Entre el azul intenso del mar y las escarpadas montañas de la Axarquía se esconde uno de esos lugares que parecen pensados únicamente para la fotografía. Calles blancas, macetas rebosantes de flores y miradores abiertos al mar han convertido a Frigiliana en un icono turístico del sur de España. Sin embargo, tras esa imagen amable se oculta una historia mucho más profunda: la de una comunidad morisca que durante siglos dio forma a sus calles y a su paisaje, y cuyo destino quedó marcado por uno de los episodios más dramáticos de la historia de España.


Aquella mañana habíamos estado haciendo una ruta de senderismo por los acantilados de Maro, prácticamente la única zona costera de la provincia de Málaga que no ha sido engullida por la construcción de interminables urbanizaciones. A pesar de estar en los primeros días de noviembre, pudimos disfrutar de un par de baños en solitario. La temperatura ambiente era perfecta; la del agua, un poco más fría. Mientras tanto, debatimos sobre la posible visita de esa tarde a Frigiliana.

Un rincón más de Frigiliana.

Es un pueblo que aparece continuamente en las listas de los pueblos más bonitos. Es algo a lo que no suelo hacerle mucho caso, pero reconozco que suelo mirarlas. Lo que más me echaba hacia atrás de visitar Frigiliana era la escasa presencia de edificios históricos. Tenía en la imaginación que era una población que fascinaba a los captadores de imágenes; solo hace falta darse un paseo por las redes sociales, repletas de fotografías del lugar. Nos estuvimos fijando un rato en ellas: todas reflejan la belleza del enclave. Ya no me resultaba un mal plan: pasear, tirar unas fotos, buscar rincones especiales o un bonito atardecer, sentarnos en alguna terraza y probar algunos productos locales. Pero lo que encontré cambió mi visión de aquel lugar.

Al llegar, después de la sobremesa, no tuvimos problema para aparcar. En la carretera principal había otras autocaravanas y numerosos aparcamientos libres, sin prohibición expresa. Supongo que, en temporada alta, la cosa cambiará.

El casco antiguo estaba cerca. Nada más llegar al mismo te recibe una pequeña caseta con información comercial del municipio. Dentro de ella, un curioso personaje: un morisco con su buen mostacho, que te habla en diferentes idiomas para explicarte algunas de las historias del lugar. Desde allí se enfila, en notable ascenso, la calle Real, directa al corazón del casco antiguo de Frigiliana. La siguiente labor es perderse por el nutrido entramado de calles, cuestas, escaleras y bajadas, todo repleto de flores y espectaculares postales.

Un abuelo en un vetusto ciclomotor nos pasa por el lado; en la parte trasera, un vistoso cesto repleto de fruta fresca, incluidos dos espectaculares mangos. Ese día la mayoría de tiendas turísticas estaban cerradas; solo abrían los pequeños comerciantes intentando sacar partido a los escasos visitantes de esa tarde. Al rato encontramos el ciclomotor. Mi compañera lo señala con una sonrisa y se introduce en la pequeña tienda de comestibles y productos locales. Pocos minutos después sale con algunos de ellos, incluidos los dos mangos. Según la mujer que la atendió, aquel abuelo era su padre y cada tarde le traía algo para venderlo. Eso sí es producto local.

Poco después encontré el primer mosaico de azulejos, donde se podía leer una parte de la historia de la ciudad. Pronto me di cuenta de que me había saltado muchos de ellos. Me pareció una fenomenal idea la narración de la historia de la población. Busqué el resto; no conocía la historia de Frigiliana. Tenía conocimiento de la revuelta morisca de las Alpujarras, pero no de la rebelión de Bentomiz o de la batalla de Frigiliana. A veces la negatividad juega en contra de nosotros: reconozco mi falta de interés por conocer aquel lugar. No me di cuenta hasta entonces de que mis pies llevaban más de dos horas pisando un impresionante patrimonio histórico: cada piedra del suelo, cada esquina, cada estrecha calle se generaron por los moriscos de Frigiliana hace más de cinco siglos. Sí, Frigiliana mantiene el recuerdo de la última población morisca de España. Una apasionante historia que merece ser recordada.


