Alicia Gracia y su familia llegando a Prats de Molló. Imagen de un reportero de la revista francesa L’illustration, publicada el 18 de febrero de 1939.


Desde 2010, en los Pirineos más orientales de la provincia de Girona, se han habilitado, señalizado y musealizado ocho caminos que comunican Cataluña con Francia. Son pasos fronterizos conocidos como itineraris de la retirada de 1939. Junto a ellos, una serie de museos —entre los que destaca el Museo Memorial de L’Exili en La Jonquera— rememoran la huida al exilio republicano de cerca de medio millón de hombres, mujeres y niños.

La derrota del ejército republicano, a mediados de noviembre de 1938, fue decisiva, arrastrando al país a la pérdida definitiva del gobierno legítimo y democrático de la Segunda República Española. El desgaste en vidas al que fue sometido el contingente, y la escasez armamentística que provocó la dureza de la batalla, imposibilitaron la defensa de Cataluña y de sus principales ciudades. El 15 de enero cayeron Reus y Tarragona, y el 26, Barcelona.

El temor a la represión hizo organizar la retirada desde finales de diciembre de 1938. A pie, en viejos carros, en automóviles, autobuses y algunos trenes, en los días previos a la caída de Barcelona se generalizaron las columnas hacia el norte. Antoni Rovira i Virgili, periodista y militante de ERC, describía la Girona de los primeros días de febrero: llena de gente, con su población multiplicada por cuatro o cinco. Hoteles, hostales, pensiones y casas particulares, completamente saturados. Las calles, repletas de vehículos de todo tipo, impedían la propia circulación por el interior de la población. En los alrededores de la ciudad, improvisados campamentos. Miraras a donde miraras, la vista se chocaba con maletas, mantas, colchones y múltiples enseres cotidianos.

Poblaciones como Figueres, Olot, Ripoll o Puigcerdà repitieron las imágenes de la capital provincial. El día 7 de febrero fueron tomadas la práctica totalidad de estas ciudades. La huida se precipitó hacia los pasos pirenaicos. Militares, funcionarios de la República, destacados intelectuales —como escritores, periodistas o catedráticos afines al movimiento republicano—, pero también un gran grueso de la población que, sin ponerse de lado, se había significado políticamente.

Dos días después, el 9 de febrero, entraba en vigor la ley que les obligaba a huir, conocida como Ley de Responsabilidades Políticas. Una ley con carácter retroactivo desde el 1 de octubre de 1934, que colocaba en la clandestinidad a todo aquel que hubiera apoyado el movimiento republicano. Castigar los actos anteriores a la entrada en vigor de una norma es una venganza y una limpieza política del rival.


Molló

Cuando llegamos a Molló comenzaba a anochecer. Tuvimos suerte: el único lugar para aparcar la autocaravana estaba vacío. Y cuando digo el único es porque, literalmente, era el único; en el pueblo solo hay un sitio destinado a estacionar estos vehículos. Hace unos años, en ese espacio cabían cómodamente cinco o seis, hasta que recientemente han instalado una serie de contenedores compactadores de residuos que lo han reducido a dos plazas, como mucho.

Iglesia de Santa Cecilia (Molló)

Poco después salimos a dar un pequeño paseo por el pueblo. La iglesia de Santa Cecilia estaba iluminada, ejerciendo de faro turístico del municipio. Sus calles estaban prácticamente desiertas; febrero es temporada baja aquí, y las estaciones de esquí no quedan cerca. A esas horas había pocos lugares abiertos. Una pequeña carnicería nos sirvió para proveernos de embutidos y quesos locales, antes de volver a la autocaravana para preparar la ruta del día siguiente.

Desde Molló se abrían tres posibles rutas de escape para los exiliados: por la misma carretera que hoy sube al Coll d’Ares, que entonces no estaba acabada, pero dejaba cerca de este paso; su problema era la exposición, ya que la 53.ª División del ejército sublevado de Aragón se dirigía hacia los pasos pirenaicos. Otro camino, de mayor dureza, ascendía por Espinavell hasta el Coll de Pregón; este fue utilizado por los últimos soldados republicanos que protegieron la huida tras la llegada del ejército franquista al Coll d’Ares el día 13 de febrero. La opción más transitada es la que íbamos a realizar al día siguiente: desde Molló se bajaba hasta el río Ritort para unirse al camino que venía de Camprodon y se dirigía hacia el Coll d’Ares.

