A principios de los años 80, el vino de El Priorat era algo cotidiano: se compraba a granel, se transportaba en botellas reutilizadas y formaba parte de la vida diaria sin mayor pretensión. Hoy, sin embargo, se ha convertido en uno de los más prestigiosos y exclusivos de España. ¿Qué ha ocurrido en estas décadas para provocar un cambio tan radical? Este viaje recorre monasterios, cooperativas y pequeños pueblos para entender cómo historia, geografía y necesidad transformaron por completo una tierra y su vino.

Debía tener unos diez o doce años y volvía rumbo a la bodega del pueblo. El encargo era claro: hacía unos minutos había escuchado de nuevo la frase de mi padre: «Sobre todo, no te olvides, vino del Priorato, el catalán». Recuerdo aquella bodega de principios de los años 80, pequeña y oscura; tras el mostrador, varios barriles de madera etiquetados en mayúsculas, con grandes letras escritas con bolígrafo azul sobre un papel que un día fue blanco.

Aunque la memoria puede jugarme una mala pasada, los dos barriles de la izquierda tenían el letrero de “Priorato” y creo que eran los más económicos. Acto seguido, sacaba dos o tres botellas de cristal que antiguamente habían contenido gaseosa; lo recuerdo por el típico tapón con dos alambres a los lados para cerrarlo con presión. El dependiente las llenaba introduciendo un pequeño tubo de plástico que en su día también fue transparente. Tras pagar, lo que sobraba lo invertía en alguna chuchería, y vuelta a casa.

Han pasado algunos años desde aquello y, sin ser enófilos ni entender de vinos, nos gusta tomar una buena copa comiendo, especialmente fuera de casa. En ocasiones especiales pedimos la carta de vinos. «Suaves y afrutados», le pedimos al camarero de turno. Su recomendación no suele dirigirse a la D.O.Ca Priorat —afortunadamente, pensamos—, ya que suelen encabezar las listas de precios por la parte más alta. Hace unos meses surgió esta conversación con mi compañera: ¿qué había cambiado en estas décadas para convertir el vino de El Priorat en uno de los más exclusivos de España? Por suerte, la comarca está a menos de un par de horas de casa y decidimos pasar allí un fin de semana para intentar comprender este proceso.


El origen de la viticultura en el Priorat

La noche previa dormimos en el aparcamiento del monasterio de Poblet. Una buena recomendación para autocaravanistas: un parking grande entre viñas desde el que salen varias caminatas, que se pueden hacer tras la ineludible visita a un lugar Patrimonio de la Humanidad. Por nuestra parte, tras un rápido paseo matutino, salimos rumbo a El Priorat. Habíamos reservado la primera visita a las 12 de la mañana.

Nada más atravesar la invisible frontera comarcal aparece, bajo la imponente roca Corbatera, el pequeño pueblo de Albarca, desde donde salen algunas rutas de senderismo por la sierra de Montsant. Hoy no toca excursión, pero una breve visita se nos hace ineludible.

Alberca, la entrada norte de El Priorat

Al llegar a Escaladei aparcamos en el único sitio disponible: un pequeño parking de difícil acceso en las afueras de esta pequeña población. Como nos sobró algo de tiempo, decidimos caminar hasta la Cartoixa de Escaladei, situada a unos 15 minutos a pie. Era una mañana fría en la que se agradecía cualquier abertura en el cielo por la que entrara algún rayo de sol. Un paseo entre viñas, con las estribaciones inferiores de la áspera sierra de Montsant al fondo y, frente a nosotros, el monasterio donde comenzó todo.

Dudo que los monjes cartujanos eligieran aquel lugar porque un pastor soñara que allí había una escalera que llegaba al cielo. Más bien debió de ser porque sus características geográficas eran las más idóneas para la forma de vida que habían elegido. La orden de los cartujos tiene su origen en el siglo XII, en la zona francesa de Borgoña, conocida por sus vinos. Llegaron al sur de Tarragona cargados con sus semillas durante el último tercio de ese mismo siglo —aquí las fechas oscilan entre 1163 y 1194—. Lo cierto es que en 1228 se consagra la iglesia de Santa María y, a su lado, ya existía el primer claustro con doce celdas alrededor.

La unión dinástica del Reino de Aragón y el Condado de Barcelona había dado nacimiento a la Corona de Aragón, que en aquella época se hallaba inmersa en un proceso de repoblación tras la conquista de los territorios andalusíes. La orden del Císter se instaló en Poblet o Santes Creus, y los cartujos un poco más al sur. Todos ellos encargados del control de los sistemas productivos agrícolas de determinadas zonas: la unión entre los poderes civiles y religiosos durante la Edad Media se generalizó para la explotación agraria.