Contexto histórico

En 1492 los Reyes Católicos conquistan el último reino musulmán de la península ibérica: Granada. Aunque se siguió permitiendo a los moriscos la libertad de culto y la conservación de sus propias leyes y costumbres. Sin embargo, unos años después, en 1499, llega a Granada el arzobispo de Toledo, Jiménez de Cisneros, con la determinación de iniciar una conversión forzosa. Tras la provocativa quema de libros coránicos se inicia la primera revuelta morisca en tierras granadinas; el resultado fue una mayor represión y las primeras prohibiciones.

A pesar del recelo, la convivencia continuó. Las autoridades miraban al otro lado por evidente interés económico. El reinado de Carlos V estuvo presidido por una relativa permisibilidad respecto a los moriscos. Tras su muerte, en el Reino de Granada convivían 125.000 cristianos y 150.000 musulmanes. Los moriscos eran un grupo humano que aportó una importante prosperidad económica al reino. Su actividad principal era el comercio de la seda a través del Mediterráneo, especialmente con la rica aristocracia del Renacimiento italiano. Los moriscos granadinos estructuraron un significativo tejido industrial en el mundo rural: era raro el pueblo que no tuviera casas con varios telares. La morera, para alimentar a los gusanos, cubría amplias extensiones de la sierra granadina.

Juan de Austria. Imagen creada con IA (Copilot/J. M. Escalante)

Pero con la llegada de Felipe II la desconfianza volvió a aflorar. La buena situación económica de los moriscos también influyó en el retorno de las hostilidades y en la presión contra ellos. Se reemprendió la repoblación castellana, a la que se puede tildar de colonialista. Llegaron representantes de la nobleza para aprovecharse de la capacidad industrial de los moriscos. También llegaron eclesiásticos para continuar con la conversión, y se produjo una notable militarización del reino por parte de las tropas castellanas con el fin de controlar a los moriscos. Detrás de esa militarización encontramos el temor de Felipe II a otomanos y argelinos y a su notable dominio del Mediterráneo. Los moriscos granadinos podían abrir la puerta a una nueva conquista musulmana de la península ibérica. Un supuesto, real o imaginario, que generó nuevos decretos para erradicar el islam.

En 1567 el nuevo edicto se dio a conocer con el nombre de Pragmática Sanción. Quería recuperar antiguas prohibiciones que habían quedado en el olvido de la memoria. Desde ese momento se concedían tres años para aprender el castellano. Tras ellos se prohibiría totalmente escribir, leer o hablar en árabe, incluso en privado. Además, se prohibieron las ceremonias, las costumbres y las vestimentas musulmanas, incluso los nombres y apellidos árabes. Todos debían adoptar una nueva identidad castellana tras el consiguiente bautismo cristiano. Al principio, como era habitual, los moriscos decidieron esperar y negociar; muchas veces anteriormente había salido bien. Pero Felipe II no estaba por la labor. Varias delegaciones de representantes moriscos acudieron a reunirse con él; ninguna prosperó.

Los moriscos se vieron abocados a una nueva revuelta, que estalló en la Nochebuena de 1568. Se inició en las Alpujarras, donde eran más fuertes y más libres para organizarse, al contrario que en las ciudades, que estaban más controladas y eran algo más conformistas. Fue encabezada por Fernando de Válor, no sin antes haber recuperado su antiguo nombre: Aben Humeya, descendiente de los califas cordobeses. Fue mucho más que una revuelta. Los moriscos utilizaron la táctica de guerra de guerrillas y desgaste; se calcula que participaron unos 30.000. Las armas, como se había supuesto, llegaron de argelinos y otomanos. La geografía jugó a favor de los insurrectos: recónditas e inaccesibles montañas y calas escondidas donde recibir armamento. Dos años duró la contienda, solo solucionada tras la llegada de Juan de Austria. Pero la revuelta también había prendido en otro lado, mucho menos conocido por la historiografía, en la hermosa población que visitamos aquel día.


