No es ningún secreto que una gran parte de la población española y europea cercana a la jubilación vive con la preocupación de qué va a pasar con su prestación por jubilación. Hoy en día, casi 10 millones de españoles tienen más de 65 años, y el baby boom está a las puertas de entrar en esa edad. La esperanza de vida es la más alta de Europa (86 años en las mujeres y 81 en los hombres). Hoy, con 60 años, si la salud te respeta, tu vida está llena de proyectos e ilusiones; con 80 años empezamos a decir “pues no era tan mayor para morir”, y conocer personas con más de 100 años está empezando a dejar de ser anecdótico.

Lo relatado en el punto anterior son inputs que nos van entrando en la cabeza, necesarios para la inspiración de quienes disfrutamos divulgando historia. Después buscamos información, planteamos el artículo y nos ponemos a escribir. Resulta realmente curioso confrontar el envejecimiento actual con el de la Antigua Roma. Valga para comenzar que en ambas épocas existían diferentes formas de afrontar esta etapa de la vida, determinadas por un aspecto principal: el estatus social. Aunque con una diferencia fundamental: en la Antigua Roma, independientemente de su posición económica, todos compartían un título que, de alguna forma, los equiparaba jurídicamente en el contexto familiar: eran el pater familias.


La esperanza de vida en la Antigua Roma

La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿a qué edad se consideraban ancianos? Para intentar encontrar una respuesta y extrapolarla a la actualidad, resulta interesante conocer la esperanza de vida en la Antigua Roma y compararla con la nuestra. Recordemos los datos iniciales: en España hay casi 10 millones de personas mayores de 65 años, un 20 % de la población, y cerca de 3 millones superan los 80 años, más del 6 %.

Dicho esto, conviene señalar que en la Antigua Roma los datos no son tan fiables, ni contamos con tablas de población como las actuales. Aun así, la lectura de los escritores clásicos y los estudios epigráficos de las estelas funerarias han permitido realizar algunos análisis al respecto. Según las estelas funerarias romanas de la zona de Tarquinia, al norte de Roma, entre los años 200 y 50 a. n. e., es decir, en la fase final de la República romana, la esperanza de vida era de 41 años para los hombres y 40 para las mujeres.

Mucho más interesantes, aunque no permitan calcular con exactitud la esperanza de vida, son los datos publicados por la Academia de Berlín en el siglo XIX, tras el estudio de cerca de 25.000 estelas funerarias repartidas por todo el Imperio romano:

De estos datos se pueden extraer algunas conclusiones. Lo primero, y significativo, es que hablamos de la edad en el momento de la muerte, es decir, del día en que fueron enterrados o incinerados. No podemos extrapolar directamente los porcentajes, ya que muchos romanos se quedaron sin estela funeraria, algo casi exclusivo de las élites, que con toda seguridad disfrutaban de una mayor esperanza de vida. Aun así, algunos datos resultan reveladores.

Es evidente que los valores del norte de África pueden parecer exagerados; según el estudio, podrían haber sido redondeados. Aun así, cabe pensar que la esperanza de vida en esas provincias era más similar a la actual que a la de la capital de Roma. En esta última, y aun sin datos plenamente fiables, podemos suponer que se situaría en torno a los 40 años. En una posición intermedia encontramos la Hispania romana, donde, según los autores del estudio, una mayor longevidad en las áreas rurales podría explicar estos resultados.

No podemos concluir este apartado sin señalar que, durante el periodo romano, al contrario que hoy, los hombres vivían más que las mujeres. La explicación parece evidente: la elevada mortalidad femenina durante el parto, que compensaba, en cierta medida, la muerte prematura de muchos soldados romanos.


Pater familias: el poder de los ancianos en la Antigua Roma

Dentro de la cultura romana, desde sus orígenes, la figura del pater familias concedía un poder especial a los ancianos en el ámbito privado. El derecho romano les otorgaba la condición de sui iuris, es decir, “de propio derecho”, mientras que el resto de la unidad familiar quedaba como alieni iuris, personas sometidas al poder familiar.

De este modo, la figura masculina ganaba poder con la edad, y al llegar a anciano quedaban bajo su autoridad su esposa, hijos y nietos. Un pater familias podía expulsar de casa a sus descendientes, venderlos como esclavos e incluso abandonarlos al nacer sin incurrir en delito. Además, aportando ciertas pruebas —a menudo escuetas—, podía condenar a muerte a cualquier miembro de su familia. No es de extrañar que algunos desearan la muerte de estos ancianos; este aspecto aparece con frecuencia en las comedias y tragedias representadas en los teatros romanos.

La figura del Pater familias no dependía del nivel económico su posición jurídica lo identificaba, imagen creada con IA (Copilot)

Las mujeres ancianas, por el contrario, carecían de este poder. Sin embargo, no es difícil comprender que poseían otro tipo de influencia, derivada de su igualdad jurídica con el resto de los miembros sometidos al pater familias. Nietos e hijos veían en ellas una figura clave para el equilibrio familiar, pues compartían los mismos problemas frente a la autoridad masculina, pero contaban con una experiencia a la que los demás acudían en busca de consejo. El principal problema surgía al enviudar, ya que quedaban sin el paraguas protector del varón.

Como ocurrió con otras tradiciones romanas, la figura del pater familias fue perdiendo poder progresivamente durante el periodo imperial. Con el paso del tiempo se reguló esta institución, de modo que en el siglo II ya podía ser denunciada por abusos de autoridad. Las leyes comenzaron a legislar la institución familiar, y decisiones como la vida, la muerte o la venta de los hijos quedaron sujetas a la legalidad. El poder perdió su carácter público y quedó reducido al ámbito privado. En definitiva, la autoridad de los ancianos pasó a ser moral, pero la ley dejó de amparar su ejercicio.


