La dinastía Flavia, finalizó la obras del anfiteatro romano. Imagen creada con IA (Gemini/ J. M. Escalante)


A la muerte del excéntrico Nerón, el Imperio romano queda huérfano de un verdadero heredero. Sin normativa, ni orden ni legalidad a la hora de designar un heredero imperial, los poderes romanos toman la iniciativa: el Senado, la guardia pretoriana y los ejércitos imperiales eligen a sus favoritos. Acababa de comenzar la primera gran guerra civil del Principado de Roma. Nada más y nada menos que cuatro emperadores en poco más de un año. Finalmente, el último de los candidatos, Tito Flavio Vespasiano, instaurará la efímera dinastía Flavia. Entre sus logros, consolidar políticamente el Imperio romano, para que sus sucesores —entre ellos un tal Trajano— lo llevaran a su máximo esplendor de la historia.


Flavio Tito Vespasiano (69-79 d. C.)

Su origen, y por tanto el de la dinastía Flavia, son ciertamente oscuros. Tanto su abuelo como su padre ejercieron puestos poco relevantes en los ejércitos romanos. El segundo de ellos, licenciado prematuramente, probó fortuna como prestamista; no le debió salir mal, ya que gracias a sus ganancias adquirió el rango ecuestre, que aprovechó para que sus hijos, Sabino y Vespasiano, emprendieran la carrera militar. Destacar que, por parte de su madre, Vespasia Pola, además del nombre, el futuro emperador heredó la fortuna militar, ya que su abuelo materno había llegado a ser designado en tres ocasiones tribuno.

Vespasiano se crio y fue educado en el entorno de su familia paterna, en territorio de los sabinos. Según Suetonio, tras ser designado emperador seguía viajando hasta allí para tomar contacto con los lugares que lo vieron crecer.

El primer destino importante de su carrera militar fue Tracia, donde ejerció como tribuno militar. Seguidamente, fue cuestor en Creta y Cirene. Tras su matrimonio con Flavia Domitila, continuó su exitosa carrera militar como legado en Britania y cónsul en África, antes de ser llamado por Nerón para ocuparse de la rebelión en Judea. Allí se encontraba cuando estalló la guerra civil en el Imperio; sin duda, era un buen lugar en aquellos momentos, ya que los gruesos de los principales ejércitos romanos se hallaban en Oriente bajo su mando.

Concretamente, el 1 de julio del año 69, sus tropas, apoyadas por las legiones más orientales del Imperio, lo proclaman emperador de Roma. Lejos de ir a la ciudad eterna, se dirigió a Egipto, según algunas fuentes, en busca del reconocimiento del dios egipcio Serapis. Lo que logró, estando en dicho lugar, fue la aprobación del Senado como nuevo emperador de Roma.

Un año después de lograr su proclamación por parte de sus hombres en Judea, llegó a la capital del Imperio. Su labor principal consistía en recuperar la autoridad imperial perdida durante la guerra civil. Para ello trabajó en la institución del Senado, que debía seguir siendo el órgano más importante del poder civil, pero asumiendo la grandeza geográfica que había alcanzado el Imperio. Además, sin olvidar la necesaria regeneración del mismo, dio paso a nuevas familias patricias procedentes de las provincias imperiales, que, por cierto, se acabarían convirtiendo en cuna de emperadores en años venideros.

Vespasiano. Imagen creada con IA (Gemini / J. M Escalante)

Pero lo que avalará desde ese momento a los emperadores fue la ley instaurada por el nuevo emperador, que llevaba su propio nombre: Lex de Imperio Vespasiani. Acababa de un plumazo con las enrevesadas titulaciones necesarias para convertirse en emperador, procedentes de la extinta República romana. Desde ese momento, los emperadores obtuvieron el título Imperator Caesar Augustus; es decir, el poder pasaba a legitimarse como herederos del mismísimo Augusto.

Durante su mandato, uno de los puntos fuertes fue la recuperación económica del Imperio. Mandó realizar un censo que revisara el catastro, motivo por el cual recuperó numerosas tierras para el Estado de manos ilegales. Nuevos impuestos, sumados a la concesión de ciudadanía romana en las provincias occidentales —lo que redundaba en una mejor administración territorial y una mayor eficacia recaudatoria—, llenaron rápidamente las arcas imperiales. El resultado fueron nuevas carreteras, con la consiguiente mejora de la agricultura y el comercio.