La batalla de Frigiliana

El lugar era conocido en el siglo XVI como la comarca de Bentomiz. Hoy coincidiría con la parte más oriental de la Axarquía malagueña. Se contabilizaban 22 municipios: entre ellos Torrox, Nerja, Cómpeta, nuestra protagonista Frigiliana o Arenas, con una impresionante fortaleza islámica que daba nombre a la comarca. La mayoría de la población era morisca; la repoblación cristiana había sido escasa tras la caída del reino moro de Granada. No así su vecina población de Vélez-Málaga, que recogió gran parte de aquellos antiguos combatientes que derrotaron a los ejércitos de Boabdil, convirtiéndose de alguna forma en la vigilante cristiana de la zona morisca.

La comarca de Bentomiz. Imagen creada con IA (ChatGPT/J. M. Escalante)

La comarca de Bentomiz fue descrita en el siglo XVI como una tierra privilegiada por su excelente clima. Tenía una extensión de unos 500 km², encajada entre la montaña y los ríos Vélez y Miel. El agua clara descendía de las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama para alimentar a las acequias construidas en tiempos de dominio musulmán. Los pastos eran hermosos, tanto en invierno como en verano, y alimentaban a pequeños rebaños de cabras u ovejas. Se trabajaba la seda como en las Alpujarras y había diversas plantaciones de higos o almendras. Pero la más importante eran las vides, de las que salía un extraordinario comercio de pasas. Una vez al año, después de la vendimia, atracaban en los puertos de Nerja o Torrox barcos llegados de Bretaña, Inglaterra o Flandes para partir cargados de uvas y elaborar sus vinos.

Este paraíso descrito es difícil de abandonar. Los moriscos de Bentomiz se adaptaron y acataron, puertas afuera, todas las leyes y edictos impuestos. No dudaron en cambiarse el nombre ni en pagar los elevados impuestos a los que fueron sometidos. Durante largos años fueron testigos de la llegada de escalonadas patrullas militares desde Vélez que recorrían las diversas poblaciones moriscas, destruyendo sus baños públicos, cerrando sus mezquitas y confiscando sus armas. Pero, evidentemente, todo tiene su límite.

Represiones y castigos. Imagen de la cartelería de Frigiliana.

Los aires de la revuelta alpujarreña llegaron a Bentomiz, al parecer de la mano de un morisco nombrado como “El Muezzín”, que había combatido en la zona granadina para conseguir dinero y poder rescatar a su esposa, esclavizada por un cristiano. La revuelta comenzó con algunos ajusticiamientos de cristianos, como el dueño de una posada. Los moriscos se tomaron la justicia por su mano. Las tropas llegadas desde Vélez eran emboscadas, hasta el punto de que una de ellas perdió a nueve de sus integrantes. Los primeros éxitos fomentaron la aparición de cabecillas rebeldes. Uno de los más célebres fue Andrés de Chorairán, que tomó la fortaleza de Canillas. Bentomiz se convirtió en un lugar poco seguro para los cristianos.

La presión cristiana se reforzó. La violencia se generalizó en la comarca: represión, ajusticiamientos carentes de legalidad, confiscación de bienes o expulsiones. La necesidad morisca llevó a la elección de un dirigente, nombrando caudillo a Hernando el Darra, un hombre de unos 40 años muy respetado, de familia noble y reconocido por su buen hacer resolviendo los litigios sobre tierras y distribución de los recursos, como el agua.

