El paso del rio Rin. Imagen creada con IA (Copilot/ J. M. Escalante)


A comienzos del siglo V, el Imperio romano de Occidente ya no era la maquinaria sólida y temida que había controlado todo el mundo mediterráneo durante siglos. Las fronteras cedían, los generales se proclamaban emperadores y los ejércitos, cada vez más dependientes de contingentes bárbaros, se convertían en interesados mediadores del poder. En medio de ese escenario convulso, Hispania, aunque estuviera lejos del desastre inicial, terminaría siendo uno de los territorios donde el derrumbe de la autoridad romana se hizo más visible. La tranquila vida de la institucionalidad romana se transformó un interminable relato de intrigas políticas, ambiciones personales y decisiones estratégicas que precipitaron el reparto de la península y marcaron el inicio de una nueva etapa histórica.

La historia arranca el 31 de diciembre del año 406, cuando las heladas aguas del Rin permitieron el paso de miles de bárbaros. El lugar elegido para el cruce fueron las cercanías de la ciudad germana de Maguncia. Acto seguido, el norte de la Galia se vio envuelto en una vorágine de destrucción: sus ciudades, una tras otra, eran arrasadas y saqueadas ante la inoperancia del poder imperial. El vándalo Estilicón, dueño de facto de la parte occidental del Imperio como protector del joven emperador Honorio, bastante tenía con defenderse del enemigo godo. Además, el problema era doble: Radagaiso y Alarico. Ante tal situación, el resto de provincias occidentales tuvo que apañárselas por su cuenta.


Constantino III, el usurpador

En este contexto emergerá uno de los protagonistas del reparto de los bárbaros en Hispania. Vendrá de lejos, concretamente de la provincia de Britania. Si la Galia era un caos, en Britania la situación no era muy diferente: abandonada por el poder central y con las legiones evacuadas, la defensa de las ciudades había quedado en manos de pequeñas guarniciones.

A los romanos de Britania los grupos bárbaros les llegaban desde diferentes frentes. En la propia isla debían defenderse de pictos, sajones y escotos. Si los protagonistas de la ruptura del Rin hubieran decidido pasar de la Galia a Britania, se habrían encontrado atrapados muy lejos del poder central, pero no por ello indefensos. La solución para las tropas acantonadas en la isla fue pasar a la acción. Constantino, de origen y cargo desconocidos, fue proclamado por sus hombres emperador occidental. Sus intenciones eran claras: frenar a los bárbaros en el continente y, si todo salía bien, intentar hacerse con el control de las otras tres provincias occidentales; es decir, además de Britania, la Galia e Hispania. De lograrlo, emularía a uno de sus antecesores, Magno Máximo, que dos décadas antes lo consiguió, aunque solo por un breve espacio de tiempo.

Así fue como, a principios del año 407, Constantino III entró en la Galia tras cruzar el canal de la Mancha. Pronto se encontró con suevos, vándalos, alanos y burgundios, a quienes, al parecer, logró retener en el norte de la Galia durante un tiempo.

Hispania seguía, de momento, fuera del alcance directo de los pueblos bárbaros. La Galia actuaba como un gran colchón defensivo, pero no podemos olvidar que era una de las regiones con más recursos del Imperio, y Constantino III era plenamente consciente de ello. Tras establecerse en Arlés, al sur de la Galia, decidió montar su propia estructura imperial: designó a su hijo Constante como César y, por lo tanto, sucesor, y nombró a Geroncio magister militum. El siguiente paso fue enviar a Hispania hombres de su confianza que usurparan el poder de las ciudades a los representantes previamente nombrados por el emperador Honorio.

El niño emperador, Honorio. Imagen creada con IA (Copilot/J. M. Escalante)

En este punto cabe preguntarse por qué las legiones hispanas no tomaron cartas en el asunto. Lo más probable es que se hallaran en el norte de Italia, al servicio de Estilicón en su lucha por contener a los godos.

En ese contexto surgen en Hispania los hermanos Dídimo y Veriniano. Firmes defensores del emperador Honorio, con quien posiblemente estaban emparentados, su misión fue proteger Hispania tanto de los bárbaros como del propio usurpador Constantino III. La respuesta de este fue enviar a Hispania a Constante y a Geroncio, ambos al frente de un gran ejército que las fuentes sitúan en Caesaraugusta. Desde allí controlaron gran parte de Hispania y acabaron con los dos hermanos hispanos, que fueron apresados y enviados a Arlés. Así se esfumaban muchas de las esperanzas hispanas de librarse de los bárbaros.

Tras el apresamiento de los dos hermanos, Constante regresó con la comitiva que los transportaba hasta Arlés, mientras Geroncio permanecía en Hispania para consolidar su control. En el otoño del año 408, los bárbaros que, como mercenarios, componían el ejército de Geroncio comenzaron a causar estragos en las ricas villas de la meseta hispana. Esos mismos hombres pasaron a encargarse de la defensa de Hispania frente a otros pueblos bárbaros, llegando a controlar los puestos fronterizos de los pirineos. En definitiva, la defensa de Hispania quedó en manos de contingentes bárbaros integrados en los ejércitos de un usurpador. Y, por si faltara algún elemento más de inestabilidad, el general Geroncio decidió dar un paso al frente nombrando un nuevo emperador: su hijo —o al menos eso parece— Máximo.