La entrada a la pedanía de Escaladei
Viñas frente a la Sierra de Montsant
La entrada a la Cartoixa de Escaladei

Cuando visito estos espacios, no suele concordarme demasiado la idílica visión transmitida por la forma de vida de los monjes con la realidad de los acontecimientos. Los cartujos lo dejaban todo para vivir con Dios y con su propia soledad. Austeridad, pobreza, castidad, obediencia y silencio eran sus principales señas como comunidad religiosa. Mientras tanto, supuestamente sin faltar a sus votos, la Cartoixa de Escaladei progresó continuamente hasta convertirse en una potencia económica que dominó por completo, y durante varios siglos, la actual comarca de El Priorat.

Nobleza y monarquía realizaban continuas donaciones al cenobio de Escaladei. Durante el resto de la Edad Media, entre los siglos XIII y XV, se llevaron a cabo varias ampliaciones de la cartuja, hasta alcanzar tres claustros con unas 30 dependencias privadas. Al mismo tiempo, expandían sus dominios territoriales más allá de los límites de la actual comarca. En el Renacimiento se remodeló todo el conjunto para ofrecer una imagen arquitectónica uniforme, dejando atrás estilos que iban del románico al gótico florido. Incluso se instaló una escuela de pintores religiosos, de donde surgieron figuras como Joaquín Juncosa.

Pero llegó el siglo XIX: lo civil se impuso a lo religioso, y el ministro Mendizábal expropió la riqueza acumulada durante siglos por la Cartoixa de Escaladei para financiar las guerras internas del Estado. Fue el final de una historia y el comienzo de otra.

La pedanía de Escaladei, donde vamos a realizar la primera visita a una bodega, pertenece al municipio de La Morera de Montsant. Su origen se remonta al siglo XIV: si un par de kilómetros más arriba los monjes habitaban en clausura, aquí se construyeron las dependencias necesarias para la explotación de la tierra y los distintos procesos productivos del vino. Bodegas, almacenes, establos y la casa de la procura —hoy ocupada por un restaurante—, que entonces era la oficina desde la que se gestionaba la explotación en toda la comarca y se recaudaban impuestos. Como decía antes, no concuerda demasiado una vida de retiro espiritual con una estructura económica que distribuía vino por todo el continente.

La herencia de todo aquello la recogen hoy las diferentes bodegas de la zona; la que visitamos nosotros ha heredado incluso el nombre. La bodega Scala Dei utiliza las mismas instalaciones —evidentemente adaptadas al siglo XXI— y se ha convertido en una de las más importantes de El Priorat. Elegí esta visita por su contexto histórico, pero no me aportó lo que esperaba.

Casa de la procura de Escaladei
En el interior de una de las bodegas de Scala Dei (siglo XVI)

En cambio, sí conocimos las características que hacen del vino de El Priorat uno de los más exclusivos de España. El clima es ideal para las variedades de uva que aportaron los monjes cartujos: garnacha y cariñena, plantadas en bancales situados en las laderas de las montañas hasta los 800 metros de altitud. En verano, los días son muy calurosos, lo que potencia el crecimiento de la uva; por la noche, aunque el descenso de temperatura es importante, las viñas mantienen el calor gracias al suelo de pizarra de licorella. El agua es muy escasa en esa época y, además, el terreno es muy permeable. Las viñas son pequeñas, pero sus raíces muy profundas. Para obtener un litro de vino son necesarios más kilos de uva que en otros territorios.

El resultado es un vino intenso y con gran concentración de aromas y sabores. Como dijo la guía, está mucho más valorado en el mundo que en nuestra propia tierra. Su producción se exporta en un 85%; un 10% se queda en Cataluña y el 5% restante se distribuye por el resto del Estado. Durante la cata —por cierto, excepcional— se preguntó por nuestra procedencia: todos éramos de Cataluña, menos una joven pareja que había viajado desde México exclusivamente para conocer la comarca y sus vinos, sin ser profesionales. Ellos sí eran enófilos.


El cooperativismo, la salvación del vino del Priorat.

La visita duró prácticamente tres horas. Tras la cata, necesitábamos comer y descansar antes de la siguiente visita programada para las seis de la tarde. El lugar elegido fue el antiguo campo de fútbol de Gratallops, que a la postre resultó ser una excelente base de operaciones para el resto de visitas que queríamos hacer, gracias a su posición central y, por qué no decirlo, a sus magníficas vistas.

Después nos dirigimos a Falset, capital comarcal y principal núcleo de población. Aparcamos en el área de autocaravanas situada junto a la Cooperativa de Falset, donde habíamos contratado una visita teatralizada. Unos minutos antes de las seis de la tarde apareció Ton. Su apariencia y carácter sobrio incluso nos confundieron al principio, pero sí: era el actor que, magníficamente, nos acompañaría durante las siguientes dos horas para conocer la historia de aquel lugar.

