
La batalla del Ebro fue el enfrentamiento más largo, cruento y decisivo de la Guerra Civil española. Esta ofensiva tuvo lugar en un escenario muy duro, en un terreno abrupto y con condiciones climáticas extremas. Entre estos espacios destacó la sierra de Pàndols, una cadena montañosa estratégica que se convirtió en uno de los principales focos de resistencia republicana, con un papel relevante del batallón Lincoln, integrado por voluntarios estadounidenses de las Brigadas Internacionales. Su intervención simboliza el compromiso democrático de miles de combatientes extranjeros que acudieron a España para luchar contra el fascismo.
Para acercarse al conocimiento del batallón Lincoln es un buen ejercicio leer esta web: albavolunteer.org. A mí me ha servido para conocer mejor su devenir en la batalla del Ebro y acercarme mínimamente a la visión que tuvieron ellos de la guerra.
Son muchos los momentos descritos; a mí me ha impactado este, que personifica el terror que debieron sentir en lo alto de la sierra de Pàndols. Referente a los que escuchaban por primera vez aquel tremendo silbido, y señalaban que no había nada parecido al horror que se sentía con él. Eran los Stuka, conocidos también como Junkers JU-87, de los que hubo diferentes versiones. En España se estrenaron dos: la A y la B. No debió de haber más de una docena, ya que se estaba probando como un prototipo ultrasecreto en manos de experimentados pilotos alemanes.
Debutaron en la batalla de Teruel; luego se desviaron para proteger el avance hacia el Mediterráneo del bando sublevado. Su visión en el aire era inconfundible: alas de gaviota, el tren de aterrizaje fijo y la esvástica en la aleta de cola. Al iniciar el descenso hacia el objetivo activaban sus “sirenas de Jericó”, con el objeto de atemorizar y de convertirse en el referente del control aéreo de los alemanes. En su descenso alcanzaban los 550 km/h, activaban sus dos ametralladoras MG 17 situadas en las alas y, posteriormente, soltaban hasta cuatro bombas de 50 kg. Al salir y estabilizar el avión, todavía se podía rematar al enemigo con la MG 15 situada en cola.
Si los habitantes de ciudades como Londres sentían pavor al escuchar aquel sonido, no quiero imaginar lo que sentían los soldados que defendieron la democracia en las sierras de Pàndols o Cavalls, escondidos en resaltes pétreos o en precarias trincheras cubiertas con unas simples ramas.

Rumbo a la sierra de Pàndols
Aquella noche de principios de enero la habíamos pasado en las afueras de la localidad de Xerta, al lado del río Ebro, un destino muy apetecible con la autocaravana. Estuvo toda la noche soplando un frío viento del norte; aquella era buena señal, a ver si por fin salía un buen día para caminar por la montaña. No recuerdo un mes de enero más lluvioso.

Al llegar al área recreativa de la Fonteta nos sorprendió la gran cantidad de coches todoterreno que había. Casualidades del destino, algunos estaban limpiando y preparando sus escopetas. «Vaya, me van a hacer una recreación», pensé. Evidentemente estaban preparando una batida de caza. Estuve incluso a punto de darme la vuelta, pero tenía muchas ganas de subir a Pàndols. Me dirigí a uno de ellos y, tras explicarles la ruta que quería hacer, me tranquilizó: la batida la iban a realizar rumbo a la Fontcalda, curiosamente por el recorrido que hicieron numerosas veces las tropas del bando sublevado para desalojar a los republicanos de la sierra de Pàndols.
El ascenso hasta la cresta de la sierra es duro. El camino ya está muy desdibujado y, en muchos tramos, la vegetación de encinas y pinos se ha tragado la senda. Las señalizaciones blanca y amarilla muestran que hace tiempo que no han sido repasadas. Por si no fuera suficiente, el desnivel es importante y, en algunos trozos, tienes incluso pequeñas trepadas. El sol empezaba levemente a calentar; se agradecía, gracias a que el viento se había convertido en una brisa del norte. Pero el viento del norte ofrece unas vistas espectaculares. Poco antes de culminar la subida nos giramos. Abajo, la localidad de Pinell de Brai, punto de escape de las tropas republicanas; al fondo, la vista llega hasta los Pirineos y su espectacular manto de nieve, a más de 150 km.
Al llegar arriba empezamos a recorrer la cresta en sentido sur. Pronto llegamos al primer destino, la cota 666. Reconozco que se me puso un nudo en la garganta por los cientos o miles de hombres que murieron por defender o conquistar aquella roca. Hoy la cota está presidida por la bandera republicana, para hacer constar que los valores democráticos hay que preservarlos siempre. Junto a ella, una placa en recuerdo al batallón Lincoln. Años después, Bill Wheeler, integrante de aquel batallón, describía así su llegada a la cota en cuestión:
Cansados, sedientos y hambrientos, avanzamos hacia la colina 666; altura rocosa, completamente desprovista de vegetación debido a los repetidos bombardeos; no había suficiente tierra para cavar trincheras, los parapetos eran rocas amontonadas que aumentaban el peligro cuando eran alcanzados por proyectiles de artillería.

