
La llamada escuela de navegantes de Sagres ocupa un lugar legendario en la historia de los descubrimientos marítimos, a pesar de estar envuelta en un profundo debate historiográfico. Tradicionalmente se ha vinculado su creación a la figura de Enrique el Navegante, impulsor del avance náutico portugués durante el siglo XV. Aunque no existen pruebas concluyentes de que funcionara como una institución formal, se considera un símbolo del espíritu explorador que marcó el inicio de la expansión atlántica europea.
Sagres, situada en el extremo suroccidental de la península ibérica, ofrecía una posición geográfica estratégica, abierta al océano Atlántico y cercana a las rutas marítimas africanas. Su localización, azotada por vientos y corrientes oceánicas, la convertía en un observatorio natural para el estudio del mar. Así, Sagres representa el punto de encuentro entre la geografía, la ciencia náutica y el impulso explorador portugués. La leyenda de esta escuela continúa alimentando el imaginario colectivo sobre los orígenes de la Era de los Descubrimientos.
Cuando llegamos al aparcamiento de la fortaleza de Sagres ya era de noche. La mortecina iluminación de las diseminadas farolas corroboraba el envoltorio místico del lugar. Las rachas de viento convertían en horizontal la fina lluvia que caía. Había sitio de sobra para dormir aquella noche; son las ventajas de viajar en temporada baja. A pesar de las prohibiciones veraniegas, las autoridades suelen mirar para otro lado en aquellos meses en los que no se encuentran atiborradas las impresionantes playas del lugar.

Desde que preparé el viaje al Algarve, en el mapa había una inamovible cruz. Había llegado a ella. Sagres es uno de esos puntos neurálgicos del misticismo geográfico. No es ni el punto más meridional ni el punto más occidental del continente, pero sus impresionantes acantilados fueron testigos del paso de los más atrevidos navegantes de la historia, que, tras abandonar la calma mediterránea, traspasaban un punto de difícil retorno. Sin descartar aventuras anteriores, fenicios y griegos fueron aventajados alumnos de los épicos viajes marítimos, pasando por allí rumbo a las anónimas islas Casitérides.
Antes de dormir, acompañado por los destellos sincronizados del faro, repasé algunos de los artículos con los que me había documentado sobre aquel lugar. Recuerdo mi sonrisa interna: si yo tuviera que buscar un lugar para inventarme una historia así, también la colocaría en ese sitio.

El infante Enrique “el Navegante”
Detrás de toda esta historia está un curioso y controvertido personaje: el infante Dom Henrique. Tercer hijo de Juan I de Portugal, primer rey de la dinastía Avis y uno de los más longevos monarcas europeos de la Edad Media —su reinado abarcó casi medio siglo, entre 1385 y 1433—, Enrique nació en 1394. Aparte de su visión como promotor de la navegación, la historiografía destaca su marcado carácter religioso, su fidelidad al cristianismo y una singular vida dedicada al celibato.

