
La guerra es tan antigua como las propias comunidades humanas. Sus orígenes, en la prehistoria, se diluyen en una delgada línea fronteriza entre supervivencia y conflicto planificado. Desde las primeras sociedades de cazadores-recolectores hasta el surgimiento de los asentamientos neolíticos, la competencia por los recursos y el territorio pudo desencadenar enfrentamientos organizados previamente. Restos arqueológicos, como esqueletos con traumatismos y heridas por armas, sugieren que la violencia colectiva formó parte de la dinámica social prehistórica.
La guerra prehistórica
Es cierto que, de todos los aspectos sobre la forma de vida de los cazadores-recolectores, el concepto de “guerra” es el más difícil de encajar en esta sociedad. El inicio de la guerra suele circunscribirse a la protección de los recursos y, por lo tanto, a economías neolíticas avanzadas y al posterior nacimiento de las jefaturas. Sin embargo, cada vez es más evidente que la guerra transformó las relaciones sociales entre grupos antes de la neolitización, influyendo en su organización social y en el progreso tecnológico común.
Circunscribir la guerra únicamente al componente económico que introduce el Neolítico también puede considerarse un error. No podemos olvidar que hoy somos el mismo producto biológico que hace 200.000 años, aunque posiblemente más mediatizados por el entorno. Es cierto que, en la actualidad, toda guerra tiene un componente económico muy importante; desde hace décadas, los humanos nos enfrentamos por el control del petróleo y de las tierras raras. Pero también existen otros condicionantes, religiosos o ideológicos, donde destaca, por encima de todo, la figura del “otro”. Basta recordar los enfrentamientos en el corazón de África entre tutsis y hutus. El “otro” también existía antes del Neolítico.
Comprender estos conflictos iniciales ayuda a explicar la evolución de las sociedades humanas. Conocer la guerra en la prehistoria es explorar los cimientos de la conflictividad humana. En este punto, me gustaría añadir una referencia sobre el trabajo de los franceses Guilaine y Zammit acerca del sentido de la guerra:
“Tras crear los artefactos para cazar animales, esta mejora tecnológica se volvió contra el hombre, acabando con el mito de la fraternidad paleolítica, especialmente desde el Mesolítico, por el control de los territorios con mejores posibilidades de alimentación”.
Personalmente, me parece una visión muy acertada. El ser humano se ha enfrentado por diversos motivos posiblemente desde su propio origen. La guerra surgió para dar respuesta al comportamiento agresivo inherente al ser humano, una agresividad que se fue desarrollando durante el largo camino de su supervivencia como especie. En el Paleolítico, el Homo sapiens dominó al resto de las grandes especies. Para cazar un mamut se necesitaba una serie de estrategias muy definidas, sincronizadas y con ciertas dosis de coraje. Posiblemente, comprendieron que era más sencillo acabar con sus semejantes que con un mamut gigante.
En los últimos años se han realizado diversos trabajos para conocer los inicios de la guerra en las sociedades prehistóricas.
Etnología de la guerra prehistórica
Durante el siglo XX se introdujeron en las universidades los estudios etnológicos de sociedades que todavía no habían sido mediatizadas por las costumbres de la occidentalización, conservando estructuras económicas basadas en la caza y la recolección.
Etnológicamente se han estudiado acontecimientos en diversas tribus actuales, situadas a medio camino entre el Paleolítico y el Neolítico, como los koisan en Sudáfrica, los tiwi en el norte de Australia o los yanomamos en la selva tropical sudamericana. Aunque sin obviar el posible condicionante de las colonizaciones contemporáneas, en estas tribus se producen ejecuciones, enfrentamientos bélicos, saqueos, agresiones sexuales y un amplio etcétera; es decir, la violencia está muy presente en todas ellas.
Entre 1928 y 1929, el joven antropólogo social australiano Charles William Merton Hart convivió, en un interesante trabajo de campo, con una tribu del pueblo tiwi. Estas tribus se localizan en unas islas del mismo nombre, situadas al norte de Darwin. A pesar de algunos contactos previos, no fueron colonizadas hasta 1911, momento en el que su forma de vida era plenamente paleolítica. Hart pudo comprobar algunos patrones de cultura bélica entre los tiwi. Para dirimir las diferencias entre tribus era habitual el reclutamiento de guerreros, el rearme de la tribu o el uso de pinturas de guerra. Los enfrentamientos eran dirigidos por los ancianos y no solían acabar en grandes desgracias.