El batallón Lincoln en el Ebro
En enero de 1937 se hace una llamada internacional en defensa de la democracia en España. Los ecos llegan a EE. UU., donde se forman dos batallones: el George Washington y nuestro protagonista, el batallón Lincoln. Los voluntarios norteamericanos de este último batallón se distribuyeron en tres compañías: dos de infantería y una de ametralladoras. Las cifras del batallón varían según las fuentes: 3015 según el Gobierno de España, unos 2800 según la fundación de veteranos del batallón Lincoln. Aunque había combatientes de diferentes nacionalidades, ellos se sentían más cómodos como norteamericanos. La mayoría provenía del Partido Comunista y de organizaciones sindicales obreras.

El batallón entró por Figueres a finales de febrero de 1937 para, posteriormente, ser instruido en Albacete. Participaron en diversas batallas: Jarama, Brunete, Belchite o Teruel. En esta última desanduvieron un camino que, en la batalla del Ebro, volvieron a intentar reconquistar. Las numerosas pérdidas en estas batallas llevaron a la reunificación de los dos batallones norteamericanos, aunque se siguió conociendo como batallón Lincoln. Tras un tiempo en la retaguardia para recomponerse, el batallón fue llamado a su última batalla.
El traspaso del Ebro llevaba unos días preparado. La noche elegida fue el 25 de julio de 1938. El batallón Lincoln, como integrante de la XV Brigada, tenía que pasar por el norte de Ascó. Lenny Lamb encabeza el primer bote, se pone de pie e imita a George Washington cruzando el Delaware en su lucha por liberar a EE. UU. de su metrópoli británica, una alegoría muy acertada. Esa misma noche toman dirección hacia Corbera y Gandesa, la joya de la corona. Su conquista abría las puertas a los republicanos para cortar las líneas de suministro del bando sublevado en dirección a Valencia. Al mediodía del 26, el batallón Lincoln desciende desde la sierra de Cavalls directo a Gandesa. Se combate cara a cara, sin trincheras; incluso algunos miembros llegan al edificio de la cooperativa, aunque rápidamente son rechazados. Fue lo más lejos que llegaron, y solo habían pasado unas horas del asalto.
Mientras, por el sur, la X Brigada traspasa por Benifallet, pasa por el Pinell de Brai y, antes del anochecer, ya controlaba, casi sin oposición, la sierra de Pàndols. A medianoche colocan la bandera republicana en la cota 705, la más alta de la sierra. A la mañana siguiente divisaban el largo recorrido que les quedaba frente a ellos: el camino hacia el Levante.
Entre la cota 666 y la 705 hay poco más de media hora; además, el camino es mucho mejor, ya que unos metros después de abandonar la primera cota surge una pista que te dirige a la otra. Hoy día está convertida en el recuerdo de lo que nunca debió suceder. Ciertamente, asomado a sus balcones, las vistas son espectaculares.