En 1415 impulsó el ataque portugués sobre Ceuta, reverberando las antiguas cruzadas cristianas contra los musulmanes. Aprovechando las horas más bajas de la Dinastía Meriní, tomó la ciudad en un solo día. Detrás de la conquista ceutí estaba la posibilidad de controlar las rutas caravaneras que llegaban desde el sur del desierto del Sahara rumbo a los reinos cristianos europeos. Tras las conquistas de Enrique encontramos la apuesta de la casa real portuguesa y los poderosos resortes del papado romano. En 1420, una bula papal de Martín V proclamaba al infante administrador de la Orden de Cristo, una orden heredera de los extintos caballeros templarios.
Pero las decepciones también llegaron. Ceuta pronto perdió su privilegiado lugar como receptora africana de las rutas caravaneras, que fueron desviadas hacia la emergente ciudad de Tánger. La toma de la actual capital marroquí acabó en numerosos fracasos de los navíos portugueses, que pronto desviaron su atención hacia el descenso costero por el Atlántico. Allí también intentaron la conquista de las islas Canarias, bien defendidas por indígenas guanches y por las tropas castellanas. Para controlar las riquezas centroafricanas solo quedaba una oportunidad: acceder a ellas directamente. El infante Enrique las había conocido de primera mano durante una visita suya en 1424 a El Cairo, donde coincidió con el portentoso séquito cubierto de oro de Mansa Musa I, gobernante del Imperio malí.
Había que traspasar el cabo Bojador. Las historias narraban que nadie había vuelto más allá de él, entre interminables tormentas e inimaginables monstruos marinos. Sin embargo, el problema era fundamentalmente geográfico. Los fuertes vientos dominantes impedían el retorno a cabotaje, y se necesitaban nuevas rutas y navíos mejor preparados. Es en este punto donde comienza a fraguarse uno de los grandes mitos de la historiografía portuguesa: la escuela de navegantes de Sagres.
Es cierto que, tras numerosos fracasos, en 1434 se consiguió por primera vez volver desde el sur del cabo africano. Gil Eanes, uno de los navegantes de Enrique, logró traspasarlo y regresar. Las fuentes no son claras; posiblemente se alejó lo suficiente para evitar los fuertes vientos omnipresentes en la zona del cabo y se encontró con aguas más plácidas en el interior del Atlántico. Lo evidente es que el éxito contribuyó, junto al acceso a grandes financiaciones de banqueros italianos, al nacimiento de un navío determinante en la historiografía mundial: la carabela. Un barco de buen tamaño para el transporte comercial, con escaso calado para mejorar la maniobrabilidad y con la adopción de unas nuevas velas denominadas latinas. A pesar de su nombre, se trataba de una adaptación cristiana de una vela musulmana utilizada por barcos árabes en el Océano Índico.
Desde ese momento, a Lisboa comenzaron a llegar ingentes cantidades de oro, productos exóticos y esclavos exhibidos en las plazas públicas para su venta, transportados en barcos donde lucía la cruz roja de los templarios. El Papa nombró al infante Enrique como el verdadero soldado de Cristo. Portugal ya tenía su héroe particular. La historiografía lusa encontró un enorme filón donde explorar entre inexistentes fuentes o fuentes supeditadas al secretismo de los avances científicos de la navegación portuguesa, elevándolo a emblema nacional.
La mítica escuela de navegantes de Sagres
El cronista oficial del reino de Portugal en tiempos del infante Enrique fue Gomes Eanes de Zurara. Su bibliografía se basa en las conquistas lusas de Ceuta o Gambia, enalteciendo, como buen historiador representante del primer Renacimiento, la figura heroica del infante portugués. Sobre las construcciones de aquel lugar que yo iba a visitar al día siguiente, relataba la construcción de un poblado para dar cobijo a navegantes y mercaderes que pasaban por el cabo, o a aquellos que trabajaban a las órdenes del infante. No hay más detalles, solo el inicio de las obras tras la concesión de los territorios del cabo de San Vicente por parte del duque regente Pedro de Portugal en 1443. A la muerte de Enrique, el lugar se conocía como Vila do Infante.

