita fue totalmente improvisada; simplemente pasaba por allí: el lugar me impresionó. Para la segunda visita me documenté previamente, elegí un día entre semana y entré en plena sobremesa. Buscaba la soledad, escuchar las piedras e imbuirme en la historia del reino altomedieval más poderoso de la Península Ibérica. Desafortunadamente, no tuve la suerte de que el atardecer redoblara el intenso color rojo de las piedras de aquella impresionante construcción, pero sí imaginé a Abderramán III mirando al horizonte y sintiéndose el hombre más poderoso de todo el Mediterráneo occidental. Tras mi visita, guardé las fotografías y los textos de documentación en una carpeta, esperando este momento para volver a recordar aquel lugar.


Abderramán III, el promotor de Madinat al-Zhara

Hijo de Muhammad y Muzna, una esclava de origen cristiano. Huérfano a los pocos días de nacer, por el fratricidio cometido por su tío, Mutarrif. Estos hechos le llevaron a convertirse en el favorito de su abuelo, Abdalá I, emir de Córdoba, casado, al igual que su hijo fallecido, con una esclava de origen vascón, Onneca, hija del rey de Pamplona, Fortún Garcés. Por las venas de aquel niño corría sangre occidental; su piel blanca y sus grandes ojos azules delataban que, dos siglos después de la llegada de los árabes a la Península Ibérica, se consagraba plenamente la mezcolanza genética.

A los 19 años, tras la muerte de su abuelo, Abderramán III se convirtió en el octavo emir omeya de Córdoba, heredando un emirato sumido en el caos. Era el año 912.

Las revueltas eran endémicas, en especial en las zonas más alejadas del poder central. Los anteriores emires favorecieron la autonomía política de las zonas fronterizas, a cambio de tributos. Cada vez llegaba menos dinero a las arcas estatales y los gobernadores de las coras redoblaban su poder político; muchos se habían independizado de facto. Ibn Marwan, en Mérida, o los Banu Qasi, en la zona del Ebro, son dos de los ejemplos más destacados. Al mismo tiempo, rebeldes muladíes reivindicaban su originario pasado visigodo, poniendo contra las cuerdas al poder árabe, como Ibn Hafsún, desde su escondite en la inexpugnable montaña malagueña.

Los reinos cristianos del norte, León y Navarra, aprovechaban la debilidad del emirato para atacar las fronteras del norte andalusí. Entre los años 913 y 915, Orduño II, rey de León, se atrevió a presentarse por la zona de Extremadura con las habituales campañas de saqueo del periodo altomedieval. En el año 918, la unión de los reyes cristianos posibilitó la conquista de la fortaleza de Valtierra, en la Navarra Baja, zona de paso necesaria para el control territorial.

Todos se encontraron frente a un nuevo emir que, a pesar de su juventud, supo marcar perfectamente las líneas esenciales para recuperar el poder. Abderramán III puso en marcha los ejércitos árabes, en muchas campañas con él mismo al frente, recorriendo los amplios territorios de su emirato heredado, desde Niebla (Huelva) hasta Valencia, sustituyendo a los corruptos gobernadores por hombres afines al poder central. Los reinos cristianos recibieron el castigo: las tropas del emir recuperaron los territorios y sus razias se convirtieron en habituales. En una de ellas (924), Pamplona, la capital del reino navarro, quedó completamente arrasada. El asunto más complicado fue Bobastro, la ciudad erigida por Ibn Hafsún, con varias décadas de enfrentamientos, hasta la caída de esta, en el año 928.

Autoproclamación de Abderramán III como Califa. Imagen de dominio libre

El 16 de enero del 929, Abderramán III elaboró un giro político sin precedentes en la historia de al-Ándalus: se autoproclamó califa, príncipe de los creyentes. Desde ese momento, el poder de Córdoba no era subordinado, ya que emanaba directamente de Mahoma, poniéndose al lado de Bagdad y no por debajo, como anteriormente. Abderramán III concentró en su figura todos los poderes: militar, político y, especialmente, religioso. Sublevarse ante este poder era una ofensa religiosa que todo musulmán debía castigar. En los años siguientes, todas las principales ciudades de al-Ándalus —Mérida, Badajoz, Toledo o Zaragoza— quedaron dirigidas por miembros afines a la dinastía omeya.

Para dar explicación a este movimiento político, se suele mirar al otro lado del estrecho. Abderramán III ansiaba el control de la ruta caravanera que emergía del África subsahariana y nutría de oro y esclavos a Europa Occidental. Allí, en torno al actual Túnez, desde el año 909, emergió el poder de un califato fatimí en constante crecimiento, que podía poner en peligro el negocio de los omeyas cordobeses. Con este movimiento político se puso a la altura política del rival.