Otro de los grupos, y posiblemente el más estudiado, es el pueblo yanomami, situado en la selva amazónica entre la frontera de Venezuela y Brasil. Sus contactos sociales y culturales durante los tres últimos siglos no han acabado con su forma de vida. Hoy día, todavía más de 20.000 yanomamis, distribuidos en pequeñas comunidades de 40 o 50 miembros, siguen practicando su forma de vida tradicional. Con una economía a mitad de camino entre la paleolítica y la neolítica, los yanomamis son cazadores, utilizan sustancias tóxicas en sus flechas para adormecer a sus presas sin acabar con su vida, recolectan frutos silvestres y plantan batatas, plátanos o ñame y, cuando se agota la tierra, se movilizan hacia otra zona.
El pueblo yanomami es reconocido por su belicosidad. Muchos murieron defendiendo su forma de vida ante la llegada de culturas industrializadas que buscaban materias primas, como el caucho. Pero lo más destacable es el notable grado de violencia interna, tanto dentro de la propia comunidad como con otros grupos. La forma de resolver los conflictos entre los yanomamis es violenta, en disputas presididas por el control de los recursos o por la identidad política del más fuerte. Las tribus son dirigidas por personajes que ejercen el liderazgo social de forma coercitiva. La venganza, las violaciones o el rapto de mujeres son motivos habituales de guerra entre grupos. En definitiva, existe una más que evidente cultura del enfrentamiento: rituales guerreros, elección de especialistas militares, uso continuado del insulto al “otro” y pinturas corporales. El caso más grave es el infanticidio de niñas para favorecer la crianza de jóvenes guerreros.
Arqueología de la guerra prehistórica
La arqueología ha mostrado durante las últimas décadas numerosos hallazgos que evidencian el uso de la violencia entre las diferentes comunidades de Homo sapiens en un amplio periodo que se inicia a finales del Paleolítico y se extiende geográficamente por diferentes continentes: África, Asia o Europa.
La evidencia más antigua, datada entre 12.000 y 10.000 a. n. e., fue localizada en excavaciones realizadas entre 1965 y 1966 en una zona conocida como Djebel Sahaba, situada al norte de Sudán. Se hallaron los enterramientos de 59 personas en cistas separadas que contenían entre dos y cinco individuos. En más de la mitad de estos individuos se encontraron restos evidentes de violencia. Puntas triangulares sobre lasca y raspadores aparecieron incrustados en los huesos; otras puntas, que no se clavaron directamente en el esqueleto, también estaban presentes en los enterramientos. Todavía no se había inventado el uso del arco: habían sido asesinados con lanzas en las que se enmangaban las puntas y, curiosamente, los raspadores. Además, entre el resto de los hallazgos, no contabilizados como heridos por armas, hay múltiples impactos y traumatismos óseos.
Entre los asesinados no existe un patrón fijo; lo evidente es que no procedían de un enfrentamiento bélico convencional, sino de una o varias matanzas sistemáticas. Ancianos, mujeres, jóvenes o niños, todos ellos de ambos sexos.
El lugar se halla cerca de la segunda catarata del Nilo, un espacio fértil donde posiblemente se generalizó la sedentarización desde finales del Paleolítico, época asignada a estos hallazgos. Los investigadores han especulado habitualmente con esta posibilidad de lucha por los recursos. Determinar si existía una guerra sistemática es complicado, pero el exterminio del rival, que sí demuestran los hallazgos, es una de las fases de cualquier guerra.

Además del Paleolítico africano, en la Europa mesolítica existen diferentes evidencias de violencia o guerra. Se han hallado restos arqueológicos en Rumanía, Dinamarca, Ucrania, Suecia, Francia y Alemania. Por su particularidad, podemos destacar este último caso. En las cuevas de Ofnet, situadas en la localidad bávara de Nördlingen, se hallaron los restos de dos enterramientos singulares de cráneos, todos pintados con ocre rojizo: en uno había 27 y en otro, seis. Son cabezas cortadas en forma de trofeo guerrero, con diversos golpes en la zona del cogote. La singularidad del ocre denota algún tipo de ritual post mortem de los vencedores sobre los vencidos.
La conflictividad en el levante peninsular
La violencia sistemática descrita en el comportamiento de los actuales cazadores-recolectores, o en los diversos yacimientos mencionados anteriormente, está representada en los abrigos levantinos, ya que muestran niveles de gran crueldad y ensañamiento en escenas con heridos, ejecutados e incluso exterminios, posiblemente, de tribus enteras.
Se observan varias ejecuciones en los paneles levantinos con un patrón muy común: una fila de arqueros convertidos en verdugos. En la Cueva de la Vieja aparecen varios personajes sentados, desarmados y con varias flechas clavadas en sus cuerpos; frente a ellos, arqueros de mayor tamaño parecen seguir disparando. Aunque con un solo personaje armado, las escenas de ejecución se repiten en otros abrigos, como Cova Remigia, donde aparecen tres escenas similares, o el Abrigo de los Trepadores.