La invasión de los pueblos bárbaros en Hispania

El momento en que Geroncio nombra a Máximo nuevo emperador es extremadamente confuso en las fuentes. No se sabe si fue causa o consecuencia del deterioro político-militar. Lo cierto es que, de nuevo, un ejército fiel a Constantino III, comandado por su hijo Constante y por el nuevo magister militum, Justino, se enfrentó en Hispania al de Geroncio. Ambos bandos, necesitados de efectivos militares, los buscaron entre los pueblos bárbaros que deambulaban por la Galia y que, por entonces, ya se habían aproximado a los pasos pirenaicos. Desde ese momento resulta prácticamente imposible diferenciar entre los bárbaros que defendían la frontera, los que intentaban cruzarla o los que componían los restos de los ejércitos romanos enfrentados entre sí.

Si hubo, como algunas fuentes señalan, un pacto con Geroncio, para la historia puede quedar como un episodio insustancial. Lo palpable es que los Pirineos se convirtieron en un colador y los pueblos bárbaros comenzaron a campar por Hispania a sus anchas.

Todo ello sucedía ante la mirada, cuando menos distraída, de tres emperadores. Recapitulemos: Honorio, el emperador legítimo y, desde el año 408, sin su mano derecha Estilicón, se defendía tanto de los godos como de Constantino III, que se encaminaba hacia Italia. El propio Constantino III luchaba en dos frentes: además del italiano, había enviado a su hijo a Hispania contra el tercero en discordia, el tal Máximo, de quien apenas sabemos que fue el escaparate político que Geroncio necesitaba para imponerse en la península.

La ciudad protagonista de esta fase de la historia es Arlés. Geroncio derrotó a Constante y se dirigió a la ciudad gala, a la que comenzó a asediar con la intención de acabar con Constantino. Mientras tanto, este, ante el inexorable avance de los ejércitos imperiales de Honorio, intentó refugiarse en una iglesia. No le sirvió de nada: fue apresado y ejecutado camino de Rávena, capital del Imperio en aquellos momentos. Tras ello, Geroncio, que probablemente no esperaba encontrar la firme oposición de Honorio, decidió regresar a Hispania. Sin embargo, sus propios hombres lo abandonaron y no le quedó más remedio que suicidarse. De Máximo poco sabíamos, y aún menos sabremos a partir de ese momento.

Esta parte de la historia transcurrió entre los años 409 y 411: dos años en los que Hispania quedó a expensas de los pueblos bárbaros.

Durante ese bienio, las fuentes de la época resultan particularmente confusas. Una de ellas es el obispo Hidacio, quien, dos décadas después del desastre, narraba que la peste, las matanzas y el hambre se unieron a los bárbaros para acabar con la Hispania romana. No estuvieron solos. Los ejércitos de Geroncio, de Constantino III o incluso de Honorio necesitaron ingentes cantidades de recursos. Recaudadores recorrían las villas romanas de la península con el fin de sustraer todo lo almacenado por agricultores y ganaderos hispanos.

El dinero para pagar a los mercenarios de los ejércitos salía de las ciudades hispanas, cuyos ciudadanos permanecían recluidos en su interior. No hacen falta únicamente fuentes escritas: los tesorillos ocultos hallados y fechados en esta época son inequívocos. Enterrar las riquezas era, en muchos casos, la única solución para no quedar en la ruina absoluta. No es de extrañar lo que narra el sacerdote cristiano Orosio, otra de las fuentes que vivió en primera persona aquellos momentos:

“Muchos ciudadanos romanos prefirieron tener pobreza y libertad entre los bárbaros a vivir como romanos sometidos al pago de impuestos”.

El reparto de la Hispania romana entre los pueblos bárbaros es uno de esos momentos históricos que, por su trascendencia, invitan a imaginar la escena dentro del inevitable terreno de la especulación. No es difícil evocar a los caudillos militares de suevos, alanos y vándalos reunidos en un gran círculo de carretas tiradas por bueyes, quizá en un amplio prado verde que servía de improvisado consejo de guerra.

El supuesto pactos entre suevos, vándalos y alanos. Imagen creada con IA (Copilot/J. M. Escalante)

Después de aquel día, los vándalos asdingos y los suevos compartieron destino hacia la provincia de Gallaecia. Los vándalos silingos tomaron rumbo al sur para hacerse con la rica Baetica. Por último, una parte de los alanos atravesó la meseta en dirección a Lusitania, mientras el resto se dirigió a la Carthaginensis. Solo la Tarraconensis permaneció en manos de Roma.

Mapa de Hispania tras la llegada de los Pueblos Bárbaros.

Según Hidacio, lo que sucedió en aquella supuesta pradera verde fue un sorteo. La mayoría de los investigadores dudan de que ese procedimiento fuera realmente viable en un contexto tan volátil. En definitiva, solo nos resta pensar que, si verdaderamente la Hispania romana se dividió mediante un reparto acordado, el resultado fue extremadamente comprometido para el futuro inmediato. De una forma u otra, lo que restó del siglo V se convirtió en uno de los pasajes más oscuros de la historia de la península ibérica.

Fuentes:

Sayas Abengoechea J. J., Abad Valera M. (2013). Historia antigua de la Península Ibérica, época tardoimperial y visigoda. Madrid. Uned

Goldswhorty A. (2009) La caída del Imperio Romano. Madrid. La esfera de los libros.

Ubric P. (2007). Las nuevas opciones de poder: El protagonismo de los bárbaros en la Hispania del siglo V. En polis: revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad, nº 19, pp. 179-225.

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