La construcción de Medina Azahara

Dejemos de lado el romanticismo: Medina Azahara no fue erigida en honor al amor que Abderramán III profesaba por su concubina preferida. Fue un acto propagandístico de primer orden, una exhibición de poder y la culminación de un programa esencialmente político e ideológico. El apartado religioso suele ponerse en entredicho; en todo caso, durante el periodo califal ocupó un escalón inferior al resto de intereses estatales.

La construcción se inició en el año 936, a unos 8 km de la capital andalusí, Córdoba, bajo las estribaciones de Sierra Morena. Sus dimensiones, descomunales para lo conocido hasta ese momento, eran de unas 112 ha, donde había que encajar el puzle de una nueva ciudad. Desde ese momento, el proyecto se convirtió en la parte esencial del recientemente nacido Califato.

Recuerdo que, durante mi segunda visita y tras leer algunos artículos sobre su construcción, pensé que la cartelería de la musealización era muy superficial. Visitando el lugar cuesta hacerse a la idea del proyecto que estás pisando, pero también fui consciente de las enormes posibilidades arqueológicas del yacimiento: el porcentaje descubierto es ínfimo respecto al total construido.

Pasillo de las caballerizas.

Volviendo al año 936, Abderramán III tenía un importante reto por delante. Había que construir lo más rápido posible aquella ciudad y aprovechar un espacio temporal relativamente pacífico para sentar las bases de su proyecto más importante. Trazar los accesos al lugar, localizar los materiales constructivos, asegurar el suministro continuo de agua, realizar una planificación exhaustiva del espacio, concebir de forma homogénea el programa decorativo y tener bajo sus órdenes una importantísima mano de obra. Para las primeras necesidades contó con expertos llegados de todos los rincones del Califato; para la última tenía, a solo esos 8 km, posiblemente la ciudad más poblada de Europa.

El acceso a los materiales se realizó mayoritariamente de forma local. La piedra elegida fue la calcarenita, material habitual en torno al valle del Guadalquivir. Sus características —baja densidad, buena transpirabilidad y facilidad de manipulación— la convirtieron en material esencial en la construcción de muros, pavimentos, puentes o acueductos. Hay numerosos restos de canteras en los alrededores. También se tuvo acceso a materiales algo más lejanos. Cabra, situada a unos 50 km al sur, se convirtió en un destino habitual de los carros de transporte al servicio del califa; de allí se extrajo el decorativo mármol rojo y una piedra caliza micrítica blanca para los capiteles y la ornamentación de los espacios constructivos. Posteriormente, para los mármoles de pavimentación de los edificios más relevantes, se recurrió a zonas más lejanas: el lugar contrastado más apartado de Medina Azahara fue la ciudad portuguesa de Estremoz, a unos 350 km.

Capitel de micrítica blanca

Tres años después de iniciar las obras, en 939, Abderramán III se trasladó a su nueva residencia. En un primer momento fue determinante la sistematización de los procesos constructivos: cada edificio, tanto los principales como los secundarios, presentaba una serie de características determinadas y planificadas que favorecieron la rápida construcción. En dicha planificación, el mismísimo califa tuvo un papel importante; su presencia en la obra fue constante para coordinar un equipo humano inmenso. Posteriormente, su hijo Alhakén fue nombrado director de las obras. Bajo las órdenes de ambos, una institución fue la garante del buen funcionamiento del colosal proyecto: la Casa de los Oficios, talleres estatales especializados en las diferentes profesiones —canteros, yeseros, carpinteros, herreros, vidrieros o pintores—, dirigidos personalmente por alarifes con estatus de funcionarios reales, como se denota en los epígrafes aparecidos en los restos arqueológicos de Medina Azahara.

Imagen del poder califal

La construcción de Medina Azahara coincidió temporalmente con una notable pacificación del Califato Omeya de Córdoba. Las ciudades más importantes estaban controladas políticamente, en algunos casos por clanes de origen árabe y, en otros, por familias muladíes afines al régimen, como las grandes ciudades visigodas de Toledo y Mérida. El mundo rural, menos importante en la época, quedaba en manos de tribus bereberes dedicadas principalmente a la ganadería. Algunas de sus actividades eran financiadas directamente por el Califato, como la crianza de caballos y camellos destinados a los ejércitos califales.

Córdoba tenía un gran control de las rutas caravaneras del occidente africano, que atravesaban el desierto del Sáhara rumbo a Europa, transportando oro desde Sudán o esclavos para abastecer a los reinos de Europa Occidental. Además, en el viaje de vuelta transportaban a África los excedentes de la potente agricultura extensiva que se había logrado en la Península Ibérica. Los propios ejércitos califales se habían nutrido de esclavos, tanto eslavos como africanos, redoblando así su potencial.

Zona de los cuarteles de Medina Azahara

Ahora, por un momento, nos situamos delante del pórtico de Medina Azahara, con sus catorce arcos rojiblancos, situados detrás de una impresionante plaza de armas. Allí eran recibidos los recién llegados; luego, tras traspasar la entrada por el arco central, se disfrutaba de una amplísima gama de colores y olores que desprendían miles de flores de los jardines. Posteriormente, eran recibidos por el califa en el Salón del Trono, construido entre los años 953 y 957, situado en una construcción tripartita con múltiples estancias privadas. Era una forma de impresionar, y seguro que lo conseguía.