Etnográficamente, todas estas escenas se interpretan como ajusticiamientos dentro de la propia tribu, de personajes que ponían en peligro su integridad, sin descartar que fueran sus propios líderes. La supuesta ejecución de líderes implica que estas tribus tenían cierta complejidad estructural y que existía una lucha interna por el poder.
Dentro de esta misma teoría podemos incluir una escena con numerosos detalles en la Cova de la Saltadora, donde un personaje corre con varias flechas clavadas, una de ellas en el cuello. Destaca un tocado en la cabeza que lo señala como alguien con liderazgo. La escena anterior se repite en otros abrigos, como Cova Remigia o la Cova Alta del Lledoner. Aunque estas escenas se interpreten como conflictos internos, no podemos descartar el componente bélico entre bandas diferentes.
Este aspecto aparece en una escena descubierta recientemente en la provincia de Tarragona, concretamente en el abrigo conocido como La Vall II, en Capçanes. En ella se refleja una violencia extrema: diecisiete personajes aparecen en el centro con numerosas flechas clavadas; la mayoría parecen muertos en posiciones inverosímiles, mientras otros intentan escapar de la masacre. Frente a ellos, cinco arqueros con formas anatómicas diferentes son señalados como verdugos de la matanza. La descripción pictórica, con mayores detalles en los rostros de los ejecutados, lleva a pensar que el pintor pertenecía a su grupo. De ser así, la escena adquiere una fuerte connotación emocional: odio, temor, rabia o necesidad de venganza, lo que remite a una sociedad con un alto nivel de violencia humana.

Escenas de guerra en la pintura levantina
Sin duda, las escenas de enfrentamiento entre dos grupos son las más llamativas. A lo largo de la historia, la guerra ha adquirido componentes idealizadores que se han ido instalando en el subconsciente humano, convirtiendo en héroes a los integrantes de un ejército. Posiblemente, ese pensamiento ya existía hace miles de años en los pintores levantinos. Estas son algunas de las escenas que más han llamado la atención de los investigadores.
Abrigo Grande de Minateda (Albacete): aparecen dos grupos representados con una técnica pictórica única. Uno aparece con tinta plana y el otro con relleno listado. Además, sujetan arcos diferentes, lo que puede ser un simple recurso técnico o indicar que los atacantes llevaban pintura corporal. Lo que más destaca en la escena es la profunda violencia de la contienda, ya que diversos personajes de ambos lados aparecen atravesados por flechas.

Les Dogues (Castellón): llama la atención que sea una escena solitaria en el abrigo. En la parte derecha, 16 arqueros con los arcos en posición de disparo avanzan frontalmente contra el grupo situado a la izquierda. Este último es el más interesante, ya que se mantiene en posición defensiva protegiendo a un individuo central. La mayor ornamentación de estos personajes parece indicar un mayor conocimiento del pintor sobre ese grupo. Si fuera así, el autor pertenecería al grupo defensivo.

Civil (Castellón): una de las escenas más peculiares. Un grupo parece estar al ataque, ya que los miembros más cercanos al otro grupo avanzan con los arcos apuntados y triplican a sus adversarios. Estos, en la parte izquierda de la imagen, esperan a los invasores. La escena ha sido catalogada como danza o ritual de guerra, debido en parte a las posiciones pasivas de algunos guerreros, la ausencia de flechas y la aparición de una mujer. Esta presencia determina el carácter ritual, ya que en diferentes escenas levantinas con motivos religiosos aparece la figura femenina, mientras que está totalmente ausente en escenas de guerra o caza.
Cova del Roure (Castellón): una de las escenas bélicas más pequeñas en tamaño, pero cargada de detalles pese al estilo lineal con que fue pintada. Solo tiene siete personajes. Los tres situados a la derecha defienden una posición, mientras que los tres de la izquierda intentan romper la barrera humana en posición triangular. Los dos traseros protegen al primero, y uno de ellos está pintado con tres líneas detrás, lo que puede sugerir que surge de algún escondite. El personaje restante es la clave de la escena: ha conseguido remontar posiciones y ataca por la espalda a los defensores, que están a punto de ser derrotados, ya que dos han sido alcanzados por las flechas de los atacantes.


