Hace unos días conmemorábamos el 50 aniversario del inicio del regreso a la senda democrática en España, aquella democracia que fue arrebatada por un golpe de Estado y una terrible Guerra Civil entre 1936 y 1939. En un balance muy general de estas últimas cinco décadas, España ha hecho los deberes. Lo que parecía muy difícil de conseguir —mirar cara a cara a las otras democracias occidentales— se ha hecho realidad. Hoy el país no envidia la forma de vida ni el nivel de países como Francia, Alemania, Italia o el Reino Unido. La alternancia política ha sido positiva, a pesar de los grandísimos errores cometidos por los dos principales partidos políticos.

Sin embargo, hay un debate político que nunca se ha cerrado ni abordado con realismo: ¿monarquía o república? En los primeros años, el debate fue rápidamente sellado. Tras un golpe de Estado más propagandístico que real, Juan Carlos I salió reforzado y los ecos de un posible referéndum se aplacaron. Tras la crisis de 2008 volvió a emerger con fuerza la necesidad de ese referéndum; la vida disoluta y la corrupción desmedida del rey fueron la causa. Acorralado, en 2014 abdicó en su hijo, Felipe VI. Ha costado mucho limpiar la imagen de la Corona, pero la labor política, prudente y sumisa a la Constitución, del nuevo monarca ha contribuido a alejar de nuevo el debate. Además, en los últimos años se nos ha presentado una futura reina joven, moderna y preparada, que está atrayendo a una sociedad mayoritariamente moderada. Sí, a pesar del ruido constante, los extremismos en este país siguen siendo minoritarios.

Han pasado más de 200 años desde la finalización del Antiguo Régimen y, de ellos, solo seis años España ha sido republicana, un sistema político que siempre ha estado rodeado de enemigos. Este es el contexto en el que pretendo narrar mi punto de vista sobre una historia muy contada en los últimos años, una historia que posiblemente nunca podamos cerrar.


Los sucesos de Casas Viejas

El sindicato anarcosindicalista CNT nació en Barcelona en 1910, convirtiéndose en uno de los grandes referentes de la lucha obrera de principios del siglo XX y en el principal defensor en España de la colectivización de la economía, una corriente que emanaba de la filosofía marxista del siglo XIX.

En marzo de 1932 se fundó en Casas Viejas, un municipio de unos 2.000 habitantes situado en el interior de la provincia de Cádiz, una delegación de la CNT. Era la prueba de que el anarcosindicalismo había traspasado las fronteras de las ciudades, su hábitat natural, para llegar al mundo rural. En los meses siguientes comenzaron a llegar noticias revolucionarias que calaron en una sociedad de campesinos acostumbrados al hambre y la miseria. Los “cantos de sirena” cenetistas, que prometían acabar con el sistema latifundista en manos de los “señoritos” para convertir las tierras en comunales, representaban una oportunidad que no podían dejar escapar.

A finales del verano llegaron noticias de que la revolución se estaba poniendo en marcha. Las fechas navideñas que daban paso a 1933 fueron agitadas en las delegaciones de la CNT. El 29 de diciembre llegó la orden de que, si cualquier delegación iniciaba la insurrección, el resto la seguiría automáticamente. El 2 de enero se celebró una reunión en Jerez de la Frontera: ya estaba fijada la hora de comienzo, el 8 de enero a las ocho de la tarde. Los planes en la provincia de Cádiz pasaban por tomar las instituciones y, especialmente, el arsenal de San Fernando. Sin embargo, la revolución fue controlada en todo momento por las fuerzas de seguridad del Estado, convirtiéndose en una oleada más de protestas y manifestaciones.

El 10 de enero, las manifestaciones recorrieron de punta a punta la provincia de Cádiz. En ese momento, las órdenes del Comité Nacional de la CNT ya no eran tan claras: había un proceso revolucionario en marcha, pero no era autoría directa del sindicato. No obstante, en Casas Viejas ya estaba todo preparado y no querían dejar pasar su oportunidad. En primer lugar, cortaron las comunicaciones telefónicas y excavaron una zanja en la entrada del pueblo por la carretera que venía de Medina Sidonia. Con el rifle de caza al hombro, los sindicalistas comenzaron a recorrer las calles. Se asaltó el pequeño arsenal del pueblo y se intentó tomar el cuartel de la Guardia Civil; durante el asalto resultaron heridos dos guardias civiles, que posteriormente morirían.