Otro de los capítulos de gasto fue destinado a la defensa del Imperio: cuatro nuevas legiones elevaron el número total a 29, junto con reclutamientos en las provincias occidentales y nuevas tropas auxiliares. Todo ello para la protección de los limes occidentales y el control de las tribus germánicas; el escenario, el Rin y el Danubio. Además, se ocuparon de pacificar Britania, llegando las legiones de Vespasiano al norte y oeste de la isla. Pero, como es conocido, el episodio más violento se produjo con la toma de Jerusalén tras cinco meses de asedio. Las legiones romanas, comandadas por el hijo de Vespasiano, Tito, entraron en la ciudad santa el 8 de septiembre del año 70, arrasándola y apresando a todo ser viviente. Tres años después, Judea era sometida totalmente.

Las fuentes de la época resaltan la enorme avaricia de Vespasiano. No tuvo suficiente con elevar los impuestos al pueblo de Roma. Durante su mandato se acumulaban productos de primera necesidad para elevar su precio y conseguir mayores ingresos fiscales. La corrupción en Roma siguió creciendo exponencialmente: se concedían indultos a cambio de grandes sumas de dinero. No se dudaba en dar alas a los usureros para luego acusarlos y quedarse con sus enormes ganancias surgidas de la corrupción. Es de suponer que, al menos, le sirvió para emprender la obra más colosal de la cultura romana: el sueño del primer emperador Augusto, un anfiteatro para dar cabida a 65.000 romanos, vio cómo durante el mandato de Vespasiano se comenzaba a hacer realidad.


Tito Flavio Sabino Vespasiano (79-81 d. C.)

Desde Augusto y Tiberio, ningún emperador había fallecido por causas naturales. A Vespasiano se le concede este honor, a pesar de que la narración de su muerte por Suetonio, producto de una enorme descomposición intestinal, puede hacernos sospechar cualquier cosa. Se produjo el 23 de junio del año 79; ese mismo día, su hijo mayor, Tito, estaba sobradamente preparado para recoger el testigo.

Hasta el día de su designación como emperador, Tito había ejecutado a la perfección sus deberes como heredero del Imperio: brillante carrera militar al lado de su amigo Británico, hijo de Claudio, además de la instrucción en los asuntos de Estado junto a su padre tras volver de Judea, por cierto, el gran lunar en su imagen. Aunque, curiosamente, dicha imagen de crueldad pareció extinguirse rápidamente tras su designación imperial.

Políticamente siguió los pasos de su padre: máximo respeto por el Senado, gran administrador de las arcas imperiales y benévolo con el ejército. De su mandato, los legionarios obtuvieron el derecho de testamento; hasta ese momento, las pertenencias de los soldados pasaban al Estado al fallecer estos.

Tito. Imagen creada con IA (Gemini / J. M. Escalante)

Dos años de mandato que estuvieron presididos por grandes desastres. Al poco de llegar, el Vesubio estalló, sepultando tres ciudades: Pompeya, Herculano y Estabia. La respuesta de Tito fue enviar a varios ex cónsules para fomentar la reconstrucción de las ciudades devastadas; las pertenencias de los fallecidos eran utilizadas para tal menester. Un año después se incendió Roma: durante tres días y tres noches ardió gran parte de la ciudad. Según Suetonio, el propio emperador vendía los productos de lujo de sus fincas para colaborar en la reconstrucción. La consiguiente peste vino a refrendar los dos años de infortunios del emperador Tito.

Realmente es curioso los halagos a los que sometió Suetonio al emperador Tito; es difícil tomar partido sobre la veracidad de los mismos, pero se nos pueden antojar algo desmesurados. Un emperador que, tras acabar las obras del anfiteatro, mandó la realización de una inauguración con 5000 fieras, un combate naval y decenas de exhibiciones durante varios días, invitando a todo el pueblo de Roma, parece más bien que buscara su gloria ante sus conciudadanos que el buen gobierno. De ahí que no es de extrañar que otras fuentes lo acusen de seguir los pasos de anteriores emperadores como el nombrado Nerón.

Sea como fuese, murió dos años, dos meses y veinte días después que su padre, curiosamente en el mismo lugar. Aunque, a diferencia de Vespasiano, Tito contaba con solo 42 años. Su hermano debía coger las riendas del Imperio.


Tito Flavio Domiciano (81-96 d. C.)

Como ha quedado señalado, el tercer emperador de la gens Flavia fue el hijo menor de Vespasiano. Si de su hermano Tito las fuentes clásicas nos hablan maravillas, de Domiciano todo lo contrario. A buen seguro, ni el primero fue tan bueno ni el segundo tan nefasto.

Según Suetonio, durante el mandato de su padre ya comenzó a mostrar su despiadada forma de gobernar. Tras convertirse en pretor de Roma, comenzó una desenfrenada vida de lujuria y sexo. Para sufragarla, no dudó en vender puestos a diestro y siniestro. Parece ser que su propio padre, Vespasiano, le sugirió “amablemente” que no vendiera su puesto como emperador de Roma.