Una de las entradas al salón del trono

¿Quiénes eran aquellos visitantes? Los textos, tanto cristianos como musulmanes, nos revelan a muchos de ellos. Medina Azahara había sido construida para impresionar. Abderramán III no fue un dirigente con denotadas ansias expansionistas, pero sí pudo tener ciertos delirios de grandeza y grandes dosis de autoestima hacia su creación personal: el Califato de Córdoba.

Las embajadas a Madinat al-Zhara

La frontera superior con los reinos cristianos había quedado en manos de gobernadores locales; a estos les recayó la labor de controlar las fronteras a cambio de un contrato de explotación de los recursos. Con cierta regularidad, posiblemente cada año, estos gobernadores traspasaban los catorce arcos, dejaban la parte acordada de los impuestos recaudados en la oficina del tesoro y, posteriormente, colmaban de regalos al califa. Luego ya podían emprender la vuelta, con la consiguiente renovación del contrato.

Fuera de las fronteras califales también se preparaban comitivas rumbo a Medina Azahara. Las más habituales eran las de los reyes cristianos del norte de la Península Ibérica. Sancho I de León fue depuesto en el año 958 tras una revuelta de la nobleza leonesa. El orondo personaje se trasladó a Navarra para contactar con su abuela, Toda Aznárez, que a su vez era tía del propio Abderramán III. Llegaron a finales de ese año al Salón del Trono cordobés; el pacto se formalizó y, en el año 960, Sancho I volvía a regir León tras ser tomada la ciudad por un ejército mixto de cordobeses y navarros.

Pero también llegaron de lugares más lejanos. Otón I, rey por entonces de Francia oriental y posteriormente emperador del Sacro Imperio Germánico, mandó entre los años 953 y 954 a uno de sus colaboradores, el monje y diplomático Juan de Gorze. Tras numerosas misivas recibidas, el califa accedió a recibir al monje. Su petición versaba en torno a una protesta formal contra el enclave musulmán de Fraxinetum, situado en la Provenza. Estos ejercían como piratas contra los navíos del Mediterráneo y, además, en los últimos años se habían prodigado los pillajes hacia tierras interiores de los Alpes, controlando pasos alpinos y dificultando el tránsito de las rutas terrestres entre el reino de Otón I y el Mediterráneo. Es difícil conocer los resultados de aquellos encuentros, pero lo cierto es que, unos años después, con Otón I como emperador, desaparece la presencia musulmana en la costa francesa.

Una de las numerosas embajadas llegadas a Medina Azahara.

Guardamos el título de más ilustres visitantes para los embajadores enviados por el Imperio Bizantino. Estos traspasaron en diversas ocasiones el Mediterráneo de punta a punta para encontrarse con el califa cordobés. Las reuniones giraban en torno a la relación entre ambos y el eterno rival bizantino, el Califato Abasí de Bagdad, que en aquellos momentos se encontraba sumido en una terrible lucha interna por el poder. Los textos bizantinos relatan el lucimiento del Califato de Córdoba ante sus visitantes. Tras visitar la capital durante unos días, eran invitados a llegar al palacio real. El camino de 8 km que separaba un destino del otro estaba cubierto con esteras y, a ambos lados del mismo, aparecían dos interminables filas de soldados califales, que solían desenvainar las armas apuntando al cielo y formando una V invertida.

Abderramán III murió el 15 de octubre del año 961. Tenía 70 años y había cambiado por completo el mundo que le circundaba. El Califato de Córdoba era esplendoroso y, además, había creado una ciudad a su imagen. Medina Azahara era una ciudad palatina única en la Europa Occidental del siglo X y tardaría mucho tiempo en ser igualada. Era mucho más que un fastuoso palacio real: recorriendo sus calles, te encontrabas con infinidad de edificaciones, oficinas públicas, salones de recepción, casas de funcionarios y servidores, baños públicos, fuentes, jardines, estanques, multitud de talleres e incluso su propia ceca monetaria. Miles de ciudadanos —agricultores, artesanos, altos funcionarios, jornaleros, criados, esclavos, médicos, soldados, poetas, matemáticos o astrónomos— se cruzaban cada día por aquella magnífica ciudad.

Todo ello se convirtió en una herencia magnífica para sus sucesores, pero, indudablemente, en una herencia demasiado apetecible.

Fuentes:

Vallejo A. (2010) Madinat Al-Zahra: la construcción de una ciudad califal. En Construir la ciudad en la Edad Media. Coord. por Beatriz Arízaga Bolumburu, Jesús Ángel Solórzano Telechea, pp. 547-570.

Fierro M. (2011). Abderramán III y el Califato Omeya de Córdoba. San Sebastián: Nerea.

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