
La colonización griega por el Mediterráneo occidental constituye uno de los procesos más relevantes de la protohistoria de la península ibérica. Factores demográficos y comerciales empujaron a los griegos hacia la expansión en Occidente. En este contexto, la península ibérica se integró en las redes mercantiles helénicas, convirtiéndose en un espacio clave de intercambio entre griegos, comunidades indígenas, fenicios y cartagineses. Dos yacimientos arqueológicos resultan fundamentales para comprender este fenómeno: Ampurias (Emporion) y Rodas (Rhode). Ambos constituyen testimonios materiales excepcionales de la implantación griega en la península ibérica y permiten analizar la interacción entre colonos e indígenas.
Aquella mañana, antes de salir el sol, ya estaba repasando algunos artículos que había guardado previamente sobre ambos yacimientos. Me encontraba en un lugar al que suelo acudir con frecuencia, especialmente en invierno y primavera. Ya había estado allí otras veces, pero desde hace unos años la zona se adecuó como estacionamiento de autocaravanas. El lugar se conoce como “Port Natura”: puedes aparcar junto a los canales construidos y bajar el kayak para remar por la desembocadura del río Fluvià. Sin embargo, aquel fin de semana tenía otros planes. En ambos yacimientos había estado años atrás, pero me apetecía volver a visitarlos desde una perspectiva diferente, intentando comprender mejor, desde el punto de vista geográfico, el porqué de la elección de ese lugar por parte de los griegos.
La tarde anterior, antes de anochecer, habíamos estado paseando por la playa. Hacía frío y el viento soplaba del norte. La visión, desde la costa, de la cordillera pirenaica bajo un manto blanco resultaba espectacular. Mientras caminaba, sonreía: «Aquellos griegos sabían escoger los lugares», comentaba con mi compañera. La desembocadura del Fluvià es un punto central de la bahía de Roses. Al atardecer, mirando hacia el norte, se observaban las luces de esta ciudad; al sur, las de L’Escala, dos de los destinos de ese fin de semana. En época íbera y en una convivencia inicialmente cordial, los griegos se convirtieron en dueños de esta impresionante bahía, desde la que comerciaron por todo el Mediterráneo occidental.

Emporion
No conozco ningún lugar como L’Escala en el que se persiga tanto a los viajeros sobre ruedas. Me constan varias denuncias al municipio por parte de asociaciones de autocaravanistas. Incluso aquella mañana llamé a la recepción de visitantes de Ampurias para remitirles mi queja. Su contestación no dejaba lugar a dudas sobre el enfado de la propia Generalitat de Catalunya, gestora del yacimiento, respecto a la cuestión: «Se sigue trabajando sobre el tema. Es incomprensible que un ayuntamiento niegue la posibilidad a un viajero en autocaravana de aparcar en un enorme estacionamiento para visitar el complejo o pasar unas horas paseando por el lugar». Fue, más o menos, la respuesta que recibí.
Tras el arrebato de enfado contenido, no permití que me amargaran la visita. Al llegar, aparqué en una zona comercial a la entrada de la población; cogimos las mochilas y nos dispusimos a caminar un buen tramo. Tras la visita a Ampurias, especialmente a la zona de la Neápolis y el museo, emprendimos el camino de ronda, un paseo muy popular y repleto de turistas prácticamente todo el año. En pocos minutos pasamos junto al muelle griego, rumbo a Sant Martí d’Empúries, el punto donde comenzó la historia de los colonizadores griegos del golfo de Roses. Aunque, en realidad, la historia empieza al otro lado del Mediterráneo.