El 11 de enero el pueblo amaneció estupefacto. Un grupo de sindicalistas se dirigió al ayuntamiento para comunicar que se iniciaba un nuevo régimen comunista libertario. Sobre las diez de la mañana llegaron técnicos de Telefónica protegidos por la Guardia Civil para arreglar la línea telefónica; fueron los primeros en conocer de primera mano lo que estaba sucediendo en Casas Viejas. Una vez restablecida la comunicación, comenzaron a llegar refuerzos: a las 14:00 horas una patrulla con doce guardias civiles, y a las 17:00 una patrulla de la Guardia de Asalto acompañada de otros cuatro guardias civiles. Acto seguido se izó la bandera de la República en la oficina de la CNT y comenzaron los interrogatorios y las palizas. Las calles de Casas Viejas quedaron desiertas.

Calles vacías, guardias de asalto paseando por la calles
Registros a los campesinos de Casas Viejas.

Hasta aquí, una historia poco original. Las revueltas sindicales habían sido una constante durante el primer tercio del siglo XX. Una historia que debería haber continuado con algunas detenciones, otras tantas palizas, unos meses de calabozo a pan y agua y la vuelta al trabajo. Pero aquellos hombres y mujeres quedaron solos y abandonados. Como dijo el periodista Ramón J. Sender:

“La CNT es incapaz de coordinar el ímpetu obrero en forma de protesta; la consecuencia, la muerte de gente inocente”.

La vida de aquellas personas quedó en manos de personajes de dudosa calaña. El aviso llegó a Jerez de la Frontera a las nueve de la noche; procedía del director general de Seguridad, Santiago Casares Quiroga, fiel amigo y colaborador del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. El destinatario fue un individuo truculento: Manuel Rojas Feigenspán, enviado dos días antes desde Madrid a la zona gaditana como responsable de la Guardia de Asalto. Rojas llegó a Casas Viejas antes de la medianoche al frente de cuarenta guardias de asalto más. A partir de aquí comenzó el horror.

Manuel Rojas fue informado de que la tarde había sido complicada. Tras los primeros interrogatorios había surgido un nombre: Jerónimo Silva, autor de los disparos que hirieron a los guardias civiles. Su paradero era la casa de Francisco Cruz Gutiérrez, conocido como “Seisdedos”. En la vivienda no estaban solos: allí se encontraban dos hijos de “Seisdedos”, una nuera, dos nietos, la sobrina de Jerónimo —María Silva Cruz, que pasaría a la historia como “la Libertaria”— y una amiga de esta. Sobre las cinco de la tarde, un grupo de guardias dirigido por el teniente Gregorio Fernández Artal se dirigió a la choza. En el primer intento de entrada murió un guardia de asalto, mientras campesinos bien parapetados trataban de mantener a raya a los asaltantes. Durante el resto de la tarde siguieron llegando refuerzos —guardias civiles y de asalto— junto con bombas de mano, fusiles y una potente ametralladora. Ante la dificultad para entrar, el teniente decidió aplazar la misión hasta el día siguiente.

Si la tarde había sido complicada, la madrugada del 12 de enero fue infinitamente peor. Manuel Rojas no quiso esperar. Sobre las tres de la madrugada se dirigió a la choza. Algunas frases que posteriormente saldrían a la luz sirven para imaginar lo que estaba por venir:

“Disparad sin piedad”; “hay que cargarse hasta a María Santísima, si hace falta”; “ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga”.

Esas órdenes supuestamente procedían de alguien. A día de hoy sabemos a quién se atribuyeron: al Gobierno de la República. Pero con certeza no sabemos ni quién las dijo ni siquiera si alguien las dijo realmente.

A las tres comenzó el tiroteo. Los primeros en morir fueron “Seisdedos” y uno de sus hijos. La muerte de Francisco Cruz Gutiérrez merece siempre un punto y aparte. Era un hombre septuagenario que había dedicado toda su vida al campo y que ni siquiera militaba en ningún sindicato. Su existencia transcurrió entre las siegas de verano y la recogida de aceitunas en la Andalucía oriental durante el invierno. Además, ese año no llegarían los jornales del olivar por una disposición de la Reforma Agraria de la República que impedía trabajar en otros puntos geográficos. Nadie merecía aquellos tiros, pero mucho menos Francisco Cruz. Todo el pueblo hablaba bien de él: negociaba el mejor salario para sus compañeros y los terratenientes trabajaban tranquilos cuando “Seisdedos” se hacía responsable de sus cuadrillas.