Antes de iniciar la ruta volvimos a subir a la iglesia. Desde primera hora estaba abierta y la visita era libre. Antes de entrar, sobre la puerta, la iconografía románica recordaba a sus visitantes los siete pecados capitales. No creo que en aquellos días se le hiciera mucho caso. El interior guarda la esencia de austeridad con la que se construyeron estos edificios románicos. Los retablos incorporados posteriormente sirvieron como combustible para mitigar el frío de los exiliados que pasaron por allí en el invierno de 1939. Sí, fue uno de los grandes errores del republicanismo: destruir un importante patrimonio histórico, haciendo blanco en las iglesias cuando caía en su propia frustración. Pero prefiero pensar que, en ocasiones excepcionales, cualquier vida humana vale más que dicho patrimonio.

Minutos después, tras cruzar la carretera, bajamos hacia el río, donde nos recibe un puente medieval y un antiguo molino para la molienda de cereales, una de las actividades tradicionales de la zona. Tras atravesarlo, nos adentramos en el desnudo bosque invernal. Es ineludible que el recuerdo vuelva a las personas que pasaron por allí; la acertada cartelería te lo recuerda. Por el bosque asciende el pequeño Macià, de cuatro años, de la mano de su hermana mayor; su padre y su madre los protegen. Cuatro décadas después se convirtió en la mano derecha de Jordi Pujol; sí, también metió la mano en el cajón, mientras escribía en sus memorias la dureza del exilio. Qué poco aprende el ser humano, que no quiere aprender.

Puente medieval sobre el rio Ritort.
Ascenso por el bosque al Coll d’Ares.

Al salir del bosque, el sendero se convierte en una pequeña pista. Atrás queda el sombrío y húmedo bosque; aparecen grandes prados con su característico color ocre, herencia de —este año sí— un invierno frío. Se amplían los horizontes, lo que nos permite vislumbrar a nuestras espaldas los puertos más altos del Pirineo oriental, completamente nevados y con unas amenazantes nubes posadas en los picos más elevados. Dos pequeños halcones dibujan amplios círculos sobre nuestras cabezas. Nos invade una sensación de libertad que, erróneamente, queremos transferir al pasado.

Los días previos al exilio forzoso había nevado, haciendo desaparecer sendas y caminos e imposibilitando cualquier avance constante. Sobre la nieve se iba dejando el rastro de lo menos necesario: cajas, maletas y miles de recuerdos. En la parte alta nosotros también encontramos algunas clapas de nieve; las atravesamos calzados con nuestras zapatillas de montaña dotadas de gore-tex, sin darnos cuenta de que, para aquellas personas, cada paso era un pequeño triunfo. Lo comentamos incluso abochornados: ninguna comparación puede ser honesta. Irremediablemente surge la conversación sobre la idoneidad de rememorar estos caminos; todo se torna confuso al intentar comprender la incomprensible necedad del ser humano.

Sumidos en pensamientos que rozaban la culpabilidad de promover estas rutas, pasamos junto a la única edificación que participó en la historia de aquellos días: una antigua construcción levantada para acoger a los carabineros y a sus familias, policías de frontera que vigilaban el paso entre España y Francia. La vida de ese edificio fue tan efímera como el interés que despierta hoy. Construido en los años veinte, pronto perdió su utilidad: los carabineros solo lo usaban para las guardias, mientras sus familias encontraron mejor cobijo en el pueblo de Molló. En febrero de 1939 se convirtió en el último lugar abandonado por los funcionarios y militares afines a la República, cuando, unos pocos kilómetros más arriba, el ejército franquista llegaba al puerto de montaña, obligando a los ocupantes de aquel edificio a buscar otros caminos para evitar el enfrentamiento directo.

Edificaciones del Cuerpo de Carabineros de Molló.
Tres exiliados antes de coronar el Coll d’Ares. Imagen de M. Jean Jordá.

Coll d’Ares

Sobre la una de la tarde coronamos el ascenso. El frío era intenso; el viento racheado precipitaba la niebla sobre el Coll d’Ares y, segundos después, se la llevaba para que apareciera el sol. Mientras tomábamos un pequeño refrigerio, desde la parte francesa llegó un microbús y se detuvo en el aparcamiento. Me acerqué y pregunté: no sabía que la compañía TEISA tiene una línea regular entre Camprodon y Prats de Molló, lo que facilita enormemente esta ruta.

El Coll d’Ares es uno de los puntos más significativos del exilio republicano. Durante toda la Guerra Civil, los pasos fronterizos con Francia habían estado cerrados. La necesidad de la retirada llevó a las autoridades a retomar conversaciones con el vecino galo. Aunque, evidentemente, hubo muchos pasos improvisados, se prepararon cuatro oficiales. El Coll dels Belitres, junto al Mediterráneo, uniendo las poblaciones de Portbou y Cerbère. El Coll del Pertús, el conocido paso de La Jonquera, fue el más concurrido por su facilidad; pronto se colapsó y el 9 de febrero llegó el ejército franquista, inutilizándolo. El Pas de la Guingueta d’Ix era el más occidental, con salida desde Puigcerdà. Por último, el Coll d’Ares, donde me encontraba ese día.