Sucesores historiadores presentan la figura misteriosa y confusa de un cartógrafo balear, Jacome de Mallorca. Las fuentes tampoco son claras, pero se supone que tuvieron contacto desde 1420, después de convertirse Enrique en administrador de la Orden de Cristo. Lo que sí relata Gomes Eanes es la instalación del infante en el lugar durante sus últimos años de vida. Su casa fue visitada por nobles, comerciantes y expertos navegantes, y desde allí se promocionó la conquista atlántica. Pero nada de una escuela de navegantes.
Aunque el mito fue creciendo exponencialmente. Dos siglos después de la muerte de Enrique, ya en pleno siglo XVII, se habla por primera vez de la escuela. Además, se consagra al infante en los círculos más cultos de Lisboa como especialista en matemáticas y el más destacado astrónomo portugués de la Edad Media.
Y llegamos al siglo XIX. Nacen los nacionalismos y el romanticismo recorre Europa. Los países buscan su identidad para influir en un nuevo mundo presidido por aires imperialistas. Había que buscar los orígenes nacionales, enaltecer épocas y personajes. Para historiadores, escritores y políticos lusos fue fácil encontrar el esplendor de su nación en la época de los descubrimientos. Todos se pusieron de acuerdo, desde el católico y conservador Fortunato de Almeida hasta el socialista Oliveira Martins, para encumbrar a Enrique, ahora apodado “el Navegante”, y narrar la instalación de la impresionante escuela de navegantes.
Daba igual que no hubiera ninguna fuente primaria ni restos arqueológicos que lo confirmaran. De un mallorquín que estuvo al servicio del infante se pasó a múltiples expertos en navegación llegados de todos los rincones del mundo para investigar e instruir a los mejores marineros conocidos. Enrique “el Navegante” se convirtió en un visionario, mirando las estrellas y transformado en gran astrónomo, halló el camino al Atlántico sur. Ya no se narraban las múltiples expediciones que acabaron en fracaso.
A la muerte de Enrique “el Navegante” en 1460, en su pequeña ciudad del promontorio del cabo de Sagres, los historiadores románticos del siglo XIX afirmaban que existían dos iglesias, un astillero, un arsenal, la escuela de navegantes y una gran biblioteca. Dichos historiadores encontraron incluso un culpable para la ausencia de restos arqueológicos: el gran terremoto de Portugal de 1755.
Los mitos se eternizan
La historiografía del siglo XX ha cargado duramente contra sus predecesores. J. Tomé da Silva escribió una obra para tratar la propia construcción del mito, demostrando la inexistencia total de fuentes primarias y restos arqueológicos. Las líneas de su obra inciden en que una construcción de este tipo desacredita a la propia historiografía lusa. Otros historiadores, como Duarte Leite, intentaron borrar la “gran mentira” construida en torno al infante Enrique: ni tuvo una gran biblioteca ni existe ninguna obra suya como gran experto en astronomía medieval.
Ciertamente, si hubiera existido una escuela de tal magnitud, ¿por qué los navegantes, en tiempos del infante Enrique, seguían utilizando las mismas técnicas e instrumentos que el resto de los vecinos europeos? Desde Portugal se navegaba en el siglo XV con brújulas, cartas de navegación catalanas, flamencas o genovesas, y se mantenía el rumbo leyendo la posición del sol y las estrellas.
Pero cuando se crea un mito es difícil derrumbarlo. Al día siguiente, al entrar en la fortaleza de Sagres, lo pude comprobar. Tras traspasar y pasear por el baluarte defensivo reconstruido a finales del siglo XVIII sobre el trazado original del siglo XVI, se accede al lugar donde Enrique “el Navegante” debió ubicar su villa, su impresionante escuela de navegantes y su notable biblioteca. Resulta llamativo que el equipo encargado de la musealización del espacio todavía siga intentando reproducir una más que dudosa verdad.



A la derecha del gran espacio que se abre tras el baluarte hay una gran rosa de los vientos. Según la cartelería, fue descubierta y desenterrada en 1919 y era la gran rosa de los vientos de la escuela de navegantes. Curiosamente, el gran maremoto de 1755, que hizo pasar olas por encima del cabo de Sagres, borró todos los restos arqueológicos de la villa, la biblioteca y la escuela, pero perdonó las hileras de piedras superpuestas sobre el terreno de la gran rosa de los vientos.
En el lado derecho de un edificio de reciente construcción destinado a un museo que no pude visitar aquel día, se ha efectuado una reconstrucción de una torre defensiva con una cisterna en el centro, hallada en algunos dibujos de los tiempos de Enrique “el Navegante”. En la parte izquierda hay una pequeña iglesia reconstruida también tras el gran maremoto, en este caso sobre los cimientos dejados por la iglesia del siglo XVI. Curiosamente, en la cartelería también indican que previamente allí se encontraba la que había construido Enrique “el Navegante”: el maremoto se llevó los cimientos del siglo XV y perdonó los del siglo XVI.
De mis palabras podría deducirse un alto grado de decepción, pero no es así. Sagres y su fortaleza tienen la grandeza de los lugares que imantan al visitante simplemente por su ubicación. Son espacios a los que solo puedes volver. Me gustan las imágenes costumbristas: decenas de pescadores del pueblo de Sagres lanzan sus cañas hacia la inmensidad del océano que rodea aquel cabo. Son gente del pueblo que ama aquel lugar. “Aquí venimos en otoño y primavera; en verano lo dejamos para los visitantes”, me comentaba uno de ellos. “Desde aquí se pueden ver incluso los bancos de peces, los delfines y las ballenas que se adentran en el gran océano”, me decía otro.
La visita se completa con un laberinto que te acerca hacia uno de los bufones del cabo de Sagres y un minúsculo faro construido en el siglo XX que, la noche anterior, mitificaba la visión de aquel lugar un poco más. Pero no, al menos en Sagres, no hubo una gran escuela de navegantes.
Fuentes:
Tomé Da Silva, J. (1914). A lenda de Sagres. Digitalizada en 2010, Universidad de Toronto.
Roca-Bruzzo P. (2019). La escuela de Sagres: la construcción de un mito historiográfico. Nuevas de Indias. Anuario del CEAC, IV (2019), pp. 81-111.
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