Frente a la casa de «Seisdedos»

Sobre las cinco de la mañana, Manuel Rojas ordenó incendiar la choza. Solo lograron huir María Silva y uno de los nietos de “Seisdedos”; el resto murió acribillado a balazos mientras intentaba escapar de las llamas. Acto seguido, Rojas y otros oficiales ordenaron abrir la taberna para celebrarlo. Mientras tanto, tres patrullas recorrieron el pueblo deteniendo a presuntos implicados. Tras reunir a doce de ellos, Rojas ordenó conducirlos a un lugar desconocido. En el camino pasaron por delante de la choza de “Seisdedos”; alguien levantó la voz en protesta y los doce fueron ejecutados. Sobre las nueve de la mañana, Manuel Rojas abandonó Casas Viejas. A su espalda quedaban 22 muertos, entre ellos dos mujeres y un niño. La República ya tenía su propio escándalo.

Uno de los panfletos de propaganda electoral, elaborado por los partidos conservadores antes de las siguientes elecciones.

La Guardia de Asalto

Es cierto que Manuel Azaña, en aquellos momentos presidente del Consejo de Ministros de la II República, no supo enfrentarse al problema. Habló incluso sin disponer de información suficiente. Su frase —“se hizo lo que se tenía que hacer”— fue la más desafortunada de su carrera política. La Guardia de Asalto había sido una gran apuesta del republicanismo para mantener el orden público, y sus actos recaían directamente sobre el Gobierno. Sin embargo, conocer algunos detalles de este cuerpo policial hace dudar de su lealtad a la República, especialmente por los personajes implicados en su formación.

Grupo de Guardia de Asalto.

La creación de la Guardia de Asalto fue uno de los primeros objetivos de los gobiernos provisionales de la República. Era necesario mantener el orden público ofreciendo una nueva imagen que sustituyera a la nefasta reputación de la Guardia Civil. La idea primigenia surgió del ministro de la Gobernación, Miguel Maura. Detrás se encontraba el ideario político del hijo de Antonio Maura y los acontecimientos que tuvo que afrontar nada más llegar al cargo: la quema de conventos y el marcado carácter laicista que estaba tomando la República. La urgencia del momento le llevó a confiar, junto a su director general de Seguridad, Ángel Galarza, en dos personajes de dudosa condición.

Ametralladora en Casas Viejas, para luchar contra campesinos.

La misión fue encomendada a Agustín Muñoz Grandes, un militar curtido en la guerra del Rif. Se mantuvo al frente del cuerpo casi hasta el final de la República; lo único a lo que se negó fue a colaborar con el Frente Popular. Tras el golpe de Estado de julio de 1936 fue encarcelado por su afinidad con los sublevados. Meses después fue puesto en libertad por los generales republicanos Miaja y Rojo y, acto seguido, pasó al bando rebelde, participando en el frente que acabaría tomando Barcelona. Tras la Guerra Civil dirigió la División Azul en la Unión Soviética, donde fue condecorado por el propio Hitler.

Muñoz Grandes no partió de cero, sino que se hizo cargo de un proyecto iniciado por el último director general de Seguridad de la monarquía, que meses antes había comenzado a reclutar un nuevo cuerpo de guardias para el que era imprescindible una excelente condición física y una altura mínima de 1,80 metros. Nació con el nombre de Sección de Gimnasia. Su promotor no necesita presentación: Emilio Mola, sí, el mismo que acabaría preparando el golpe de Estado de 1936 que condujo a España a la Guerra Civil.

Guardias de Asalto y Guardia Civil entrando en Casas Viejas

El 14 de octubre de 1931, apenas cuatro meses después de proclamarse la República, el cuerpo ya contaba con 800 miembros. El 30 de enero de 1932 estaba plenamente operativo. Desde entonces, la Guardia de Asalto debía mantener el orden público en las ciudades, mientras que la Guardia Civil quedaba relegada al mundo rural. Su misión era disolver altercados y revueltas sin derramamiento de sangre, manteniendo las virtudes de un cuerpo policial democrático. Resulta llamativo que el cuerpo fuera formado por militares profesionales —especialmente legionarios y regulares—, ya que, en aquel momento histórico, defender la democracia con formación castrense parecía cuanto menos contradictorio.