Los foceos
Desde la caída de los reinos micénicos, a finales del II milenio a. n. e., los pueblos griegos iniciaron una continua sucesión de migraciones en busca de nuevos territorios. La presión demográfica es la causa más corroborada por los investigadores. A diferencia de civilizaciones posteriores, como la romana, no colonizaban mediante la conquista militar sistemática, sino a través de estructuras comerciales basadas en el intercambio de productos.
Así, los foceos formaron su propia colonia en el territorio que hoy conocemos como el golfo de Esmirna (Turquía). Fueron de los últimos en llegar a Anatolia y, posiblemente, las tierras adquiridas no lograron satisfacer sus necesidades. Sin embargo, destacaron por poseer una de las navegaciones más avanzadas de su tiempo, lo que les facilitó lanzarse hacia el Mediterráneo occidental. Siguiendo los pasos de los fenicios desde el siglo VIII a. n. e., fueron introduciendo sus productos en el sur de la península ibérica, desde Alicante hasta Huelva, espacio coincidente con la colonización fenicia y con los contactos con el mundo tartésico.
Aunque no es demostrable arqueológicamente, pudieron tener asentamientos relativamente estables en la zona del Levante. Estrabón menciona la existencia de un templo griego en honor a Artemisa; las especulaciones lo sitúan en Dénia o en Calpe.

La constatación arqueológica firme de la presencia focea en la península ibérica aparece en Sant Martí d’Empúries, en torno al año 600 a. n. e., prácticamente al mismo tiempo que la fundación de Massalia (Marsella), que se convertiría en la principal colonia griega del Mediterráneo occidental. A su llegada, los foceos aprovecharon estructuras previas de un poblado de cabañas del Bronce Final. No obstante, pronto introdujeron nuevas técnicas constructivas, con edificaciones de adobe sobre zócalos de doble paramento de piedra. También levantaron los primeros talleres, como uno artesanal destinado a la producción de vajilla de cerámica gris monocroma.
Según Estrabón, este primer establecimiento se ubicó en un pequeño islote cercano a tierra firme, hoy conocido como Palaiápolis. Pronto debió de quedarse pequeño.
Un cuarto de siglo después, en torno al año 575 a. n. e., se fundó una nueva ciudad, apenas a 500 metros al sur: la Neápolis. Su estado de conservación, debido a construcciones posteriores, no refleja fielmente la fisonomía original. Aun así, se han podido identificar algunas características esenciales. El trazado seguía un esquema hipodámico, aunque con ciertas irregularidades adaptadas al terreno. Las viviendas mantenían el patrón constructivo de Palaiápolis: zócalos de mampostería y alzados de adobe. La austeridad debió de caracterizar los primeros momentos de esta población de nueva planta.
Las calles se pavimentaron con varias capas de arcilla prensada. Se construyeron murallas de escasa potencia, que probablemente no tuvieron una función defensiva estricta, sino más bien delimitadora. Cerraban la ciudad por tres de sus lados; el cuarto quedaba abierto al mar, el auténtico hábitat de los foceos. La nueva ciudad fue bautizada como Emporion («mercado»), nombre que revela con claridad cuál iba a ser su principal actividad.
Fuera del recinto urbano se han localizado diversas construcciones íberas que evidencian una convivencia directa entre griegos e indígenas durante varias generaciones. Paralelamente, estos últimos desarrollaron su propio núcleo urbano en Ullastret, a unos 20 kilómetros tierra adentro.
Entre Palaiápolis y Neápolis se extendía una playa de unos 500 metros que funcionó como puerto natural durante siglos. Las infraestructuras portuarias debieron construirse con grandes postes y plataformas de madera, de las que no ha quedado registro arqueológico. Desde allí se comerciaba con todo el Mediterráneo: a Emporion llegaban perfumes, joyas y valiosas cerámicas; hacia Oriente partían cereales y metales. Fue un intercambio constante, no solo comercial, sino también cultural. Los griegos introdujeron en la península ibérica la moneda y la escritura; el alfabeto íbero es, en parte, una adaptación del alfabeto griego a su propia lengua.
El malecón que hoy se observa en la playa fue construido entre los siglos III y II a. n. e., tras la llegada de los romanos y el consiguiente incremento del tráfico comercial. Después de la conquista militar romana, se permitió a los griegos mantener cierta autonomía política y económica, en reconocimiento a su alianza con Roma, que había posibilitado el desembarco de las tropas romanas en Emporion en el año 218 a. n. e.
De esta etapa datan las grandes edificaciones monumentales de la ciudad: el ágora, la stoa y el propio malecón. Las murallas también fueron reforzadas. A pesar de los pactos iniciales, los indigetes de Ullastret se convirtieron en enemigos de Roma y, por extensión, de los griegos de Emporion.
Ullastret
Tras comer en Sant Martí d’Empúries —donde hoy no queda ningún resto visible de su pasado griego más allá de algunos recuerdos en tiendas turísticas, aunque sí excelentes restaurantes— decidimos dirigirnos a Ullastret. Aunque ya lo había visitado anteriormente, siempre resulta atractivo regresar a uno de los yacimientos íberos más importantes de la península ibérica.
Sorpresa: el yacimiento estaba cerrado, un sábado por la tarde. Me acerqué a la garita de entrada y, afortunadamente, uno de los responsables del centro de visitantes salió a atenderme y a darme explicaciones muy cordiales. Un tramo de unos diez metros de la muralla principal se había derrumbado esa misma semana, víctima de una de las sucesivas borrascas —en este caso, la borrasca Harry— que habíamos sufrido durante el largo invierno. El recinto permanecería cerrado el tiempo necesario para habilitar otro recorrido, ya que el derrumbe se encontraba junto a la entrada principal.