Nada más entrar nos reciben dos grandes tinas llenas de vermut: son las originales de 1919, año de fundación de la cooperativa. El edificio es uno de los varios de la zona construidos en estilo modernista por arquitectos como Cèsar Martinell. Son conocidas como “catedrales del vino” por su altura y su nave tripartita, donde se han ido adaptando los contenedores y la maquinaria necesaria para la producción vitivinícola.

Ton, magnífico guía de una visita teatralizada de la Cooperativa del Falset
Cooperativa de Falset
Sulfatador del siglo XIX, museo de Falset.

Hay que retroceder unos años para comprender el origen del cooperativismo. A mediados del siglo XIX, la producción vinícola se había convertido prácticamente en un monocultivo en la comarca de El Priorat. A finales de ese siglo, casi 30.000 personas habitaban la comarca; para poner este dato en contexto, en 1990 no llegaban a los 9.000. Cada viña, heredada del legado de los monjes cartujos, se había convertido en un pequeño tesoro para sus propietarios, muchas de ellas centenarias. Sus vinos se exportaban por toda Europa, recibiendo numerosos premios en lugares tan importantes como la Exposición Universal de París de 1878.

Pero, de la noche a la mañana, aquel castillo de naipes se desmoronó. En junio de 1893 llegó el devastador insecto a unas viñas de la localidad de Porrera. Antes de finalizar el siglo, la filoxera había destruido hasta la última cepa de El Priorat. Durante varios años no salió un solo litro de vino de la comarca. Fueron años en los que el trabajo consistió en la reimplantación de viñedos con pie americano, que inmunizaba la planta.

Durante la Primera Guerra Mundial llegó el sistema económico del cooperativismo al Priorat. La cercanía de Cataluña con el Midi francés, pionero en este modelo, junto con el apoyo institucional de la Generalitat y la Diputación, suelen señalarse como las principales causas. Antes de la Guerra Civil, el 70% de las cooperativas vinícolas de España estaban en Cataluña y, dentro de ellas, una gran parte se concentraba en El Priorat.

El cooperativismo es, en esencia, una unión de fuerzas: reparto de costes de producción e inversión; mejores precios en materias primas, fertilizantes o maquinaria; mayor poder de negociación tanto con proveedores como con clientes; una mayor proyección de sus productos a nivel nacional e internacional; mejor acceso al conocimiento en una época de expansión de nuevas técnicas productivas; y, por qué no decirlo, una forma de mitigar la competencia interna.

La visita, como no podía ser de otra forma, culminó con una cata. Ton siguió ejerciendo de perfecto cicerone. Posiblemente los vinos de esta cooperativa no alcancen la misma calidad que los de Scala Dei, pero su mayor variedad de productos ofrece una visión de la zona muy diferente. Probamos vinos como el añejo, que durante años se expone en garrafas de vidrio a las inclemencias meteorológicas, además de moscatel y vino dulce. La grata compañía de un grupo procedente de Mollerussa también enriqueció el resto de la tarde. Tras la cata, con moderación y algunas compras, regresamos a Gratallops.

Las vistas desde el aparcamiento de Gratallops.

La cultura del vino

El vino que hace casi 50 años iba a buscar a la bodega de mi pueblo era de El Priorat, pero su calidad era muy inferior a la de cualquier vino actual. Al principio comentaba mi escaso conocimiento del mundo del vino: puedo ser un mediocre historiador, pero infinitamente peor enófilo. Acudí a El Priorat en busca de respuestas y decidí encontrarlas.

A partir de los años 70, el mercado internacional democratizó el consumo de vino: ya no bastaba con el vino de mesa. Antes, los grandes vinos recalaban exclusivamente en las mesas de una élite inalcanzable. Con el tiempo, el consumo siguió el mismo patrón que otros productos: al amparo del capitalismo, los vinos comenzaron a dirigirse a clases sociales con cierto poder adquisitivo. Beber un buen vino se convirtió en una señal de estatus.

Este fenómeno no solo no ha cambiado, sino que se ha intensificado, confluyendo en lo que hoy denominamos “cultura del vino”. Incluso el lenguaje del vino ha evolucionado, cargándose de un amplio repertorio metafórico. Es un producto al que se le asignan múltiples adjetivos relacionados con su intensidad, acidez, aspereza o calidez. Tras probarlo, se invita a analizar su “sensación en boca”: ¿qué fruta evoca?, ¿en qué madera se crio?, ¿se perciben los taninos?, ¿cuál es la persistencia de su sabor? Personalmente, solo he sacado una conclusión tras estos días: cuanto más cara es la botella, mejor recibido por nuestro paladar.