El resto de la historia de la Guardia de Asalto estuvo jalonada de controversias. Es cierto que, tras el golpe de Estado, en ciudades como Madrid y Barcelona permaneció fiel a la República. También lo es que, durante los meses de gobierno del Frente Popular, se realizó una notable depuración de los puestos de mando en previsión de lo que estaba por venir. Durante la Guerra Civil, su actuación en defensa de la República no fue especialmente destacada. Vicente Rojo lo dejó claro en diversas ocasiones:

“La Guardia de Asalto tenía escasa efectividad en combate para defender la democracia; preferían estar en la retaguardia”.


Juicios, testigos y abogados

Portada del ABC, el juicio político al gobierno de la República

La primera comisión parlamentaria para investigar lo sucedido en Casas Viejas llegó al pueblo el 19 de febrero, tres semanas después de la lapidaria frase de Azaña, un hecho que constata su desconocimiento inicial de la magnitud de los sucesos. El 1 de marzo se reunieron Azaña y Rojas para pedir explicaciones. El capitán de la operación se lavó las manos culpando exclusivamente al director general de Seguridad, Arturo Menéndez. El 6 de marzo, Manuel Rojas ingresó en la prisión del castillo de Santa Catalina a la espera de juicio. En ese proceso estuvo protegido por dos personajes clave.

El primero fue su abogado defensor, Eduardo Pardo Reina, un individuo singular que, junto a Alcalá-Zamora, participó en la redacción de la Constitución de la II República y que poco después se convirtió en uno de los fundadores de la UME, promotora del golpe de Estado de 1936. Años más tarde reconoció que todas las frases atribuidas al Gobierno de la República habían salido de su propia imaginación para defender a su “cliente”.

El segundo fue el testigo Bartolomé Barba Hernández, que declaró en varias ocasiones su profundo odio hacia el presidente Azaña. Junto a Pardo Reina participó también en la creación de la UME, se alzó contra la República en el bando sublevado y acabó siendo gobernador civil de Barcelona al servicio de la dictadura.


¿Quién era Manuel Rojas Feigenspán?

Antes lo he calificado como un personaje truculento, y no se me ocurre un adjetivo mejor. Si se consultan los archivos nacionales, apenas aparecen datos sobre su vida más allá de su inculpación en los hechos de Casas Viejas y su participación en algunos batallones del bando sublevado durante la Guerra Civil. Por ello, sus biografías se apoyan en fuentes orales que, aunque deben tomarse con cautela, dibujan a un individuo violento y autoritario.

El tribunal no creyó sus mentiras ni las de sus defensores y finalmente fue condenado a 21 años de prisión. No los cumplió. Pocos días antes del golpe de Estado se le vio por su tierra natal, Granada. Allí lo encontramos cruzándose con Federico García Lorca. Algunas fuentes señalan que ambas familias se conocían previamente. El 6 de agosto, Manuel Rojas entró en la casa de campo de la familia García Lorca, supuestamente buscando una emisora clandestina para comunicarse con la Unión Soviética, que nunca apareció. La muerte de Federico, el 19 de agosto, ha sido siempre controvertida. Son muchos los que opinan que las órdenes no pudieron llegar desde arriba, dada la enorme popularidad del poeta granadino y la propaganda negativa que su asesinato podía generar para el bando sublevado: ¿Fue un ajuste de cuentas entre vecinos? ¿O la obra de un personaje al que incluso Queipo de Llano quiso apartar del bando sublevado por sus métodos violentos?

La pregunta seguirá siempre en el aire: ¿fue una trampa contra la República o la consecuencia de poner a un personaje desequilibrado al mando de un grupo de guardias de asalto?

Te leo en los comentarios.

Fuentes:

Sender R. J. (2016). Viaje a la aldea del crimen: documental de Casas Viejas. Barcelona. Libros del Asteroide.

Grupo de trabajo: Recuperado la memoria histórico social de Andalucia. Cronología de los sucesos de Casas Viejas. Casas Viejas. Libertaria. 1. oct. 05.

https://historiacasasviejas.es/

https://www.universolorca.com/personaje/rojas-feigenspan-manuel/

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