Cambio de planes. El aparcamiento del yacimiento resultaba perfecto para pasar la tarde en contacto con la naturaleza y el entorno rural; además, permitía pernoctar. Gracias, Ayuntamiento de Ullastret.
He visitado el yacimiento en dos ocasiones. Con el recuerdo de aquellas visitas y la documentación consultada, continúo el relato. En su momento acudí atraído por el llamativo hallazgo de las cabezas enclavadas de Ullastret, sin dejar de lado la intensa conexión del asentamiento íbero con el mundo griego.
Durante las campañas arqueológicas se han localizado casi 2.000 piezas de vajilla griega, además de un número aún mayor de cerámicas de tradición íbera. Estas últimas constituían el servicio cotidiano; la vajilla griega se reservaba para ocasiones especiales y para los hogares más acomodados. La mayor parte de las piezas corresponden al siglo IV a. n. e., momento en el que la aristocracia íbera había prosperado notablemente gracias a los intercambios comerciales canalizados a través de Emporion.
Desde la parte más alta del cerro, recorrer el perímetro del asentamiento permite contemplar el paisaje circundante: amplias extensiones cerealistas, hoy intercaladas con plantaciones frutales. Hace unos 2.500 años, este territorio se convirtió en uno de los graneros del Mediterráneo occidental. Los cereales fueron la principal fuente de riqueza de los indigetes de Ullastret.
En la acrópolis se encuentran actualmente un espacio museístico, los basamentos de una torre circular de vigilancia y los restos de un santuario helenístico.