Una batalla de intereses políticos
Volviendo a la contienda, aquel rápido avance sorprendió al bando sublevado. Mientras, y a pesar de algunos fallos, los republicanos celebraban su éxito. Rojo se vanagloriaba de que, en solo unas horas, estaba rodeada Gandesa y se controlaban las sierras circundantes. Ahora faltaban líneas de suministro y defensa aérea; en los siguientes días llegarían a cuentagotas. Ciertamente, las líneas se mantuvieron constantes durante muchos días: la sangría estaba en marcha.
Al frente llegaban refuerzos fascistas desde diversos lugares: legionarios, moros y experimentados requetés carlistas, junto a un ingente material bélico. Es curioso cómo, para la ultraderecha, había extranjeros de primera y de segunda. Una de las más experimentadas divisiones, la I de Navarra, llegó comandada por el coronel Rodrigo, aunque maniobrará con su segundo al mando: Mohamed el Mizzian, un moro al frente de un batallón de integristas ultracatólicos.
Solo dos días después del inicio de la ofensiva republicana, Franco sabía que no iban a pasar de Gandesa. Llegó a la zona el 2 de agosto y se puso al frente de la contraofensiva. Sus principales colaboradores le aconsejaban atacar por la retaguardia, tomando Barcelona desde Lérida y distribuyendo su ejército por Cataluña; cortar los suministros del ejército republicano del Ebro y solo esperar a su ineludible rendición. Franco se quitó su disfraz militar y se puso el de cruel político. Tenía miedo a la intervención francesa en apoyo a la República; su cercanía a la frontera la podría precipitar. Pero, para él, había algo más importante: una victoria por rendición podía dejar Cataluña llena de soldados enemigos. El choque de trenes frente a frente en la batalla del Ebro iba a propiciar el exterminio del rival. Un mes después de la llegada de Franco, el ejército sublevado había reconquistado, a lo sumo, unos 3 km.
Al otro lado, los políticos republicanos tampoco eran muy benevolentes con sus tropas. Era más que evidente que ya no iban a conseguir traspasar la línea defensiva de los sublevados. La República se desquebrajaba políticamente. Los socialistas o el presidente Azaña fomentaban la rendición pactada y la entrega de armas. Pero Negrín tenía el mando y soñaba con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial: si se producía, Reino Unido y Francia ayudarían a la República para quitarse un enemigo al sur. Qué equivocado estaba Negrín. En su mente solo cabía la resistencia: esconder debajo de las piedras a sus soldados si hacía falta y esperar el acontecimiento exterior. Las sierras de la Fatarella, Cavalls y Pàndols se convirtieron en la ratonera de muerte para miles de combatientes de ambos bandos.

El batallón Lincoln en la cota 666
Tras la pérdida, a mediados de agosto, de la cota 705 por parte de los republicanos, la cota 666 se convirtió en el centro de resistencia. Esta última había días en que se levantaba con la bandera republicana y se acostaba bajo las alas del águila; al día siguiente, lo contrario. Los batallones republicanos eran cambiados cuando se podía, muertos de hambre y sed; luego eran transportados al cuartel cercano a la Fatarella para recuperarse de las heridas, lavarse, desparasitar sus ropas y volver al tajo. Muchos integrantes del batallón Lincoln recuerdan su paso por el infierno de la cota 666.
Años después, Harry Fisher recordaba su paso por la cota. Él y Marty Sullivan se habían conocido hacía poco, convirtiéndose en compañeros del grupo de comunicación. Aquel día la cota había sido bombardeada durante horas, la comunicación se había perdido y era imprescindible recuperarla. Sullivan, con el carrete de cable en la espalda, dijo a su amigo que no hacía falta arriesgar la vida de los dos. El sonido de las balas era constante y cada minuto caía una nueva bomba. No había recorrido ni diez metros cuando cayó una nueva bomba. Sullivan desapareció en la gran nube de polvo que se levantó. Fisher corrió rápidamente y pudo levantar a su compañero. Ambos corrieron hacia la cima. Al llegar a aquel lugar apestaba a muerte y destrucción; incluso todas las rocas se habían vuelto negras. La misión salió bien, la comunicación se recuperó y, desde entonces, se volvieron inseparables.