Los ancianos y la política de Roma

A grandes rasgos, la autoridad de los ancianos en la política romana fue decayendo al mismo ritmo que en el seno de la familia.

Si nos remontamos a los orígenes de Roma, encontramos la institución del Senado, compuesto inicialmente por 30 senadores, todos ellos patres familias, de donde procede el término patricii. Durante la República romana, los ancianos gozaron de un enorme poder, ya que el Senado, aunque formalmente consultivo, estaba integrado por hombres con amplia experiencia en las magistraturas, requisito indispensable para acceder a él.

Recreación de la imagen de Catón el viejo con IA (Copilot)

Los senadores eran los ancianos más reputados de Roma y ejercían una influencia decisiva sobre las decisiones de los magistrados. Desde cónsules hasta tribunos se dejaban guiar por sus propuestas. Son numerosos los ejemplos de ancianos destacados, como Catón el Viejo, que tras ocupar todas las magistraturas posibles mantuvo hasta su muerte, a los 85 años, una firme dirección de los asuntos senatoriales. O Fabio Máximo, que con más de 60 años y con Aníbal a las puertas de Roma fue nombrado dictador. Con sabiduría y templanza evitó el enfrentamiento directo con los cartagineses, una estrategia que, aunque le valió acusaciones de cobardía, permitió a Roma sobrevivir a uno de los momentos más críticos de su historia republicana.

Con la llegada del Imperio, el poder de los ancianos disminuyó como grupo social. El Senado pasó a un segundo plano, mientras que el consilium principis, órgano asesor del emperador, se redujo a menos de 50 miembros, de los cuales solo unos 20 eran senadores; el resto procedía del orden ecuestre, con una carrera más rápida.

El poder de los ancianos durante el Imperio fue, en gran medida, individual. Basta fijarse en la figura del emperador: Augusto gobernó hasta los 76 años; Tiberio, hasta los 77; y Galba, nieto de segobrigense, tenía 73 años cuando fue investido. En el siglo II comenzó el declive: Trajano, Adriano o Marco Aurelio murieron poco después de cumplir los 60. A partir del siglo III, ser emperador se convirtió en una profesión de alto riesgo, y la ancianidad dejó de ser sinónimo de poder.

Galba, recreación con IA (Copilot)

Los otros ancianos de Roma

La mayoría de los ancianos romanos no fueron senadores, emperadores ni magistrados. Para conocer su vida cotidiana solo contamos con la literatura, que rara vez los presenta de forma favorable.

Marco Tulio Cicerón, filosofo y senador romano, el mejor orador de Roma. Imagen creada con IA (Copilot)

Juvenal, poeta satírico de finales del siglo I, ofrece una visión especialmente dura de la vejez. Aunque se trata de una sátira personal, su influencia fue enorme, como demuestran expresiones tan conocidas como “pan y circo” o “mente sana en cuerpo sano”:

“Tienen la cara deformada, horrible, y las mejillas colgantes. Les tiembla la voz y todos sus miembros. Están sin pelo, sin dientes, sordos y no son dueños de su cabeza. El que no ha perdido un ojo ha perdido una mano, y a ambos hay que darles de comer. No sirven para nada.”

Más benevolente fue Plinio el Joven, cuya mirada refleja una triste realidad no exenta de melancolía. En sus cartas relata los suicidios de amigos ancianos, a veces acompañados por sus esposas, lo que evidencia una sociedad con escasos miramientos hacia sus mayores. Sin embargo, también nos legó el ideal del anciano romano en la figura de su amigo Spurina, rico, culto y sano:

“Marcha unas tres millas cada mañana, luego recibe a sus amigos y los obsequia con largas conversaciones. Pasea en carruaje con su esposa, se baña si el tiempo lo permite cena acompañado de representaciones teatrales. Tiene 77 años y todos sus sentidos intactos.”

Esta imagen corresponde, sin duda, a las élites. La vida de los ancianos de la plebe apenas aparece reflejada, salvo en escenas aisladas: jugando a los dados en la plaza o sentados en las filas más altas de teatros y anfiteatros.


La salud de los ancianos en Roma

Los médicos romanos dedicaron pocos esfuerzos a mejorar la vejez. Para Aulo Cornelio Celso, los ancianos padecían enfermedades crónicas como reuma, problemas urinarios, dolores renales, dificultades respiratorias o mala circulación. Sus recomendaciones eran simples: baños calientes, vino sin rebajar y, para la vista cansada, frotarse los ojos con miel.

El único médico que reflexionó de forma sistemática sobre la vejez fue Galeno de Pérgamo, con una explicación hoy llamativa:

“El cuerpo es una mezcla de sangre y semen; al envejecer pierde vigor y se deshidrata. Cuando los huesos se secan, dejan de crecer; los vasos se expanden y el cuerpo se debilita. Nadie puede librarse de este proceso natural, y sus achaques no necesitan tratamiento.”

Para concluir, conviene recordar la visión romana de la muerte, que ayuda a entender por qué los ancianos quizá no la temían en exceso. Cicerón escribió con 62 años:

“La vejez significa la cercanía de la muerte. ¿Morir? O no hay nada después, y no hay que temerla, o es la puerta a la vida eterna, y hay que desearla.”

Y Catón el Viejo, muerto a los 85 años, afirmaba:

“La muerte afecta más a los jóvenes que a los viejos; la prueba es que muy pocos alcanzan la vejez.”


Fuentes:

Minois, G. (1989). Historia de la Vejez, de la Antigüedad al Renacimiento. Madrid, Ed. Nerea.

Cicerón M. T. (44 a. n. e.). De Senectute.


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