Por estos pasos, Francia abrió sus fronteras a niños y mujeres la noche del 27 de enero. El día 30 de ese mismo mes permitió la entrada de soldados heridos. Mientras tanto, seguían las conversaciones entre ambos gobiernos, que fructificaron el 4 de febrero; desde ese momento, Francia permitió la llegada del ejército republicano. Vicente Rojo seguía sin dar por perdida la guerra; su intención era reagruparse, prepararse y volver. El grueso del ejército pasó por el Coll del Pertús en los primeros días. Desde el pequeño aeródromo de Vilajuïga-Garrigues despegaron los restos de la aviación republicana para proteger las columnas; incluso hubo algunos enfrentamientos aéreos. El Ejército del Este eligió el Coll d’Ares como camino hacia la reagrupación.

A partir del día 10 de febrero, el Coll d’Ares se convirtió en protagonista principal del exilio: el resto de pasos habían sido controlados por Franco. Estaba más alejado de las vías de comunicación más importantes y, además, las poblaciones por las que discurría eran de menor tamaño. El gran problema logístico de este paso empezaba precisamente allí: el puerto se convertía en un cuello de botella. Dos rutas de acceso —la carretera que casi llegaba hasta arriba y la senda que habíamos seguido nosotros— convergían en ese punto. A partir de allí no había ni pistas ni carretera; la bajada hasta Prats de Molló se improvisó por sendas por las que se deslizaba la larga cola de refugiados.

Tras mi conversación, prácticamente envuelta en monosílabos por parte de un conductor escueto en palabras, averigüé que el último autobús salía a las cinco de la tarde desde Prats de Molló, lo que nos abría la posibilidad de continuar el camino y concluirlo todo en un día. Afortunadamente, decidimos mantener los planes previos.

Monolito en recuerdo a los exiliados republicanos, erigidos en 2002 por las autoridades de Prats de Molló
Imagen muy habitual en cualquier rincón del Ripollés.

Tras abandonar el Coll d’Ares, seguimos la imaginaria línea fronteriza en dirección oeste, con el fin de encontrarnos con algunos de los pasos utilizados tras la Guerra Civil para el contrabando y descender por caminos forjados a golpe de hambre. Hoy, aquellos senderos se han convertido en pistas de montaña que dan acceso a los lugares donde se desarrollan dos de las principales actividades del valle: la ganadería y la explotación maderera. Entre grandes pastos y bosques abatidos por los vendavales del último invierno, volvimos a Molló. Tras comer y descansar un rato, ascendimos de nuevo para dormir en el Coll d’Ares, provisto de varios aparcamientos.


Prats de Molló.

Programamos esta ruta a mediados de febrero para hacerla coincidir, en la medida de lo posible, temporal y meteorológicamente con lo sucedido en 1939. La noche en el Coll d’Ares fue tranquila, aunque durante toda ella estuvo presente una fina lluvia. Emprendimos la marcha sobre las nueve de la mañana; como se suele decir chistosamente: “ni frío ni calor, cero grados”. Pronto empezaron los problemas.

Capilla de Santa Margarida.

Los primeros tramos estaban muy encharcados e impracticables, lo que nos llevó a desviarnos hacia una carretera inexistente en el contexto histórico descrito. Al cabo de un rato encontramos la pequeña capilla de Santa Margarida; su interior diáfano, de unos 50 m², sirvió para mitigar el cansancio de los exiliados. Desde allí volvimos a adentrarnos en el bosque para seguir la senda marcada hacia Prats de Molló. Pronto nos dimos cuenta de que iba a ser muy complicado. Montones de árboles cortaban el camino, fruto de un invierno en una zona barrida continuamente por fuertes borrascas. Abandonábamos la senda y volvíamos a ella unos metros más abajo, hasta que nos condujo a un valle arrasado por el viento. El camino se cerró, como queriendo ocultar los rastros de lo sucedido en 1939. Regresamos al Coll d’Ares por la carretera y cogimos la autocaravana para descender a Prats de Molló.

Antes de entrar en la población, a la izquierda del puente hay un aparcamiento para autocaravanas. Bienvenidos a Francia; ojalá algún día copiemos las facilidades que ofrecen al mundo de los viajeros sobre ruedas. Además, es un lugar bonito, frente al recinto amurallado y junto al río Tec.