Pero en la cota 666 se quedaron los mejores. George Kaye recordaba a uno de los grandes: Joe Bianca, que en los años precedentes se había convertido en un sindicalista que luchaba por el derecho de los marineros norteamericanos. En agosto del 37 abandonó los barcos para dirigirse a España a luchar por sus ideales. Joe Bianca ejercía de comunista, siempre reivindicando para sus compañeros. Según Kaye, era imposible estar en tantos sitios a la vez: colocaba cañones y se giraba para coger los mandos de la ametralladora antiaérea. Hasta el 19 de agosto, cuando una bomba, en lo alto de la cota, lo destrozó.
Al principio señalaba las palabras de Bill Wheeler al llegar a la cota 666. Allí también se quedó su amigo Dave Lipton. Se conocían desde el mismo momento en que embarcaron rumbo a España. La noche antes de atravesar el Ebro, Dave entregó una carta escrita en yidis a su amigo Bill; si le pasaba algo, se la tenía que hacer llegar a su hermano. Antes de embarcarse para cruzar el río se la volvió a pedir y la rompió en mil pedazos. Bill pensó que su amigo era muy supersticioso. Aquel día, en la cota 666, se acabaron las granadas y Dave, junto a otros compañeros, descendió a recoger más al puesto de mando. Ida y vuelta en pocas horas, con un calor sofocante, casi sin agua: es difícil imaginar la resistencia física de estos soldados. Al llegar arriba se dirigió a ver a su amigo. Bill solo pudo gritarle que se agachara. Inútilmente, la bala de un francotirador le reventó la cabeza.
Retirada del batallón Lincoln
El 21 de septiembre, Negrín se presenta en Ginebra para dar el discurso delante de la Sociedad de Naciones. Está atrapado. Solo hay una cosa en su mano para convencer a ingleses y franceses de su imprescindible ayuda: retirar las Brigadas Internacionales para cumplir con su parte del pacto de No Intervención. Exigió que el bando sublevado hiciera lo propio. A Franco poco le importaba retirar 10.000 hombres, en este caso italianos; al no hallarse en el frente, ya no los necesitaba. Pero parecía muy evidente que Chamberlain, de rodillas ante Hitler, no iba a intervenir en la ayuda. El problema era Checoslovaquia y la constante expansión nazi.

Dos días después comienza la retirada de las Brigadas Internacionales. Se hizo de forma escalonada, esperando el reemplazo desde otros frentes. Pero no se fueron todos. Los alemanes, polacos o checos ya no tenían país; preferían morir en España por una causa justa. Mientras muchos de sus compañeros se preguntaban por qué se tenían que ir si la guerra no estaba todavía ganada.
Alvah Bessie, integrante del batallón Lincoln desde su posición de periodista de Volunteer for Liberty, publicación de los brigadistas anglófonos, nos narra las diferentes despedidas mientras se solucionaba el papeleo para su vuelta a EE. UU. El teniente coronel Juan Modesto, al frente del bando republicano durante la batalla del Ebro, los despidió junto a la entrada del túnel del Pradell. Días después, el 25 de octubre, despedida oficial delante de todos los dirigentes republicanos en la zona de entrada del monasterio de Poblet. Estaban Negrín, Rojo, un emocionado Juan Modesto y un cámara de lujo, Robert Capa. La última fue en Barcelona, el 28 de octubre, a las 4 de la tarde. El pueblo, unas 200.000 personas, aplaude y da las gracias en su desfile por la Diagonal barcelonesa. Los que se iban fueron los últimos combatientes ideológicos, gente de todo el mundo en contra de la ola fascista que recorría Europa. Vigilemos: hoy no solo recorre Europa, sino el mundo entero.
Fuentes:
Martínez Reverte J. (2006). La batalla del Ebro. Barcelona: Crítica.
- El batallón Lincoln en la batalla del Ebro.

- Solón, el griego que sentó las bases de la democracia.

- Pla de Petracos, santuario de los primeros agricultores.

- Bobastro, la inexpugnable ciudad de Umar ben Hafsún

- Neolítico, posible origen de las diferencias sociales.

- Como envejecer dignamente en la Antigua Roma