Las escenas propiamente de batalla pueden haber sido pintadas después de la contienda para rememorar una victoria o intentar resarcirse de una derrota. Pero también pudieron pintarse previamente. La escena de Cova del Roure es muy significativa, pudiendo ser una auténtica lección de estrategia. Además, el lugar donde se pintó era un abrigo muy pequeño y relativamente escondido. Imaginar la posibilidad de un dirigente guerrero explicando la estrategia a seguir para romper la línea defensiva del contrario implica pensar que la guerra estaba incorporada a las tribus prehistóricas levantinas.
Guerra mesolítica o neolítica
El conocimiento del arte levantino se enfrenta al gran problema de la inexistencia de dataciones fiables. Durante muchos años, los investigadores se han enzarzado en una discusión sobre su periodización que no termina de resolverse. Para algunos es herencia paleolítica desarrollada durante el Mesolítico, mientras que para otros corresponde a una datación neolítica.
Así, estas escenas bélicas son interpretadas de forma diferente por los investigadores, generando una dicotomía llamativa. Francisco Jordá describe las escenas con un lenguaje plenamente bélico, estableciendo relaciones geométricas entre los guerreros con vocablos como alas, centro, vanguardia, retaguardia o formación angular. Por su parte, Miguel A. Mateo interpreta estas escenas como si aquellos guerreros trasladaran sus estrategias de caza al combate con otros grupos humanos. En ningún caso debemos olvidar que la pintura levantina es un reflejo de un periodo cronológico con determinadas características sociales, económicas y religiosas. En la diferente visión de estas escenas por parte de Jordá y Mateo está presente este debate cronológico: mientras Jordá defiende la tesis neolítica, Mateo aboga por la herencia paleolítica del arte levantino.
Personalmente, considero que pudo existir un amplio periodo transicional entre ambos momentos. Según los diferentes estilos pictóricos en la representación humana propuestos por Inés Domingo en su tesis doctoral, las pinturas del Abric del Civil podrían pertenecer a las primeras fases, mientras que Les Dogues y Cova del Roure corresponderían al estilo lineal que entroncaría con las últimas fases de la pintura levantina.
La guerra prehistórica, según vimos al hablar de etnología y arqueología, se fue instalando en las sociedades prehistóricas durante un largo periodo. No debe ser excluyente hablar de guerra mesolítica o neolítica en el levante de la península ibérica. Los “ejércitos” prehistóricos se irían perfeccionando, pasando de técnicas heredadas de la actividad cinegética a formaciones plenamente militares. Al menos, eso se refleja en algunos abrigos, como la escena del Cingle de Mola Remigia, en la que aparecen cinco guerreros camino de la batalla. El primero de ellos porta un tocado que lo señala como líder. Personalmente, lo que más llama la atención es la posición entrelazada de sus piernas, que denota algún tipo de marcha conjunta.
Por último, cabe señalar que dos zonas geográficas concentran la mayoría de estas escenas bélicas. La primera se sitúa entre el sur de Albacete y el norte de Murcia, en abrigos como Fuente de Sabuco, Grande de Minateda o Sautola.
Sin embargo, la zona más significativa es la del Maestrazgo castellonense, con numerosos ejemplos: Cova Remigia, Cingle de Mola Remigia, Les Dogues, Civil o Cova del Roure. ¿Existió una larga lucha territorial por este enclave geográfico? No podemos pasar por alto esta cuestión. Los barrancos del Maestrazgo castellonense, durante el Mesolítico, tenían mucha más agua que en la actualidad y constituían un espacio trascendental para la obtención de recursos, lo que posiblemente enfrentó, en las primeras guerras prehistóricas, a diferentes bandas de cazadores-recolectores.
Fuentes:
Guilaine J., Zammit J. (2002). El camino de la guerra. Barcelona: Ariel Prehistoria.
Rubio A., Viñas R., Santos N. (2019), “Representacions bèl·liques de l’art llevantí”. En R. Viñas (coord.), I Jornades Internacionals d’Art Rupestre de l’Arc Mediterrani de la Península Ibérica. Montblac, pp. 227-244.
- Origen de la guerra y los conflictos en la prehistoria.

- Construyendo un mito, escuela de navegantes de Sagres.

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