Para equipararse con su hermano Tito, inició una serie de campañas militares por la Galia y Germania, al parecer bastante innecesarias. No dudó tampoco en ofrecer ayuda a las provincias orientales en sus luchas contra partos o alanos, con el fin de ganarse el puesto que iba a dejar vacante su padre. A la muerte del mismo, se acusa a Domiciano de intento de soborno a la guardia pretoriana para hacerse con el puesto, por el doble de dinero que ofrecía Tito.

Domiciano. Imagen creada con IA (Gemini/ J. M. Escalante)

Tras llegar al Principado, inicia un claro camino hacia un gobierno despótico. Al Senado prácticamente lo convirtió en un escaparate para las élites sociales, ya que no existe constancia de que los consultara en ninguna ocasión sobre la forma de gobernar el Imperio. En cambio, dotó al Consilium Principis, órgano afín al emperador, de mayor capacidad de decisión. En él se rodeó de nuevos juristas y, en especial, de hombres de orden ecuestre, a los que fue colocando en los puestos más relevantes de la administración imperial.

Se hizo identificar con el dios Júpiter y a su esposa Domitia con la diosa Minerva. A esta última le encomendó la protección de la gens Flavia, con un puesto destacado en el altar de los dioses del nuevo templo que mandó levantar en la zona del Quirinal. No fue la única obra que emprendió: además de otro templo en la zona del foro, no reparó en gastos en la reconstrucción del Capitolio, del Circo Máximo o a la hora de rematar el Anfiteatro Flavio. Por costumbre, mandaba grabar su nombre en todas las obras, olvidándose de los antecesores en el puesto que no pertenecían a su familia.

Entre las excentricidades de que se le acusa, aparte de llevar a cabo espectáculos a todas horas para la plebe romana, está la construcción de un gran lago al lado del río Tíber, al cual rodeó de graderíos para que el pueblo de Roma disfrutara de las naumaquias. No todas sus iniciativas nos pueden parecer tan extravagantes; en definitiva, también se le puede “acusar” de fomentar la cultura entre el gran público. Durante su mandato se construyó un odeón donde, además de espectáculos musicales, se instauraron competiciones de recitar prosa y poesía, tanto en latín como en griego.

Domiciano apostó, como no podía ser de otra forma, por el ejército romano. Elevó el salario de los legionarios de 225 a 300 denarios anuales, aumentó el número de pretorianos en Roma e instauró la Legión I Flavia Minerva; con ella se redondeaba el número de legiones a 30. Gracias a ello, controló en sus primeros años los limes del Imperio, en especial fortificando amplios sectores de las fronteras germánicas.

No consiguió su propósito de acabar con su gran rival Decébalo, un auténtico terror para el Imperio en la frontera danubiana. Al menos, en el año 89 consiguió cerrar un tratado de paz, al parecer ventajoso, mediante el cual el rey dacio se convertía en tributario de Roma. Ese mismo año, otro suceso iba a sentar las bases del turbulento resto del reinado de Domiciano: Antonio Primo, legado en Germania Superior, se levantaba en armas y, con el apoyo de las legiones galas, se proclamaba emperador. Afortunadamente para Domiciano, pronto fue reprimida la revuelta y el personaje ejecutado.

Su enfrentamiento continuo con el Senado le llevó a un interminable periodo final de mandato. Los filósofos romanos no hacían más que difundir la “mala vida” del emperador; los numerosos judíos de Roma, con gran poder económico, no olvidaban la cruenta toma de Jerusalén. Entre todos fueron labrando la despótica imagen del emperador Domiciano. Pronto, amplios sectores del ejército y de la guardia pretoriana comenzaron a darle la espalda. Solo y prisionero en su propio palacio, murió asesinado el 14 de septiembre del año 96. Los culpables parecían no importar: sus hombres más cercanos e incluso su propia esposa, Domicia, fueron los principales sospechosos. Sin hijos, la transmisión de poder quedó paralizada; el Senado se encargó de buscarle sustituto. El anciano Nerva fue el elegido para ser controlado.

Con sus defectos y virtudes, la dinastía Flavia encontraba su fin. Pero lo que no se le puede negar históricamente es haber asentado definitivamente las bases del Principado romano. La República se había convertido en un lejano recuerdo. La figura del emperador ya no necesitaba revestirse de otra legalidad que no fuera ser el mejor de los mejores. Los ejércitos también habían tomado buena nota de estos veintisiete años: convertidos ya anteriormente en el poder militar más importante del mundo antiguo, ahora conocían también su fuerza política. La combinación resultó un éxito. La llegada, dos años después, del mejor emperador de la historia, Trajano, era el preludio de los años más dichosos de la civilización romana.


Fuentes:

Fernández P., Cabrero J. (2014) Historia Antigua II, historia de Roma, Madrid. Areces

Suetonio (aprox. 120) Vida de los doce Césares, libros IV-VIII.


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