Minutos después cruzábamos el puente. Al fondo, en lo alto, aparece la majestuosa imagen de la fortaleza de Lagarde, construida en el siglo XVII como protectora de la población francesa. Antes de entrar en el espacio amurallado nos sorprende una escultura dedicada a la sardana, danza tradicional de la cultura catalana, erigida en recuerdo del encuentro nacional de collas celebrado allí en 1982. Es la mejor muestra de que las fronteras modernas no han podido con la permeabilidad cultural de pueblos hermanos. Durante los años de la dictadura, en Prats de Molló a nadie se le prohibió comunicarse en su lengua materna: el catalán.

Al lado de la escultura se abre una de las puertas del recinto amurallado, que utilizamos para entrar. Es curioso —y me ha sorprendido muchas veces— que lo que nunca ha sido permeable es la fisonomía de las construcciones, especialmente las domésticas. Si en Cataluña o Aragón se utiliza principalmente la piedra en los cascos históricos, al otro lado de los Pirineos predominan las casas pintadas de múltiples colores apastelados, que, junto a sus ventanas de madera y el notable uso de forja en balcones y cierres, confieren ese aire nostálgico tan característico de los pueblos del sur de Francia.

El paseo fue agradable; había muy poca gente ese domingo. Me llamaron la atención un par de cosas: el monolito conmemorativo de la fosa común de los fallecidos en Prats de Molló durante el exilio, ubicado en el cementerio; pero, sobre todo, una pequeña librería especializada en libros de historia. En su escaparate aparecían algunas joyas literarias, y su tendencia política era muy evidente, como mostraba un cartel de la CNT. Estaba cerrada —era domingo—, pero creo que eso me obligará a volver.

Una de las entradas al recinto amurallado de Prats de Molló, detrás la Iglesia de Santa Justa y Santa Rufina.
Un paseo por Prats de Molló
Cartel conmemorativo de 70 aniversario de la CNT. Librería de Patrick Lluis.

Antes de regresar a la autocaravana quisimos ir a conocer el final del camino. Observamos cómo el valle por el que desciende había sido completamente arrasado por los últimos vendavales: pocos árboles quedaban en pie. Creo que tardarán un tiempo en volver a hacerlo practicable.

Al final del camino, la cartelería muestra la imagen más icónica, cruda y reveladora de lo sucedido en febrero de 1939. En el centro, Alicia Gracia, de 7 años, amputada de su pierna izquierda y apoyada en su muleta, llega a Prats de Molló de la mano de su padre, Mariano. Unos pasos atrás, aparece el pequeño Amadeo, de 4 años, también amputado; viene de la mano de Tomás Coll, un vecino de la localidad francesa que, a pesar de sus propias amputaciones —heredadas de su participación en la Primera Guerra Mundial—, no dudó en subir hasta el Coll d’Ares para ayudar a los refugiados españoles. La comitiva la cierran otros exiliados; detrás del pequeño viene Antonio, su hermano mayor, de 12 años. Todos huérfanos. Su madre murió el 20 de noviembre de 1937 en Monzón, víctima de las bombas lanzadas por la aviación fascista italiana. Desde ese día emigraron a La Garriga, una población cercana a Barcelona. Ahora se veían abocados a un nuevo exilio que comenzaba en Prats de Molló.

Para acoger a los exiliados, el pueblo francés había habilitado diversas zonas de acampada en los márgenes del río Tec. Pero la llegada fue masiva. Aparte de los ejércitos, que fueron trasladados hacia el interior francés, el resto de hombres, mujeres y niños —que en zonas como Prats de Molló pudo acercarse a los 50.000— desbordó cualquier previsión. Pronto se traspasó la cruel línea que separa un campamento de refugiados de un campo de concentración de refugiados, limitando su movilidad y encerrándolos en condiciones de insalubridad. Muchos murieron; un recuerdo especialmente doloroso es el de Antonio Machado. Otro fue Mariano Gracia, padre de los niños, que falleció un año después.

Campamento republicano a orillas del rio Tec en febrero de 1939.
Llegada de los republicanos al campo de concentración «El sendreu», marzo de 1939. Imagen de Philippe Gaussot

Lo narrado aquí es solo una parte ínfima de lo que se puede visitar en el Pirineo de Girona. Todos los espacios de paso han sido habilitados y musealizados en la última década. Y sí, a pesar de cualquier duda, estos espacios deben ser rememorados y promovidos culturalmente, aun sabiendo que, tristemente, seguimos viviendo en una sociedad fragmentada, incapaz de comprender el dolor del adversario político. Por nuestra parte, seguiremos recorriendo estos espacios de memoria y, en la medida de nuestras posibilidades, seguiremos fomentándolos.


Fuentes:

Gaitx Moltó, J. (2024). Retirada i camins de l’exili. Itineraris de la retirada de 1939. Barcelona, Generalitat de Catalunya.

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