Una de las características esenciales de la cultura íbera fue su capacidad de sincretismo religioso y cultural con los pueblos con los que convivió. En el interior del santuario se hallaron, reutilizadas como relleno constructivo, numerosas máscaras votivas de terracota. Todas presentan dimensiones similares, aproximadamente 12 x 10 cm. Fueron fabricadas en la ciudad mediante moldes y posteriormente pintadas, tanto en blanco como con policromías vivas.
No fueron utilizadas en representaciones teatrales: su función era votiva. Se colgaban en las paredes mediante una cuerda que atravesaba pequeños orificios situados junto a las orejas. Estas máscaras resultan muy expresivas; transmiten ironía y cierta inquietud. Algunas incluso representan seres mitológicos femeninos, como Medusa, con su cabellera convertida en serpientes.
El hallazgo es especialmente significativo, pues evidencia los contactos entre los íberos indigetes, los griegos y los cartagineses procedentes de Ibiza. Constituye otra prueba de que el puerto de Emporion se convirtió, entre los siglos VI y III a. n. e., en un centro de intercambio comercial, cultural y religioso de primer orden, sin señales evidentes de conflicto militar durante casi tres siglos. Esta situación cambiaría con la llegada de Cneo Cornelio Escipión en el año 218 a. n. e.
Rhode
Al día siguiente nos dirigimos a Roses, en el extremo septentrional de la bahía. Al pasar junto al Parque Natural de los Aiguamolls de l’Empordà, varias bandadas de aves sobrevolaban la autocaravana; tomé nota mental para visitarlo en otra ocasión.
En temporada baja no tuve problemas para estacionar. Detrás de la Ciudadela existen varios aparcamientos de tierra, uno de ellos sin limitación de altura.
Para encontrar los restos de Rhode debemos acceder al recinto conocido como la Ciudadela de Roses, integrado en una fortificación del siglo XVI erigida al final del reinado de Carlos V. Un pequeño museo da acceso al conjunto. En su interior se conservan restos de diversas épocas: dependencias militares renacentistas, un monasterio románico del siglo X, vestigios de la ciudad romana y, finalmente, Rhode, la colonia griega del norte del golfo de Roses.
Durante muchos años se creyó que era más antigua que Emporion, apoyándose en fuentes clásicas como Estrabón. Según él, los rodios, habitantes de la isla de Rodas, habrían sido los primeros en alcanzar el Occidente mediterráneo gracias a su hegemonía marítima entre los siglos IX y VIII a. n. e., fundando así Rhode. A esta hipótesis se sumaba la coincidencia del nombre.
Sin embargo, la arqueología no ha confirmado esa cronología. Hoy se acepta mayoritariamente una fundación más tardía, probablemente durante el primer cuarto del siglo IV a. n. e. Sus fundadores eligieron un emplazamiento cercano al mar, flanqueado por dos pequeños cursos fluviales y mejor protegido de la tramontana que el puerto de Emporion. Su hinterland inmediato no resultaba especialmente favorable para la agricultura, por lo que el puerto se convirtió en su principal recurso económico.
Aunque con reservas, se considera probable que sus fundadores procedieran de Massalia. El objetivo habría sido contrarrestar la hegemonía comercial de Emporion, penetrar en el interior peninsular y controlar los pasos terrestres del Pirineo oriental. El golfo de Roses se consolidó, así como centro del dominio griego en la península ibérica, pero también como foco de competencia económica.
A finales del siglo IV a. n. e., Rhode experimentó un notable crecimiento, con la creación de un barrio artesanal cuyos restos pueden visitarse hoy. Allí se produjeron cerámicas de barniz negro de gran calidad, distribuidas por Cataluña, las Baleares y el sur de la Galia.



Entre finales del siglo IV y comienzos del III a. n. e., Rhode comenzó a emitir moneda propia, signo de una estructura política consolidada. En el reverso de estas monedas aparece una rosa vista desde abajo; en las emisiones de Rodas, en Grecia, también figuraba una rosa, aunque representada de perfil. Esta coincidencia ha alimentado el debate sobre el origen de la colonia.
Hasta ese momento, Emporion no había acuñado moneda durante casi dos siglos. Sin embargo, a partir del siglo III a. n. e., comenzó también a emitirla, reforzando la idea de competencia entre ambas ciudades del golfo. Tras la llegada de Roma y la temprana alianza de Emporion con los romanos, Rhode quedó finalmente bajo su influencia política y económica.
Fuentes:
Santos M., Castanyer P., Tremoleda J. (2013). “Emporion arcaica: los ritmos y las isonomías de los dos establecimientos originarios, a partir de los últimos datos arqueológicos”. En l’occident grec de Marseille à Mégara Hyblaea, pp. 103-113.
Miró i Alaix M. T. (1990). “Les mascares del temple d’Ullastret”. Zephyrus: Revista de prehistoria y arqueología, Nº 43, 305-309.
Campo M. (2022). “Las emisiones monetarias de la colonia griega de Rhode”. La moneda Grega a Ibèria, Seques i circulació monetària, pp. 42-51.
- Golfo de Roses. El hinterland de la colonización griega.

- Origen de la guerra y los conflictos en la prehistoria.

- Construyendo un mito, escuela de navegantes de Sagres.

- El batallón Lincoln en la batalla del Ebro.

- Solón, el griego que sentó las bases de la democracia.

- Pla de Petracos, santuario de los primeros agricultores.