Hernando fue el encargado de la defensa de Bentomiz. Su decisión fue concentrar las fuerzas defensivas —se calcula que unos 3.000 hombres— en un único lugar, con el fin de evitar las expulsiones y defender un territorio heredado durante siglos. Dicho lugar fue el Peñón de Frigiliana, donde restaban las estructuras defensivas de unos 4 km². Allí se trasladaron en la primavera de 1569 unos 16.000 moriscos: ancianos, mujeres y niños acompañaron a sus defensores. Varias compañías se dirigieron al lugar, desde Vélez y Málaga; todas fueron repelidas con escasas armas de fuego, gran cantidad de hondas e impresionantes lluvias de piedras.

Todos rumbo al Peñón de Frigiliana. Cartelería de Frigiliana.

Todo cambió a finales de mayo. Juan de Austria había llegado hacía poco a Granada reclamando al rey refuerzos para combatir la rebelión de las Alpujarras. Desde Italia llegaron 25 galeras llenas de experimentados tercios. Las noticias que llegaban desde Frigiliana hicieron desviar algunos contingentes.

Se preparó concienzudamente el asalto al descrito como inexpugnable Peñón de Frigiliana. Las cifras del ejército cristiano reunido —con tropas llegadas desde diferentes lugares— varían entre 2.000 y 10.000; quedémonos con una cifra intermedia de 6.000 curtidos soldados. El día elegido fue el 11 de junio. Los moriscos resistieron con todo lo que tenían a mano. Desde la parte superior de Frigiliana rodaban cuesta abajo incluso ruedas de molino, que quebraban las formaciones cristianas.

Tras la terrible batalla, decidida por la superioridad armamentística y la experiencia de los tercios, sobre aquella fortaleza apenas quedaron hombres moriscos. La tradición y la transmisión oral han relatado el valor de las mujeres moriscas, que tomaban el relevo de sus defensores caídos. Sobre el destino de los supervivientes —principalmente ancianos, niños y mujeres— poco sabemos. Aunque es fácil imaginarlo, ya que siguieron el camino de los alpujarreños, obligados a emigrar a tierras castellanas escasas de población. Fueron diseminados, separados y alejados de su edén heredado.


Hasta siempre, Frigiliana.

Empieza a caer la noche sobre Frigiliana.

Al anochecer, Frigiliana es también muy evocadora. El alumbrado público emite un acogedor color ocre que invita al visitante a seguir recorriendo sus calles. Al desandar el camino encontramos una pequeña terraza. Era evidente que no estaba pensada para los lugareños; su cometido era atraer al visitante internacional. Aun así, pensamos que era un buen lugar para despedirnos de aquel bonito pueblo. Brindamos con moscatel local —no era nada del otro mundo— y compramos azúcar de caña. Es raro que alguien salga de Frigiliana sin un bote de este producto debajo del brazo. Personalmente detesto echársela al café, pero para algo servirá.

Personalmente, para contar el principio de la repoblación cristiana de Frigiliana. La caña de azúcar es una planta originaria del sudeste asiático, exportada por los árabes, entre otros lugares, a la península ibérica. La zona de Bentomiz fue uno de sus destinos. Durante muchos siglos fue utilizada con fines medicinales y para consumo directo. Los que peinamos algunas canas recordamos haber chupado estas cañas como improvisadas chucherías. Tras la llegada de los cristianos a Frigiliana, este producto fue transformado en azúcar de la mano de Íñigo Manrique de Lara, que lo convirtió desde entonces y hasta ahora en una de las principales industrias de la Axarquía malagueña.

Era la última noche por tierras malagueñas. Un buen espeto de sardinas y una espectacular dorada a la brasa fueron degustados en la playa de Torrox aquella noche. Acariciados por la suave brisa otoñal del Mediterráneo, nos despedimos de Málaga: un lugar climáticamente privilegiado de la península ibérica y rodeado de historias que merecen ser contadas.


Fuentes:

Navas, A. (1975). La batalla de Frigiliana o la rebelión de Bentomiz. En revista Jábega nº 9, pp. 17-26.

Lynch J. (2007). Los Austrias 1516-1700. Barcelona. Crítica.


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