Finalmente pasamos la noche en Gratallops, a escasos metros de su cooperativa. Al despertar la mañana era fría, pero un sol radiante iluminaba un paisaje de viñas entremezcladas con los primeros brotes verdes de la primavera. Pronto salimos a pasear por el pueblo. Las pequeñas bodegas, aún cerradas, anunciaban visitas en sus puertas, siempre con el inglés presente. Recorrimos el pueblo prácticamente en solitario, conociendo su origen en la Baja Edad Media y su temprano vínculo con los monjes de la Cartuja.

Cualquier rincón de el Priorat, en este caso Gratallops.
Grafiti de la parte trasera de la Vinícola de El Priorat

Para cerrar la visita a Gratallops nos dirigimos a la cooperativa, recién abierta aquella mañana de domingo. Éramos los primeros clientes del día. Entrábamos en la Vinícola del Priorat, fundada en 1991 como resultado de la unión de varios pueblos de la zona: Gratallops, El Lloar, La Vilella Baixa y La Vilella Alta. Todos ellos producen bajo la D.O.Ca, una denominación de origen de máxima calificación y exigencia; en España solo existe otra con este nivel: La Rioja. La chica que atendía era una gran conversadora y decidimos aprovecharlo.

—¿Por qué se cambió el sistema de producción de vino en los años 90?

La respuesta fue rotunda y clarificadora:

—Por necesidad. Sin ese cambio, estos pueblos estarían muertos.

Como siempre, toda necesidad conduce a una revolución. El Priorat también tuvo la suya. Se plantaron nuevas variedades de uva, especialmente cabernet, pinot o merlot, e incluso algunas destinadas a vinos blancos, como la garnacha blanca o el Pedro Ximénez. Lo que antes parecía una quimera se convirtió en una oportunidad.

Se comenzó a limitar la venta a granel y se generalizó el embotellado, hasta entonces reservado a ciertos vinos. Se apostó decididamente por la crianza en barrica y el envejecimiento. Se ampliaron bodegas, se invirtió en nueva maquinaria y el Priorat se llenó de grandes depósitos de acero inoxidable. Se incorporaron químicos y enólogos, encargados de diseñar el mejor vino posible. Y lo consiguieron: hoy sus mejores producciones siguen exportándose por todo el mundo.

—Sí, es triste, pero se nos quiere más en el extranjero que aquí —nos comentó la encargada.

La conversación posterior derivó hacia otros temas: sus temores ante la caída de las ventas internacionales por los aranceles del psicópata Trump; o uno aún más preocupante, la despoblación, que, aunque se ha frenado parece difícil de revertir. Hoy la comarca cuenta con poco más de 9.000 habitantes. Según ella, hay trabajo durante todo el año, pero el crecimiento se ve limitado por la falta de mano de obra cualificada y de vivienda.

—¿Cómo puede ser eso, si hay tantas casas cerradas?

—Porque son muy caras.

—¿Cuánto cuesta una casa lista para entrar a vivir?

—Unos 150.000 euros.

Para quien lea esto desde una gran ciudad o área metropolitana, sobran los comentarios. El mundo rural parece haber perdido su último tren: ya no resulta atractivo.

Tras comprar dos botellas de vino y una de aceite —también de la misma cooperativa—, y con algunos euros menos, nos fuimos a explorar otros rincones del Priorat.

La Vilella Baixa es muy bonita, pero su visita nos mostró la cruda realidad de la despoblación. Su barrio de grandes edificios, conocido como “el Nueva York del Priorat”, carece prácticamente de vida. En el siglo XIX debió de alojar a numerosas familias de jornaleros. Solo encontramos abierto un pequeño establecimiento que hacía de bar, panadería, estanco, tienda de comestibles e incluso punto para “echar” la quiniela. Nos contaron que a partir de la primavera llega el turismo rural, devolviendo algo de vida a este precioso rincón situado a los pies de la sierra de Montsant, atravesado por un pequeño riachuelo que desemboca en el río Montsant. La Vilella Baixa se aferra a la tierra para sobrevivir, igual que las viñas del Priorat lo hacen para ofrecer sus mejores vinos.

Vilella Baixa, barrio de New York.

Después visitamos Porrera, comprobando que representaba el extremo opuesto. En los años 90 apostaron por el mercado más exclusivo, y hoy más de 20 bodegas se preparan para recibir al turismo internacional, atraído por algunos de los vinos más inaccesibles para el común de los mortales. Al entrar en el pueblo, tuve incluso la sensación de estar en algún rincón del sur de Francia, con su elegante nostalgia.

Entrada a Porrera, la localidad más cercana a la costa. Apuesta por su turismo
Cualquier rincón de Porrera.

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